| “Jeanne Dielman”: la mejor película del mundo (aunque aún no lo sepas) |
| Escrito por Edgar Rocca | @EdgarRocca |
| Jueves, 24 de Julio de 2025 00:00 |
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Para sorpresa de muchos, el primer lugar no lo ocupó El Padrino, Psicosis o Ciudadano Kane. En su lugar, una película belga de 1975, dirigida por una joven de 25 años llamada Chantal Akerman, ascendía al podio: Jeanne Dielman, 23, quai du Commerce, 1080 Bruxelles. Confieso que no la conocía. Como muchos, esperaba ver en ese primer puesto alguna obra que reafirmara el canon masculino tradicional. Pero en vez de eso, me topé con un título desconocido, dirigido por una mujer, protagonizado por una ama de casa, y sin ningún gran despliegue técnico. Ese simple acto —el de sorprenderme por la elección— me obligó a cuestionarme. ¿Hasta qué punto el machismo también determina nuestra forma de mirar cine? Pasaron treinta meses hasta que logré verla. Finalmente la encontré en Filmin. La experiencia fue radical: Jeanne Dielman dura 3 horas y 18 minutos. Todo transcurre casi íntegramente en el apartamento de su protagonista. Jeanne es una viuda belga que cuida a su hijo adolescente, cocina, limpia, conversa poco. Recibe visitas de hombres que al principio parecen inofensivas, pero con el tiempo entendemos que Jeanne se prostituye para sobrevivir, de forma ritual, calculada, silenciosa.
La película está estructurada en tres días de rutina. La directora nos obliga a mirar con atención. Cada detalle importa: cómo empana un filete, cómo pela verduras, cómo cambia un botón. Akerman convierte la repetición en lenguaje, y lo doméstico en lo político. El tiempo, ese elemento siempre manipulado en el cine, aquí se nos entrega sin anestesia. La cámara no se mueve. Los planos son fijos, prolongados. El ritmo desafía nuestra impaciencia. Hay pocas conversaciones, pero una en especial nos revela que Jeanne se casó con un hombre que la salvó al final de la Segunda Guerra Mundial. Ese dato, casi invisible, adquiere peso simbólico: el cuerpo de Jeanne ha sido campo de batalla y territorio ocupado. Su vida, organizada al milímetro, esconde una tensión latente. Porque ella no está muerta por dentro: es una bomba de tiempo. Cuando llega el desenlace, comprendemos que esa tensión no era gratuita. Akerman construye un clímax que no parece un clímax, pero que estalla con la fuerza de lo contenido durante tres horas. El golpe es seco, brutal, silencioso. Y definitivo. Después de verla, busqué más sobre la actriz que interpreta a Jeanne (Delphine Seyrig). Y descubro que había visto otros de sus trabajos aunque no la reconocí. Ya había trabajado con Resnais (El año pasado en Marienbad), con Truffaut (Besos robados) y con Buñuel (El discreto encanto de la burguesía). Todas, películas que vi cuando estudiaba cine. Murió en 1990. Chantal Akerman se suicidó en 2015. Ninguna de las dos llegó a saber que habían hecho —según la crítica internacional— la mejor película de la historia del cine. Y, quizás, tampoco importaba. Jeanne Dielman no fue hecha para agradar ni para encajar. Fue hecha para resistir. Para incomodar. Para reivindicar. Y para existir en un tiempo en que lo cotidiano de una mujer era considerado irrelevante. No es una película fácil. Puede parecer aburrida. Pero si te entregas a ella con atención plena, es una experiencia inolvidable. Te atraviesa. Te obliga a pensar. Te deja en silencio. La película también hace que te preguntes: ¿cuántas otras obras maestras invisibles seguimos sin ver? Y ¿Por qué esta es la mejor película de todos los tiempos? Y en esta última la respuesta se hace evidente: Por ir con los tiempos, por reivindicar el trabajo de la mujer en el cine y quizás por la valentía de hacer lo que muchos hombres hacen y por lo que son llamados artistas y maestros, cuando quizá no tengan mayor mérito que ser hombres que dicen acción y corte. Akerman nos invita a realizar como sea. Akerman es una justa ganadora. |
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