“Únicamente haciendo se puede aprender a hacer”
Escrito por Dr. Abraham Gómez | X: @fabrahamgr   
Viernes, 17 de Julio de 2026 00:02

altHabiendo nacido en un pueblito nombrado El Toro, jurisdicción del municipio “Antonio Díaz” del estado Delta Amacuro, Venezuela, el 24 de diciembre de 1921,

nuestro ilustre educador, Dr. Félix Adam, luchó con dedicación y esfuerzos titánicos para fracturar la voracidad de tal “genética social” para que el medio rural-indígena no lo absorbiera.

Logra proyectarse en el mundo en razón de sus aquilatados conocimientos.

Creador internacional de la Andragogía; en tanto   ciencia de enseñanza-aprendizaje para adultos.

Un excepcional y admirado maestro de escuela, de comienzos del siglo XX, en esta apartada porción geográfica venezolana; tan preterido por los decisores de las políticas públicas.

El maestro Adam era fogoso en el discurso. Denso y brillante en su cultivado léxico, y severamente crítico para lograr que las cosas y las causas se dieran con justicia y eficiencia.

Fue el gran promotor de “hacer y no decir”.

La acción siempre lo llevó al hecho; y esto me hace recordar que los filósofos orientales hablan de la acción continua; del hacer en el instante presente.

Aún recuerdo con suficiente emoción que más de una vez, cuando me asesoraba para la creación del Instituto Tecnológico para esta región, me dijo:

Lo que importa es lo que hacemos con la conciencia lúcida y los cambios que permanentemente se están ejecutando alrededor de uno; porque cada instante es único e irrepetible”.

Cuántas veces el docente puede ahorrarle al estudiante, de cualquier grupo etario, años de sufrimiento y frustración sólo con una palabra amable, un gesto de identificación, la ubicación en su mismo plano de aprendizaje.

Aludía, discursivamente, a cada instante y en muchas partes:

“Un educador con la autoestima baja, poco remunerado, como el nuestro, tanto en dinero como aliciente vocacional, jamás podrá dar a los otros lo que él mismo está necesitando, como el aire que respira”.

Al respecto, Adam inducía a la participación comprometida socialmente, fundamentada en el estudio, al análisis crítico de cualquier problemática.

En bastantes ocasiones, cuando provocaba los encuentros e intercambio de saberes en Tucupita y otras ciudades el maestro Adam asumía una extraordinaria actitud incitativa hacia nosotros; quienes éramos, para entonces, cursantes de la maestría en Andragogía, hace ya muchos años; de lo cual estamos infinita y eternamente agradecidos.

Nos señalaba, con suficiente determinación, que:

No habrá excusa que valga para, quienes somos hechuras y estamos comprometidos con la academia. Sería imperdonable si    pretendiéramos escurrir el obligado debate y la plural confrontación que explore nuevos horizontes y despliegue múltiples miradas por el futuro de la educación en Venezuela”.

Nos increpaba de este modo: “Tienen que atreverse o se apartan. Porque definitivamente es un atrevimiento teñido de audacia que escrutemos a la educación desde sus interioridades. Eso es lo hermoso, aunque produzca vértigos”.

Quiénes más sino nosotros, en sentido genérico para reconocer, luego del diagnóstico más descarnado,  que la educación nuestra, en sus distintos niveles y modalidades  ha devenido en  una estructura ambigua, que poco o nada ha hecho para ir adaptando sus mecanismos  y procedimientos conforme a  las exigencias de los tiempos actuales; con lo cual admitimos que las realidades externas llevan un ritmo de aceleración superior, en todo, valga decir hasta para la construcción de conocimientos, menos para propender a la Sociedad de la creatividad y la innovación.

Una de las premisas que hemos sostenido quienes abrigamos, por razón y emoción, a la Andragogía (hechura teórica y doctrinal del doctor Adam, en el mundo entero) viene dada en que no basta enseñar, aunque sea rápidamente, hay que hacerlo también sólidamente. Con emoción y amorosidad.

El maestro Adam insistía en que, en vez de recurrir, casi sin escapatoria, a los “libros muertos”, debemos ser más creativos.

A los niños, jóvenes y adultos deben presentárseles las vivencias.

El maestro Adam lo expuso, en diversos escenarios académicos:

Sólo haciendo se puede aprender a hacer. En vez de palabras: sombras de las cosas, lo que hace falta en las escuelas es el conocimiento de las cosas mismas”.

Nos indicaba, de modo reiterado, que la educación primero pedagógica y luego andragógica transcurre toda la vida, en sus diversas etapas; porque siempre estamos aprendiendo.

La educación andragógica – que constituyó su hija predilecta-- se desarrolla a través de una praxis fundamentada en los principios de participación y horizontalidad, con carácter sinérgico, para que se incremente el pensamiento, la autogestión, la calidad de vida y la creatividad del participante adulto.

Maestro por vocación y empeñoso realizador de sus grandes ideales dejó huellas profundas en todas las actividades que le correspondió desempeñar.

Fue un hombre que amó la naturaleza y nunca olvidó su origen, ni a “la tierra de las aguas” donde nació.

Me manifestaba que sentía la pobreza, la miseria, la desnutrición, las enfermedades, el dolor del pueblo, la mirada de desesperanza campesina, y que por eso aceptó el reto de ser educador.

Un verdadero Maestro, en la proyección inextinguible de esta palabra; que en todos los idiomas del mundo sirve para eternizar la sabiduría y la dignidad del ser humano sobre la tierra.

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