| La analogía del avión |
| Escrito por Omar Estacio |
| Miércoles, 21 de Octubre de 2009 22:41 |
Gana adeptos, la analogía del avión. “nadie cambia de piloto a mitad del vuelo” o “damas y caballeros, no queremos alarmarlos pero, dada la situación actual, abróchense los cinturones aunque tampoco les vendría mal colocarse sus paracaídas”.
Es una buena analogía. Un avión, como un país, es una comunidad en movimiento, con un destino común, que avanza, aunque en determinados casos en lugar de avanzar, retroceda. Hay aeronaves de todo tipo. Las de motor a pistón, planeadoras, a turbina y las que tienen la desgracia de ser víctimas de los piratas del aire —y de tierra, también— que las hacen entrar en barrena. Ha avanzado la aviación desde tiempos de los célebres hermanos Wright. Radares, horizontes magnéticos, altímetros, manómetros, GPS, tecnología de punta, en una palabra. Por lo mismo, en el estado actual de la aeronáutica, puede decirse sin incurrir en exageración, que casi todos los desastres —aéreos y no aéreos— obedecen a lo que en la respectiva jerga se conoce como error u horror humano. —¡Señor, señor, los pasajeros de “business class” reclaman! Dicen que volamos en círculo, que estamos extraviados sobre la inmensidad del océano, que perdemos altura, que se nos acaba el combustible y que si seguimos así, en lugar de avión, en pocos minutos nos reduciremos a la condición de submarino. —Tienen razón. Parece que vamos hacia ninguna parte. ¡Reclámele al capitán! —Pero señor ¡si usted es el capitán! —Entonces dígales a esos pasajeros que cierren la boca, porque tengo todo bajo control. Y ultimadamente, que si no les gusta ¡que se bajen, por oligarcas! La caja negra es a un avión, lo que la prensa libre es a un país medianamente civilizado. Ocurre que cuando el personal de una aerolínea se sabe sin control y sin la mirada vigilante de ese artefacto indispensable, se torna juguetona, rochelera y manoseadora, en específico, del bolsillo de los pasajeros. —¡Señor, señor, ahora quienes están amotinados, no son los de “business class”, sino los de “económica”! denuncian que la tripulación está desvalijando el timón, las turbinas, los alerones, el tren de aterrizaje y hasta los remaches del fuselaje, porque nuestra caja negra está sorda, ciega, muda, parapléjica y que por su tipo de vista gorda en lugar de negra, más bien parece una caja rosada. —¡Traición, golpismo! esos pasajeros lo que están es montando un complot desestabilizador contra la aerolínea por encargo de la CIA. Ábrales un juicio por motín a bordo e intento de capitanicidio. Ahora que hablamos de aviones y capitanes se nos vienen a la memoria los arrojados comandantes de los “speedfire” de la II Guerra Mundial. Cada mañana se encontraban cara a cara con la muerte en verdaderos duelos en el aire sobre el canal de la mancha. Unos auténticos caballeros templarios de los cielos que antes de morir o matar miraban los ojos, literalmente, de los también bravos de la “lufwaffe” con sus no menos temibles “surka” y “messerschmidt”. A nadie medianamente sensato se le ocurriría entregarle, no digamos un bombardero o un caza, sino una inofensiva avioneta de fumigación a un comandante asustadizo o con acrofobia. Sería la perdición, el caos, la desolación, la ruina de centenares, quizá de millones de personas. Es sabida la reacción de clase de sujetos a la primera turbulencia, amenaza de misil enemigo o petición de eyección. El poco o ningún tino en la selección de tripulaciones pasadas puede conducir a un avión —o un país— a tomar decisiones suicidas. De ello hablábamos al comienzo. La historia registra casos en que la cabina de mando ha sido confiada a sobrecargos, azafatas y hasta personal de tierra, carente de musculatura aeronáutica. —Su atención, por favor. Se anuncia la salida del viaje, sin número y sin plan de vuelo conocido a través del océano pacífico. Como estamos cansados de los errores de pilotos, copilotos e ingenieros de vuelo de períodos aeronáuticos anteriores, decidimos cortar por lo sano. Así que como capitán, hemos colocado ¡al maletero! Fuente: 2001 |
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