| La rectificación ausente |
| Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos |
| Lunes, 30 de Junio de 2025 00:00 |
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Su propia filosofía y su particular vocación no son compatibles con aquello que podríamos concebir como revisión, adaptación, etc. Y si lo llegasen a hacer por alguna casualidad del destino o por un arrebato de última hora, sería, con toda seguridad, para empeorar y nunca para mejorar. Los regímenes totalitarios no revisan ni subsanan errores. Sus nefastas decisiones, que regularmente ocasionan grandes agravios y perjuicios a los ciudadanos, jamás son objeto de pertinentes modificaciones. Por consiguiente, el beneficio a la población siempre permanecerá en el olvido, cuando no sepultado. Los regímenes totalitarios usan y abusan de las leyes. Y no porque en el fondo estimen su necesaria aplicación, o que tengan algún desmedido apego o pasión por estas. No. El andamiaje jurídico les sirve de fachada- exclusivamente – para dar una imagen de respeto y sujeción a la constitucionalidad y a las demás normas que de esta se derivan. En este orden, el destacado académico Jesús María Casal señalaba en uno de sus últimos estudios sobre derecho constitucional que Adolfo Hitler se aprovechó del famoso artículo 48 de la Constitución de Weimar, sancionada en 1919, para asumir atribuciones, facultades y poderes sin cambiarle una coma ni trasgredir sus mandatos. Benito Mussolini siguió su ejemplo con el Estatuto Albertino. Los resultados están a la vista. Sin duda, es la utilización de la legalidad, sin fisuras y ambigüedades, hasta el momento del zarpazo final. Entre nosotros, ejemplos sobran desde el siglo XIX hasta hoy día. Los regímenes totalitarios no saben ni aplican el análisis y la evaluación de resultados. Porque su afán es uno: dominación y poder. No otra cosa. Por el contrario, las democracias sí conocen de enmienda y correcciones. Durante los cuarenta años de la llamada “república civil”, en más de una oportunidad, se reformaron decretos, decisiones, programas y, sobre todo, se emprendieron serias reformas atinentes al desenvolvimiento de la administración pública (aunque no todo fue acertado). Sin embargo, y como nada es absoluto en la vida, hubo casos en que, bajo regímenes totalitarios, individuos tocados de una gran inteligencia (cosa ausente en estas autocracias- populistas), tomaron decisiones trascendentes y muy acertadas como Deng Xiaoping en la China post Mao, quien convirtió este país en una potencia económica mundial. Dos sistemas que aún siguen vigentes. En conclusión, y sobre todo para aquellos creyentes en golpes de suerte o en influjos provenientes del más allá, solo en democracia es posible modificar, revisar y asumir acciones correctivas en ejercicio de gobierno. Porque – como se ha constatado- es la única vía para acercarse a las exigencias y aspiraciones de los ciudadanos. La democracia, a fin de cuentas, es susceptible de mejorar. El totalitarismo, por el contrario, acentúa cada día su decadente y anacrónica narrativa populista y su incambiable, por no decir perpetuo, estilo y forma de gobernar. Reiteramos, en consecuencia, que sin democracia jamás habrá bienestar y desarrollo. Ni hablar de libertad y justicia. Es cuestión de pensar y sacar cuentas. La historia nos lo enseña cotidianamente. Cuidado con los engañosos “híbridos” criollos.
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