| La geografía de ciencia determinista a la visión posibilista |
| Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio |
| Miércoles, 17 de Junio de 2026 01:00 |
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“En ninguna parte hay necesidades; en todas hay posibilidades; y el hombre, como dueño de estas posibilidades, es el juez de su utilización.” Lucien Febvre El medio físico constituye un pilar fundamental para el estudio de la historia, cuya comprensión debe ir más allá de la simple concepción de un escenario geográfico pasivo. Resulta indispensable analizar la interacción dinámica entre el ser humano y su entorno, examinando la forma en que estas relaciones se han desarrollado, transformado y redefinido a lo largo del tiempo, así como las respuestas y acciones de las distintas generaciones frente a las condiciones del medio. Para ello, es esencial considerar el nivel de desarrollo económico, social, cultural y tecnológico del estado durante el período objeto de estudio. De esta manera, es posible comprender el contexto en el que se desenvolvieron los acontecimientos históricos y apreciar cómo el ser humano no solo se adaptó a su entorno, sino que también lo transformó activamente, plasmando su trayectoria histórica en el propio territorio geográfico. Hubo un tiempo en que la pólvora solamente era sinónimo de celebraciones, de destellos efímeros en el cielo nocturno, de la recreación que iluminaba las celebraciones. Pero el destino de esta sustancia, tan volátil en los juegos artificiales, dio un giro brutal. Cuando la pólvora encontró su lugar en la boca de los cañones, el mundo se transformó. La visión de la guerra ya no era una ilusión, se convirtió en una cruda realidad de destrucción, un espejo implacable de la geopolítica de ese tiempo. En esa era, el dominio de un espacio por otro se medía con una simplicidad aterradora: hasta donde alcanzara el plomo de un cañón. La línea de la influencia, la frontera del poder, se trazaba con el eco recio de la artillería. La tierra, el mar, los cielos, todo estaba a merced de la trayectoria de un proyectil. La pólvora dejó de ser un espectáculo para convertirse en el instrumento de guerra, con el cañón se transformó en el lenguaje de la fuerza que redefinía mapas y destinos. De juego artificial, de chispa festiva, se erigió como el árbitro sombrío de las ambiciones imperiales, dictando el curso de la historia con cada explosión. Conviene recordar que, en su obra Principios de derecho internacional[2], Andrés Bello examinó la dimensión geográfica y jurídica de los espacios sujetos a la soberanía de los Estados, considerando no solo el área terrestre, sino también los espacios marítimos adyacentes vinculados a este. En este sentido, sostenía: “En cuanto al mar, he aquí una regla que está generalmente admitida: cada nación tiene derecho para considerar como perteneciente a su territorio y sujeto a su jurisdicción, el mar que baña sus costas, hasta cierta distancia, que se estima por el alcance del tiro de cañón, o una legua marina” (Bello, 1981, p. 68). En el paisaje geográfico el mismo tapiz de montañas, ríos y pueblos, puede dar origen a historias radicalmente diferentes. La geografía, enuncia esa fuerza inmutable de la naturaleza, no es un mero telón de fondo; puede ser el instrumento de un orden, moldeado y explotado para alcanzar fines estratégicos. Desde la perspectiva humana, se pueden establecer manejos geográficos, impuestos por los límites territoriales, las corrientes de los mares o la escasez de recursos. El hombre, en su afán de construir poblados y destinos, no tiene el poder de transformar la arena en desierto, pero sí ha logrado con su intervención sensata convertir montañas desérticas en lugares aptos para sus posibilidades de poblamiento. La ocupación del espacio, nos enseña que, con una visión estratégica y una voluntad interesada, se puede cambiar el cauce irrigador de ciertos ríos. En este juego de dominio, todo es posible en todas partes, siempre y cuando se esté dispuesto a pagar el precio que corresponde. Y ese pago, esa adaptación obligada, se manifiesta en la conciliación con el ambiente, en la comprensión profunda de las fuerzas que rigen el espacio y en la audacia de trazar nuevos caminos, incluso en los paisajes más desafiantes. En esta visión espacial, el mapa, en su esencia, es un universo de información esperando ser descifrado. Pero para aquellos que peregrinan por el mundo sin haber aprendido su lenguaje simbólico, se torna tan inútil como una página en blanco. Es la misma analfabetización que convierte la escritura en un enigma: un libro para quien no ha aprendido a leer, es solo tinta sobre papel, y un atlas sería un conjunto de mapas sin sentido ni secuencia. Así también, un mapa, desprovisto de la clave de su comprensión, carece de significado. No revela las fronteras invisibles, las rutas de influencia, las tensiones latentes o las aspiraciones estratégicas que traza. Es solo una representación, una sombra de la realidad geopolítica, hasta que se aprende a leer sus contornos, a interpretar sus símbolos, a escuchar las historias que sus líneas y colores, formulan sobre el poder, el territorio y el destino de las naciones. La historia, en su esencia, comienza por la geografía. El suelo, el relieve, el clima, los recursos naturales, son el lienzo primigenio donde se gestan los acontecimientos. Y con el transcurrir del tiempo, esa geografía inicial se moldea, se transforma, se convierte en historia. Hablar de geografía es, en el fondo, hablar de tiempo; y hablar de tiempo es, inexorablemente, hablar de historia. El espacio geográfico es un escenario donde se tejen los vínculos de pertenencia entre el suelo y el hombre, posibilitando, en gran medida, el quehacer histórico. Es en esta dimensión entre el espacio y la vida humana, donde las obras diversas del hombre nos invitan a desentrañar las complejas tramas que configuran el mundo. La geografía trasciende la mera catalogación de paisajes o el registro de lo inmutable. Lejos de la quietud de un equilibrio estático, su esencia más profunda late en su naturaleza intrínsecamente dinámica. Es un canto constante, una evolución perpetua que abandona la quietud determinista para abrazar la vitalidad del movimiento posibilista. En su síntesis más profunda, la geografía se revela como la vida misma, manifestada en cada rincón del territorio. Es la historia escrita en el relieve, la energía que fluye por los ríos, el aire que mana por las montañas, y la intrincada danza entre el hombre y su entorno. Al transitar del canto de una geografía estática–determinista a la vibrante resonancia de una geografía dinámica–posibilista, descubrimos que la verdadera esencia del territorio y de nuestra propia existencia reside en esa transformación incesante, en esa adaptación perpetua que define la vida geográfica.
Referencias Andrés Bello. Obras Completas: Derecho Internacional I, Tomo X (1981). Caracas: Casa Bello. Héctor Gros Espiell. “Evolución de las ideas internacionales de Andrés Bello hasta nuestros días”. En: Foro internacional sobre la obra jurídica de Don Andrés Bello (1982). Caracas: Fundación la Casa Bello. [1] Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela por el Estado Mérida. Investigador y Docente del Instituto de Investigaciones Históricas «P. Hermann González Oropeza, S. J» de la Universidad Católica Andrés Bello. Profesor Titular de la Escuela de Historia, de la Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad de Los Andes ULA, Mérida-Venezuela. Magister en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata–Argentina. Coordinador del Doctorado en Estudios Políticos ULA. [2] Andrés Bello, en su obra Principios de derecho internacional, publicada por primera vez en 1832, realizó una significativa labor de divulgación y formación en el campo del derecho internacional. Su propósito trascendió el ámbito inmediato de sus estudiantes, pues, consciente de la misión intelectual que estaba llamado a desempeñar en América, concibió una obra cuyos principios fundamentales superaban las circunstancias de su época y las fronteras hispanoamericanas. La trascendencia de este trabajo se reflejó en las dos ediciones publicadas durante la vida de su autor, en 1844 y 1864. Posteriormente, la obra fue reimpresa en numerosas ocasiones tanto en América como en España, y su influencia se extendió al ámbito europeo mediante sus traducciones al alemán, francés e inglés. “El pensamiento jurídico internacional de Andrés Bello se encuentra expuesto en su libro Principios de Derecho Internacional… en donde debe buscarse lo esencial de su pensamiento jurídico internacional. Esta obra apareció en 1832, en Santiago de Chile, bajo el título de Principio de Derecho de Gentes, y evolucionó a través de las tres ediciones hechas en Chile, en vida de su autor, en 1844 y en 1864. No sólo cambio su título, ya que pasó de llamarse Principio de Derecho de Gente a titularse Principio de Derecho Internacional para responder a la evolución que estaba en proceso de sufrir la asignatura, sino que su texto tuvo importantes modificaciones, supresiones y adiciones… [que] nos permiten verificar la evolución del pensamiento de Bello, en función del proceso, del cambio, de sus ideas, de los progresos de la doctrina y de las modificaciones de la realidad política a la que ese derecho habría de aplicarse.” (Gros Espiell, 1982: p.25) |
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