| El fin de la historia de Venezuela |
| Escrito por Dr. Ángel Rafael Lombardi Boscán | @lombardiboscan |
| Viernes, 03 de Abril de 2026 00:00 |
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en 1991: apareció un libro que causaría conmoción entre los estudios y reflexiones de los científicos sociales. “El fin de la historia y el último hombre” de Francis Fukuyama (1992) le dio ropaje de ciencia a la explicación muy ideológica del porqué el capitalismo estadounidense y sus aliados europeos habían ganado la Guerra Fría (1945-1991). Hegel y Kojéve, el primero, uno de los reyes de la filosofía alemana; el segundo, un desconocido pensador ruso-francés hasta ese entonces: fueron utilizados por Fukuyama para justificar la superioridad política, ideológica, cultural y económica de la Democracia Liberal ante todos sus competidores posibles. Como toda teoría, su imperfección es calibrada por la realidad. En 2001 el derrumbe de las Torres Gemelas y el resurgimiento del islamismo radical y terrorista fue el primer torpedo sobre la base de la teoría triunfalista de Fukuyama. Más luego, las autocracias rusas, china, iraní y hasta la venezolana, cuestionaron la placidez de un modelo político cuya aspiración mundial no se podía sostener. Y ya en la era de Trump I y II junto con la invasión de Rusia a Ucrania (2022) y las incursiones de Israel y Estados Unidos en el dinamitado Medio Oriente, el mundo geopolítico de la Guerra Fría llegó a término. Incluso, la guerra más corta de la historia militar, no más de tres horas, ocurrida el 3 de enero del año 2026 por los Estados Unidos sobre Venezuela, ha implicado el resurgimiento de una nueva filosofía geopolítica en el continente americano. Los Estados Unidos, en la voz de su ministro de la guerra, acaban de señalar que desde Groenlandia hasta Ecuador todo ese inmenso territorio forma parte de la: "Gran América del Norte" (Greater North America). La incursión sobre Venezuela terminó por definir los alcances imperiales de los Estados Unidos asumiendo estos territorios como estratégicos y libres de la influencia hostil de sus enemigos. La Democracia no es el fundamento de la nueva política del conquistador/libertador sino el control de los recursos naturales y la gestación de gobiernos “amigos”. El petróleo venezolano importa, aunque lo realmente clave es su ubicación geográfica como centinela de toda la América del Sur. Ya los estadounidenses se pasean por Venezuela como sus nuevos amos. Lo que queda del chavismo mediocre se ha reconvertido en un gobierno títere y caníbal sobre sus muy retorcidas estructuras. La invasión sin invasión, algo que complacería mucho a Sun Tzu y su principal tesis en “El arte de la guerra”, tiene unas implicaciones y significados que aun la parte derrotada no termina de procesar. Los venezolanos nos levantamos luego del 3 de enero sin saber si celebrar o llorar. Los gringos se habían llevado como si nada al símbolo de una larga tiranía. Los custodios de la soberanía nacional, las Fuerzas Armadas, no fueron capaces de defenderla. Ni antes, ni ahora. La presencia cubana en zonas claves del poder venezolano fue ominosa. Así que lo de los gringos se puede asumir como: “lo que no es igual, es trampa”. Lo que debió ser atendido como un asunto doméstico bajo la doctrina de la Independencia que rigió en los últimos doscientos años, fue soliviantado por antipatriotas. Las celebraciones apoteósicas, del Bicentenario de la Independencia, que hubo en su momento: quedaron convertidas en polvo cósmico. Eso de que: “Hay que volver a Carabobo” fue un eslogan cuartelario casado con el humo. Si somos sinceros, esa doctrina militarista y bolivariana, comprada también por el mundo civil, fue una fantasía histórica. Un alimento mitológico y cultural para justificar lo injustificable. Los héroes tutelares de un poder insano. El Gloria al Bravo Pueblo para que dormite en los brazos de una pompa sin méritos. De una gloria heredada por los escribanos. En estos treinta años de regresión histórica nacional de la mano de los bolivarianos, hubo la resistencia muy real de un sector importante de la sociedad venezolana. La misma que estuvo alineada con los valores de la modernidad política. Aun perdiendo, ésta gesta cívica, algún día tendrá que ser recuperada para honrarla como se merece. Hoy, el venezolano lo que quiere es que sus economías domésticas dejen de ser de sobrevivencia. También quiere el reencuentro afectivo, el gran lastre del gigantesco éxodo junto a las familias rotas. Espantar al miedo es otra aspiración crucial. El retorno de una Paz pública sin coacciones y el perdón con Justicia. A los Estados Unidos, la colectividad venezolana, lo ve hoy con benevolencia. Es el rescatador de un secuestro monumental. Se sospecha que esa “amistad” será mucho mejor que la “amistad” de los cubanos. El rescate de la Democracia, es subalterno. Por lo menos en este momento dentro de la esfera de una población dañada. Es más bien una prioridad de las elites intelectuales y de faros de luz que nunca se apagaron pero que hacen campañas solitarias. Se confía en un nuevo Plan Marshall para Venezuela y que la estructura represiva sea desmontada progresivamente y sin más violencia traumática. Las elecciones las habrá y serán controladas por el nuevo tutor que no va a permitir incendios en su nueva y muy favorable adquisición territorial. Todo esto nos lleva a plantear el asunto del: “Fin de la Historia de Venezuela” en el sentido político e ideológico que Fukuyama le dio a su libro en ese entonces. Para Venezuela, todo el ideario nacional alrededor de Simón Bolívar y la gesta de la Independencia, quedó demolido. La identidad nacional es una construcción simbólica que el poder y sus elites diseñan para darle sentido de pertenencia y orgullo al pueblo que dirige. El venezolano, sin importar su condición social, hizo del fetiche bolivariano un asunto crucial de la propia existencia histórica. Así vemos ondear la bandera tricolor de manera pareja tanto a los verdugos como a las víctimas. El chavismo bolivariano de Chávez y Maduro enterraron esa ilusión. Dinamitaron una idea de orgullo hasta convertirla en ofensa. El retrato zambo y deforme de Simón Bolívar que se propusieron imponer es testigo fiel de esto. Había la creencia, legitimadora, que el poder se sostenía además de la “voluntad popular” por el ideario nacionalista cuyo epicentro fue la Guerra de Independencia (1810-1823). Con los Estados Unidos levantando bases militares y reforzando el muy suculento botín que le fue entregado en bandeja de plata y sin una sola baja de su fuerza invasora, esa historia de los héroes, la misma que Eduardo Blanco exaltó en su muy popular: “Venezuela Heroica” (1881), entró en forzoso reposo. Nadie puede adivinar el futuro. Nadie sabe si volveremos a ser merecedores de auto respeto y confianza. Me refiero a las elites políticas, económicas, universitarias, militares y demás. La gobernanza quedó sumisa ante la vergüenza. Aunque aquí nadie se va a suicidar por deshonor a la usanza japonesa. Esto del “Fin de la Historia de Venezuela” hasta puede que sea algo saludable. Un baño de realidad que nos ofrezca una pedagogía del esfuerzo sin trucos ni trampas. Un aprendizaje cruel para que nos miremos en el espejo del horror de una guerra civil paradigmática en pleno siglo XXI. Guerra civil como réplica de lo que fue realmente la Independencia con sus sueños rotos apenas culminó. Las sociedades se desvanecen cuando sus ideales pierden el contacto con las realidades. Como cuando la Democracia es un enunciado bajo la colonización de un poder ignaro y pícaro. Hay también otro dictamen, y éste es psiquiátrico, el autoengaño. El corolario de una mitología hueca de celebraciones oficiales llenas de vacío y silencios. El teatro y la máscara. La mentira y su marcha triunfal. Me gustaría creer que los venezolanos estaríamos entrando en una nueva era histórica más calmada y sobria. Haciendo un pacto con la modestia. Perdonando nuestros pecados de orgullo. Y esto implica asumir el pasado con responsabilidad: cuestionando las avasallantes telarañas ideológicas cuya validez sólo es posible si producen bienestar y progreso entre los ciudadanos en el presente. Además, una confianza de hierro, acerca de futuros promisorios.
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