El fútbol una pasión nacional de niveles mundiales
Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio   
Viernes, 12 de Junio de 2026 01:56

alt“El futbol es un deporte, que adquirió preeminencia mundial, como consecuencia de la presencia económica del Reino Unido…

juego sencillo y elegante, con unas normas y una indumentaria poco complicada, que se podía practicar en cualquier espacio más o menos llano de las medidas adecuadas, se abrió camino en el mundo por méritos propios y, con la creación del Campeonato del Mundo en 1930, pasó a ser genuinamente internacional.” (Hobsbawm, 2011: pp.201-202)

 

El fútbol, más allá de ser una competencia deportiva, constituye una manifestación profundamente humana. En él pueden apreciarse los cuatro grandes valores del humanismo, entendidos como expresiones de la dignidad y centralidad de la persona.

En primer lugar, el hombre es la medida de todo. En el fútbol, aunque las estadísticas, los sistemas tácticos y la tecnología desempeñan un papel importante, son los seres humanos quienes otorgan sentido al juego. La medida última del éxito no es únicamente el resultado, sino la capacidad de actuar con comedimiento, mesura, modestia y respeto hacia los demás. El verdadero campeón no es solo quien vence, sino quien sabe comportarse con grandeza en la victoria y dignidad en la derrota.

En segundo lugar, el hombre es un humanizador de todo. El fútbol transforma un simple balón, un terreno de juego o un estadio en espacios cargados de significado humano. Son los jugadores, entrenadores, aficionados y comunidades quienes convierten el deporte en una experiencia de identidad, pertenencia y emoción compartida. Sin la presencia humana, el fútbol sería únicamente un conjunto de reglas; con ella, se convierte en cultura.

En tercer lugar, el hombre es interlocutor de hombres. El fútbol es un lenguaje universal que permite el encuentro entre personas de diferentes naciones, culturas, religiones e idiomas. Así como la lengua se humaniza cuando un hombre habla a otro hombre acerca de aquello que le interesa y le importa, el fútbol adquiere su dimensión más profunda cuando se facilita un balón y se interactúa en una cancha, donde cada pase, cada jugada colectiva y cada celebración son formas de comunicación humana que trascienden las palabras.

Finalmente, el hombre es un valor supremo de sí mismo. Ninguna copa, trofeo o reconocimiento puede tener más valor que la dignidad de la persona. Por mucho que un futbolista alcance la fama o acumule títulos, su valor esencial no radica en sus logros deportivos, sino en su condición humana. El deporte debe estar siempre al servicio del ser humano y no al contrario. Cuando el fútbol respeta esta premisa, se convierte en una escuela de valores y en una expresión auténtica del humanismo.

Desde esta perspectiva, el fútbol no solo refleja la competencia entre equipos y naciones, sino también la permanente búsqueda de realización humana. En cada partido se pone de manifiesto que el hombre es creador, interlocutor y fin en sí mismo, principios fundamentales de una visión humanista del deporte y de la sociedad.

En el escenario internacional existen dos organizaciones que, aunque persiguen objetivos muy diferentes, ejercen una influencia global extraordinaria: la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA). La ONU, fundada en 1945 con el propósito de preservar la paz y promover la cooperación entre los Estados, cuenta actualmente con 193 países miembros. La FIFA, creada en 1904 para organizar y desarrollar el fútbol a escala mundial, reúne hoy a 211 asociaciones nacionales, superando incluso el número de Estados reconocidos por la ONU. Este hecho refleja la capacidad singular del fútbol para trascender fronteras políticas, culturales e históricas.

Tras casi un siglo de Copas del Mundo, los resultados permiten identificar a las grandes potencias del fútbol internacional. A continuación, se presenta una reflexión, necesariamente subjetiva, sobre los países campeones del mundo y el significado geopolítico y cultural que el fútbol ha adquirido en cada uno de ellos.

Brasil, con cinco títulos mundiales, representa una potencia emergente cuyo principal símbolo cultural es el fútbol. Este deporte ha sido utilizado con éxito como instrumento de cohesión nacional y de proyección internacional. Su diversidad cultural, sumada a su peso demográfico y económico, ha contribuido a consolidar su liderazgo en América Latina.

Alemania, una de las grandes referencias históricas del fútbol mundial con cuatro títulos de la Copa del Mundo, representó hasta 1990 únicamente a Alemania Occidental. Tras la reunificación alemana, ocurrida después de la caída del Muro de Berlín, se consolidó como una de las naciones más exitosas y competitivas del fútbol internacional. Sus triunfos son el reflejo de una reconocida cultura de organización, disciplina, planificación y excelencia en la formación de talento, elementos que han convertido al fútbol alemán en un modelo de desarrollo deportivo a escala global.

Italia, igualmente poseedora de cuatro campeonatos mundiales, combina una profunda tradición futbolística con una rica herencia cultural. El fútbol forma parte de la identidad nacional italiana con la misma naturalidad que sus expresiones gastronómicas y artísticas. La pasión por este deporte parece enlazar simbólicamente el pasado histórico de la península con la vitalidad de la Italia contemporánea.

Argentina ha construido una de las identidades futbolísticas más intensas y apasionadas del planeta. Entre períodos de democracia y dictadura, y marcada por el imaginario nacional vinculado a la reivindicación de las Islas Malvinas, el fútbol ha adquirido una dimensión que trasciende lo meramente deportivo para convertirse en un componente esencial de la identidad nacional. La figura de Diego Armando Maradona se transformó en un mito colectivo, símbolo de una pasión popular que combina épica, orgullo y sentimiento de pertenencia. De manera similar, en Brasil, Pelé encarna una referencia fundamental del imaginario nacional, al punto de que el fútbol se ha convertido en ambos países en una de las expresiones más representativas de su cultura y de su manera de entender el mundo.

Francia, con dos títulos mundiales, representa el éxito de una nación desarrollada cuya selección refleja la diversidad étnica y cultural de la sociedad contemporánea francesa. El triunfo deportivo ha reforzado la imagen internacional de un país asociado a la modernidad, la cultura y la integración de múltiples identidades.

Uruguay ocupa un lugar especial en la historia del fútbol. Campeón de las primeras ediciones mundialistas y cuna del histórico Estadio Centenario, demuestra cómo un país pequeño en población puede alcanzar una enorme grandeza deportiva. La denominada garra charrúa se ha convertido en un símbolo de perseverancia, carácter y orgullo nacional.

Inglaterra, con un título mundial, es reconocida como la cuna moderna del fútbol. Desde allí el deporte se expandió por el mundo al compás de la influencia marítima y comercial del Imperio Británico. Aunque sus éxitos mundialistas han sido más limitados que los de otras potencias, su legado histórico resulta indispensable para comprender el desarrollo global del fútbol.

Finalmente, España, campeona del mundo en 2010, simboliza la transformación de una nación que logró consolidar una democracia moderna tras décadas de autoritarismo. La intensa rivalidad y pasión de sus clubes locales reflejan la diversidad cultural y territorial del país, mientras que los éxitos de su selección nacional han fortalecido un sentimiento de orgullo compartido.

De cara a la Copa Mundial de la FIFA 26™, organizado conjuntamente por Canadá, México y Estados Unidos (CMUSA 2026), llama la atención la ausencia de Italia, una de las selecciones más laureadas de la historia del torneo. Esta situación ha generado sorpresa y debate entre aficionados y analistas, quienes consideran que la presencia italiana aporta prestigio y tradición a cualquier campeonato mundial. Al mismo tiempo, las discusiones en torno a la participación de determinados países recuerdan que el fútbol, aunque inevitablemente interactúa con la política internacional, aspira a preservar su esencia como espacio de encuentro, competencia deportiva y convivencia entre las naciones.

Así como la ONU refleja el mapa del poder y las relaciones geopolíticas del planeta, la Copa Mundial de la FIFA representa la geografía del talento, la pasión y la competencia deportiva. En ambos casos se trata de instituciones de alcance global que reúnen a las naciones del mundo bajo reglas comunes y espacios de interacción internacional. Sin embargo, mientras en la ONU las diferencias y controversias se canalizan mediante la diplomacia y la negociación política, en la FIFA la rivalidad entre las naciones se expresa en el terreno de juego. Allí, los resultados son decididos por el desempeño deportivo, bajo la autoridad de un árbitro y, en la actualidad, con el apoyo de tecnologías como el sistema de asistencia arbitral por video (VAR), que ha reducido significativamente los errores arbitrales y situaciones polémicas como los célebres goles irregulares que en otra época alimentaron la leyenda de la llamada “mano de Dios”.

“Contra Inglaterra, Maradona vengó con dos goles de zurda al orgullo patrio malherido en las Malvinas: hizo uno con la mano izquierda, que él llamó mano de Dios, y el otro con la pierna izquierda, después de haber tumbado por los suelos a la defensa inglesa.” (Galeano, 2013: p.194)

Los campeones del mundo no solo representan éxitos deportivos, sino también narrativas nacionales, aspiraciones colectivas y expresiones de poder blando que contribuyen a moldear la geopolítica cultural contemporánea. La historia de los Mundiales demuestra que algunas naciones han logrado construir auténticas tradiciones futbolísticas, convirtiéndose en las grandes potencias de este deporte universal que apasiona a miles de millones de personas en todos los continentes.

 

Referencia

Eric, Hobsbawm. Historia del Siglo XX (2011). 10ª Ed. 6ª reimp. Buenos Aires: Crítica, 2011.

Eduardo, Galeano. El fútbol a sol y sombra (2013). 4ª edición ampliada. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

 
[1] Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela por el Estado Mérida. Investigador y Docente del Instituto de Investigaciones Históricas «P. Hermann González Oropeza, S. J» de la Universidad Católica Andrés Bello. Profesor Titular de la Escuela de Historia, de la Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad de Los Andes ULA, Mérida-Venezuela. Magister en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata–Argentina. Coordinador del Doctorado en Estudios Políticos ULA.
 
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