| Amor–odio en "La amiga estupenda" de Elena Ferrante |
| Escrito por Delsy Mora | @delsynn |
| Jueves, 02 de Abril de 2026 10:37 |
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Te quiero sólo porque a ti te quiero, te odio sin fin, y odiándote te ruego… El amor, pálido y solo. Catulo
El sentimiento amor-odio tan discutido en cuanto a sus manifestaciones y formas existe en la base misma de la existencia humana y por tanto su influencia es incalculable. El atractivo constante que ha ejercido se debe a que actúa como determinante de la experiencia individual del ser humano. Todos los pueblos del mundo poseen un gran repertorio de creaciones inspiradas por este tema. La tradición literaria ha mostrado históricamente la dicotomía amor-odio no como opuestos, sino como fuerzas proporcionadas. Cada vez que se muestra en una obra literaria, ésta no actúa como un ornamento psicológico, sino como un emisor de fuerza que define los márgenes del sujeto. No se odia lo que es ajeno, se odia aquello que es tan similar a nosotros y amenaza nuestra identidad. La lírica de Catulo y su “odi et amo”, enseñó que cada vez que se refiere a estos sentimientos, no se presenta como un estado puro, sino como una tensión dialéctica donde la pasión, la amistad y la hostilidad se alimentan de la misma raíz: la obsesión por el otro. Es indudable que este tipo de tema seduce porque es un hecho que constatamos a diario, son emociones que se refugian en la palabra o hecho retórico y a menudo, toma valor simbólico. Es inevitable por ende, que esta dicotomía sea elemento central de la literatura universal, reiterada desde los griegos, los juglares, los románticos hasta las novelas por entregas del siglo XIX, XX, los dramas de la tv, el cine y el multiverso post pandémico actual. Acercarse a esta temática causa inquietud, Erich Fromm, en su libro El arte de amar ya lo dijo, casi nadie piensa que hay algo que aprender en torno al amor. Sin embargo, si revisáramos a Santo Tomás, Pascal, Spinoza, Ortega y Gasset, Barthes, Kristeva y Platón, por nombrar solo algunos de la multitud de estudiosos, sabremos que apenas somos aprendices. En Shakespeare, el amor-odio nace de la traición a la confianza (el amor previo), como se observa en Otelo o El Rey Lear. Aquí, el odio es la forma que toma el amor cuando se siente despojado de su lugar en el mundo. La identidad comienza a fraguarse en la mirada del otro: si el otro me rechaza, mi identidad se desmorona y el odio surge como un mecanismo de defensa para reconstruir los muros del "yo". Luego del Renacimiento, en el Siglo XIX con el Realismo y el Romanticismo ocurre que el amor-odio se interioriza y se vuelve especular. Autores como Dostoievski exploraron el concepto del doble. Para el teórico Otto Rank la relación del hombre consigo mismo y la fatídica perturbación de esa relación encuentran aquí una representación imaginativa. El hombre no solo se desdobla en su interior, sino que ve a su doble fuera de él. Ya en el Siglo XX, la literatura existencialista y la narrativa de la subjetividad, desde Proust hasta Sartre y Simone de Beauvoir, transforman el amor-odio en una cuestión de márgenes y alteridad. El "otro" es quien me define, pero también quien me limita. El amor se convierte en una lucha por la posesión de la esencia ajena, y el odio en la resistencia a ser absorbido. Stendhal habló de 4 tipos de amores, Denis de Rougemont hizo todo un tratado sobre el amor y occidente. El amor-odio que nos interesa resaltar aquí, no es más que una forma de expresión y adhesión a otro ser.Ofrece muchas tentaciones de demorarse en muchas vueltas y lecturas pero, el propósito es abordarlo específicamente en la narrativa de la escritora italiana Elena Ferrante y su primera entrega de La amiga estupenda publicado en el año 2011, de lo que luego se llamó “la tetralogía napolitana”, traducida al español por Celia Filippeto.
De la novela a la serie Ferrante ha encabezado varias listas de “bestsellers”, aunque su éxito se ve a simple vista, la identidad y cara de la autora sigue rodeada de misterio, ya que mantiene un perfil discreto. En el ámbito actual en el que el narcisismo, la tecnología y las redes sociales nos abruman, Elena Ferrante decidió borrar su ego, tal cual lo hace Lila Cerullo, una de las protagonistas de su saga y pasa desapercibida. Entre 1992 y 2006, la escritora publicó tres novelas cortas: El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura, para luego ser reunidas en Crónicas del desamor. Todo un acontecimiento literario el New York Times y su sección “Book Review”, situó a La amiga estupenda, en el número uno de su lista de los 100 mejores libros del siglo XXI, igualmente esta obra ha sido llevada a la pantalla por la productora HBO y en colaboración con la RAI con un éxito total. Esta novela y sus posteriores entregas ambientadas en la Nápoles de la postguerra, son un testimonio de la experiencia fronteriza entre lo verdadero y lo falso. La escritura funcionará liberadora de esa angustia y tensión entre lo “real” y lo “imaginario”, entre las máscaras y la razón de ser en el mundo. El amor-odio está mediado por la nostalgia y el dolor del tiempo.Nápoles le inspira a Ferrante historias de pequeñas violencias desdichadas, un abismo de voces y vivencias no felices. En la postmodernidad, la literatura escrita por mujeres ha desarrollado una revolución semántica sobre este par amor-odio. Ya no se trata de una lucha romántica o de una contradicción moral, sino de una herramienta de desarticulación del sujeto. Mientras que la modernidad buscaba resoluciones en el matrimonio o la tragedia, la literatura postmoderna escrita por mujeres —especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX— abraza la ambivalencia como una forma de resistencia política y estética. Autoras premiadas como por ejemplo, la británica Doris Leassing, la canadiense Margaret Atwood y, más recientemente la coreana, Han Kang, han explorado el tema no hacia un "otro" masculino, sino hacia las estructuras que definen el "ser mujer": la relación con el cuerpo, la maternidad, el poder, la amistad especular y sus derechos. La escritura hecha por mujeres y su discurso subjetivo han plasmado narraciones que han motivado por la comprensión de un sujeto más allá de las limitaciones generacionales, diría Merleau-Ponty no procura un discurso de la minusvalía, sino un discurso de las emociones generadas por la relación del sujeto con el entorno y su percepción del mundo. El discurso femenino es un discurso de resistencia, Elena Ferrante, según María Reyes Ferrer ha revolucionado la narrativa contemporánea por una ficción de corte realista centrada en distintos aspectos del universo femenino y por otro desconcierta por su identidad poco conocida. En la postmodernidad, la amiga ya no es solo la confidente (el modelo decimonónico), sino el espejo abyecto al que se refiere Kristeva, concepto base del psicoanálisis y la teoría de género. Lo abyecto es aquello que perturba un sistema, un orden, una identidad. Es lo que no respeta los límites, los bordes, es lo que se arroja afuera pero, que nunca termina de separarse del todo. El odio surge de reconocer en la otra las cadenas, Ferrante toma esta premisa y lo lleva al extremo .La genialidad de Ferrante radica en proponer que el amor-odio son indistinguibles cuando la identidad depende de la mirada ajena. La amiga estupenda o “geniale” es tanto la musa como la némesis. En La amiga estupenda (2021, T1) de Elena Ferrante a la cual haremos referencia de ahora en adelante bajo la edición y traducción al español de la editorial Penguin Random House, el amor-odio es una experiencia abyecta. El "otro" (la amiga, la madre) es amado porque es parte de uno mismo, pero es odiado porque impide la autorrealización. Es un vínculo abyecto que rompe la frontera entre el interior y el exterior. El odio de Elena Greco y Lila Cerullo se convierte en un motor de competitividad intelectual y supervivencia. Quien tendrá la batuta, será la narradora-personaje Elena Greco o “Lenú”, la hija mayor del conserje, en el prólogo Borrar todo rastro, el relato inicia con una escena ambientada en el presente, Elena, ya madura y exitosa quien vive lejos de su Nápoles, se entera por Rino de la desaparición de su madre Lila Cerullo. Elena se mide con Lila, “la hija del zapatero”. Ambas crecen en un barrio pobre de Nápoles tras la Segunda Guerra Mundial y desde pequeñas demuestran una inteligencia fuera de lo común. Desde la pérdida de las dos muñecas y la visita a Don Achille, se forjará entre las dos niñas un fuerte vínculo de amor y odio, dependencia y necesidad de autonomía. Lenú o Elena se siente fascinada y desafiada por el intelecto y el talento de Lila, hasta el punto de pasar el resto de su vida intentando descubrir el secreto. Pero sus destinos divergen en el momento en que los padres de Elena deciden enviarla a la escuela secundaria y los de Lila Cerullo no. La educación aparece como una de las pocas cosas que ofrecía la oportunidad de sobreponerse al sistema patriarcal. En esta primera entrega Elena se convierte en una estudiante modelo y universitaria; Lila sin embargo, se pliega a lo tradicional, con dieciséis años, contrae matrimonio con un capo del barrio y su vida se enredará en alianzas y rencillas familiares impidiendo escapar de las ataduras sociales. Elena Ferrante utiliza el amor-odio para demostrar que la identidad femenina es nodal. Es decir, no somos individuos aislados, sino nudos en una red de afectos violentos. Si bien en la novela realista del siglo XIX las emociones estaban supeditadas a la estabilidad del contrato matrimonial, en el relato de Ferrante nos hallamos ante una afectividad y emocionalidad que se manifiesta como identitario. Aquí, el conflicto entre Elena y Lila no persigue la destrucción del otro, sino que funciona como un mecanismo para delimitar un 'yo'. Tiziana de Rogatis sostiene que Ferrante define su narrativa como un espacio de conflicto necesario. También señala que el amor en la narrativa de Ferrante está manchado por el lenguaje de los padres. Las protagonistas no saben amar sin combatir, porque crecieron en un entorno donde el afecto y la agresión son inseparables. El amor se manifiesta como una devoción casi religiosa, mientras que el odio surge de la envidia donde el éxito de una se percibe como la amputación de la otra; el vínculo entre Elena y Lila trasciende la rivalidad clásica para convertirse en un proceso de disolución de los márgenes. Elena intenta alejarse de todo, pero fracasa porque su vínculo con Lila es un agujero de su propia identidad. En el relato el amor-odio no son sólo sentimientos, sino el mecanismo mediante el cual las protagonistas se construyen y destruyen mutuamente, habitando un espacio donde la frontera entre el yo y el tú se vuelve peligrosamente porosa usando un concepto de Walter Benjamin en un texto que escribió sobre Nápoles. Esta porosidad se puede apreciar cuando Elena siente en su cuerpo y mente que su éxito no le pertenece sino que está filtrado por la existencia de Lila; Cuando Lila lanza la muñeca de Elena al sótano y ésta en respuesta lanza la de Lila desde ese momento el “yo” de cada una quedó depositada en la otra; cuando atraviesan el túnel, un tránsito entre dos mundos, cuando Lila mira a su hermano Rino en la fiesta de fin de año o cuando Elena observa el cuerpo de su madre cojeando y teme que sea contagiosa. En este caso la madre no es un refugio, sino el espacio donde se origina la mancha del odio y la ambivalencia que luego se proyectará en la amistad de Elena y Lila. Elena mantiene con su madre Inmacolata, una relación marcada por la repulsión física; la madre es descrita con su cojera y su ojo estrábico. Para Elena la madre representa el destino biológico del que desea escapar. El odio de Elena hacia su madre es un pánico a la herencia. La madre ama a su hija pero a través del reproche, su afecto se manifiesta como una vigilancia constante para que Elena no se crea más de lo que es. Esta dinámica enseña a Elena que el amor es un territorio de juicio, lo que explica por qué Elena busca constantemente la validación de Lila y, al mismo tiempo la detesta. La rivalidad es, paradójicamente, lo que las mantiene separadas. La lucha es también contra los límites impuestos por su clase social y su género. El odio se desplaza hacia la amiga porque es el único blanco alcanzable en un sistema que las oprime a ambas. La matriz del conflicto amor-odio entre Elena y Lila es una réplica del vínculo materno. Cada una necesita el reconocimiento de la otra para ser consciente de sí misma. Sin embargo, este espejo está roto. Lo que Elena odia de Lila es su propia incapacidad de ser genial sin esfuerzo; lo que Lila ama de Elena es su capacidad de escapar del destino trágico del barrio que ella habita. Cuando Elena habla italiano con su familia, crea un margen insalvable. El uso del idioma estándar es un muro de odio pasivo-agresivo hacia sus raíces, una forma de decir ya no soy como ustedes. La verdadera tragedia de la identidad en la narradora es que ninguna de las dos lenguas es suficiente. Elena habita un espacio de ambigüedad, es demasiado culta para el barrio pero se siente una intrusa más tarde cuando va a estudiar a Pisa. Esta fragmentación lingüística es la que alimenta la disolución de los márgenes. La identidad de Elena está siempre tratando de reconciliar el amor por su origen con el odio por la brutalidad que ese origen conlleva. Tanto Lila como Elena crecieron con familias patriarcales de clase trabajadora, no era raro ver a sus padres golpear a sus madres. Sin embargo, ambas, cada una a su manera, luchan por su independencia y emancipación de un entorno que las oprime y que consideran injusto para las mujeres.
La escritura como intento de contención Elena escribe para no ser borrada por la genialidad de Lila. La escritura es su intento final de imponer márgenes a una realidad que Lila aceptó como caótica, al publicar su libro Elena inmortaliza a su amiga y en un acto de odio la fija en un papel como objeto de consumo. La escritura de Elena se revela, como un acto de resistencia, mientras Lila se deja diluir por la realidad violenta de Nápoles, Elena intenta encerrar esa realidad en los márgenes de las páginas. Esto es paradójico puesto que Elena solo puede ser una escritora de éxito robando la chispa de la amiga a la que ama y detesta. El libro publicado será el trofeo de una batalla ganada por omisión, pero también el testimonio de una derrota de una identidad que solo supo reconocerse en el espejo deformante de su rival. El amor de Elena por la cultura es lo que Lila odia por considerarlo una traición a su clase. La escritura se convierte en el único modo de dar orden al caos de la amistad. El amor entre Lila y Elena es inseparable de la envidia de clase y la competencia lingüística. No hay pureza en su vínculo porque no hay pureza en el mundo que las rodea. La narradora no busca la solución del binomio amor-odio, sino la vía de supervivencia en un entorno de violencia social y familiar para no desvanecerse. De esta manera, en la amistad no existe la paz, sino una tregua, una lucha compartida donde el odio al origen, al barrio, es lo que permite el amor por la identidad conquistada, el amor preserva y el odio aprisiona. Este primer volumen debe leerse como la genealogía del conflicto. La identidad de Elena no existe de forma autónoma, sino en una construcción especular de la figura de Lila. La identidad de Elena solo se solidificará cuando fija a Lila en el papel, terminando así con la porosidad que las unía. El texto demuestra que la identidad no es un núcleo sólido y aislado, sino un espacio de negociación constante. La disolución de los márgenes, es en última instancia, el reconocimiento de que somos inevitablemente, los fragmentos de quienes hemos amado y odiado. Las amigas no sólo se aman y se odian, sino que se invaden mutuamente hasta que el margen de identidad desaparece. Y es en la escritura donde se realiza el encuentro fortuito, entonces, a partir de ese hecho, queda el testimonio y el objeto de una nueva escritura. La narrativa de Ferrante permite así, la transformación del hecho común en un lenguaje que se incorpora a una totalidad, que traspasa lo meramente cotidiano y resiste el paso del tiempo. Por lo demás esa posibilidad de múltiples lecturas seduce y otras veces el asombro nos remite a un sentimiento que creemos reconocer pero que solo bordeamos.
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