| La trampa de la tribu |
| Escrito por Mibelis Acevedo D. | X: @Mibelis |
| Martes, 03 de Junio de 2025 00:00 |
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para el desarrollo humano, individual y colectivo, eso sí, puede ser tan estimulante como demandante. De allí que -a diferencia de doctrinas cerradas como el marxismo, de corpus teóricos y prédicas mesiánicas empeñadas en que la realidad sea la que se amolde a las abstracciones, y no al revés- el liberalismo resulte un marco más hospitalario y afín a las reivindicaciones de lo humano, a la posibilidad de respetuosa convivencia entre ciudadanos, sujetos iguales ante la ley. No obstante, vivirlo en su forma práctica, esa que se concreta gracias a la irrupción del Estado democrático, no deja de generar contradicciones, instrumentalización y desacuerdos. Y es que partiendo de la certeza básica que la libertad es valor sobre el cual se articula toda su arquitectura de creencias, y que ella no puede ser divida, fragmentada o reducida a un ámbito de la sociedad mientras se cercena en otros, el liberalismo no puede dar respuestas totales y taxativas a las preguntas que hoy nos hacemos como demócratas. Un liberal, subraya Michael Walzer, es alguien tolerante con la ambigüedad. Aspirar a lo absoluto desde la convicción liberal, de hecho, sería una contradicción en los términos; pues si algo la debe distinguir es la incorporación del pluralismo y la individualidad como nociones básicas que permitan impugnar cualquier dogma, cualquier intento de encajar verdades únicas o de desterrar la realidad de los cálculos. Quienes vemos en esa corriente una insustituible posibilidad de desarrollo para las sociedades humanas estamos obligados a entender que el disfrute de la libertad supone flexibilidad y ánimo comprensivo, capacidad tenaz de revisión, incorporación decidida de “la disposición a convivir, respetar la vida, ideas, opiniones, integridad, propiedad y derechos de los otros” (C.R. Hernández, 2023). Por supuesto, habrá que admitir que las interferencias y restricciones que otras personas imponen a nuestra acción -acá cabe recordar a Isaiah Berlin y la diferencia entre libertad negativa y libertad positiva, esta última vista como capacidad de autonomía individual, ese deseo de ser nuestros propios dueños y no objeto para otros-, podrían robar fuelle a esa posibilidad de autorrealización que es medular en el liberalismo. En ese sentido, ambas nociones de libertad se complementan y condicionan, pelean y se separan, se contienen y limitan. Tener poder para actuar responsablemente en atención a las propias decisiones, incluso asumiendo el carácter trágico de la elección conflictiva entre diferentes concepciones del bien. Estar facultado para eludir el control ajeno y controlarnos a nosotros mismos. He allí un anhelo que quizás matiza el desacuerdo entre los dos tipos de libertades y pone al “yo superior”, racional y previsivo, como aliado de la pluralidad, no como tirano. La aspiración remite también a la autonomía necesaria para que el ciudadano opere en su espacio de incidencia respondiendo a la cuestión de “¿en qué ámbito mando yo?”; eso, aun cuando no pueda librarse de la presiones (también necesarias al vivir en sociedad, en tanto derivan en límites y contrapesos) de la libertad positiva, el “¿quién manda?” y su condición relacional. Lo último nos conduciría, claro está, a los linderos de la libertad política: esa que según Berlin “es, simplemente, el ámbito en que un ser humano puede actuar sin ser obstaculizado por otros” (1988). Un grave problema surge cuando esa libertad positiva viene dada por la afiliación a "una tribu, una raza, una iglesia, un Estado". Una dinámica de identificación grupal que tiende a suprimir los deseos individuales y justificar la coacción en nombre de la razón (el camino hacia una libertad “auténtica”, según algunos de sus cultores) no resulta en modo ajena, por cierto, a la estrategia paternalista de dominación propia del populismo autoritario. Pero va más allá. Topando con la instrumentalización de la libertad negativa y sus indeseables emanaciones; con la negación de esa diversidad de valores que condicionan las preferencias de las personas, es común ver cómo esa tribalización de la política hoy habilita una adhesión tan profunda a los valores del grupo que induce a optar por la mentira antes que asumir datos de la realidad que entren en conflicto con dichos valores. Un proceso, según explica el antropólogo evolutivo David R. Samson, que vinculado al instinto gregario sucede “de forma inconsciente… de hecho, no funciona si no es inconsciente. Una de sus propiedades adaptativas es que no tienes ningún control sobre ello". De modo que aquello que en principio favoreció la evolución y predominio de una especie fortalecida por la creación de coaliciones basadas en el parentesco, hoy degenera en lo opuesto: disgregación social, intolerancia avalada por los particularismos. En tanto asociado a nuestra atávica necesidad de pertenencia y seguridad, de compañía entre afines, de hacer parte de algo que nos acoja y refleje, el tribalismo es tan seductor como peligroso. Paradójicamente, la promesa de libertad de ser que, a cambio de lealtad, se ofrece a los miembros de la tribu política, tenderá a traducirse en desconocimiento de la libertad ajena, en feroz exclusión de la elección del distinto, en negación de esa pluralidad de valores que distinguiría al pensamiento liberal. Este fomento de coaliciones únicas y basadas en un determinado conjunto de creencias, en lugar de identidades nacionales -lo cual explicaría por qué la tribalización logra superar fronteras espaciales e ideológicas tradicionales- exhibe mañosas ventajas a la hora de adaptarse a las dinámicas de evitación/supresión que impulsan las redes, por cierto. A merced de la incapacidad para agenciar la diversidad en un mundo en el que “los medios de producción de conocimiento ahora están rotos” (Jonathan Haidt, 2021), las maquinarias de indignación potencian la presencia de grupos que, inmersos en una imaginaria lucha existencial por la supervivencia, se enfocan exclusivamente en derrotar al otro, no en el aprendizaje. Tribalismo político y libertad política, en fin, son conceptos que parecen repelerse. Y si bien no se trata de desmerecer esas idiosincrasias que fundan el vínculo profundo, la identidad forjada en el sufrimiento o la alegría compartidos, ciertos apegos proclives a la solidaridad, al mismo tiempo es justo sospechar de particularismos discriminatorios como el “nacionalismo tribal pseudomístico” del que hablaba Hannah Arendt. Son esos sectarismos los que, al negar la posibilidad de que coincidamos en la idea de una humanidad común y en la práctica de una conversación compartida, endulzan la pavorosa destrucción de la libertad.
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