| A 44 años de la Guerra de Malvinas: Una Mirada Latinoamérica Post-Conflicto |
| Escrito por Claudio Briceño Monzón | @CabmClaudio |
| Martes, 31 de Marzo de 2026 01:23 |
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El Mundo del Atlántico Norte nos ha dicho al Atlántico Sur, que los apéndices deben ser apéndices para siempre. Y eso es lo que ya no se puede decir.”[1] Alberto Methol Ferre En Sud–América, los países se han estructurado de forma centrípeta, es decir, la integración marchó desde las ciudades hasta la conformación de varias provincias–estados–departamentos, que fueron accediendo a un sentido de pertenencia–procedencia–permanencia, inculcado de forma consuetudinaria e inercial, desde la herencia colonial municipal hasta la estructuración del sentido nacional. Esa particularidad en la conformación de nuestras historias, economías, geografías, culturas; nos imposibilitó el sentido de integración continental, que estuvo presente en las ideas legendarias de los libertadores. En esa consolidación geohistórica de estas naciones, influyeron las rivalidades territoriales entre las mismas, y discordias con países europeos como es el caso de Guatemala, Venezuela y Argentina; con el imperio inglés y sus dominios coloniales en Belice, Guayana–Esequiba, y las Islas del Atlántico Sur. Una de las diferencias entre el caso de las Islas del Atlántico Sur y Guyana–Belice, es que Argentina y el Reino Unido no firmaron ningún convenio para definir límites; en oposición del Tratado de 1859 entre Gran Bretaña con Guatemala y en 1897 Venezuela accede al arbitraje por el Esequibo que concluye en el Laudo de 1899. Es relevante recalcar con precisión que en la controversia por las Islas del Atlántico Sur no se deben hacer comparaciones vagas: “Malvinas se distingue de Hong-Kong y de Gibraltar, por ejemplo, porque en estos casos existe un título que fundamenta la presencia británica: un tratado de establecimiento, ciertamente desigual, pero tratado al fin. No es éste el caso, como puede verse, con respecto a Malvinas, y por eso es que soluciones más o menos afortunadas para otros conflictos pueden no ser aplicables automáticamente a ellas.”[2] El próximo 2 de abril de 2026 marcará el 44º aniversario de la Guerra de Malvinas, fecha que en Argentina se conmemora como el Día del Excombatiente. Este evento evoca una pesadilla vivida por los argentinos, quienes fueron víctimas de una dictadura militar que intentó satisfacer un ego nacionalista irredento al llevar al país al conflicto bélico. Dicha dictadura creía poder manipular el fervor soberano del pueblo argentino que perciben las Islas del Atlántico Sur como una parte intrínseca de su identidad territorial. Para muchos latinoamericanos, esta conmemoración no resulta ajena. Representa la reivindicación de un archipiélago que, a lo largo de la historia, ha sido considerado un punto geoestratégico crucial, incluso en el contexto de un mundo hoy globalizado. En la actualidad, inmersos en una nueva Guerra Fría donde Estados Unidos y Rusia reavivan sus rivalidades, y en medio del desvanecimiento de la antigua cortina de hierro entre socialismo y capitalismo, los países del Sur Global buscan un tercer camino para definir su posición en la geopolítica mundial. Latinoamérica vivió hasta mediados del siglo XX confinada en actuaciones, enfrentando sus realidades históricas y sus problemáticas económico–sociales, partiendo exclusivamente de las geografías nacionales, dejando a un lado al conjunto de países, es decir, comprimiendo el conteniente a un conjunto de individualidades desconectadas y fragmentadas. Pero hoy día debemos lograr integrarnos más allá de las entidades regionales desde la Organización de Estados Americanos (OEA) a la UNASUR; desde una perspectiva no solo económica sino cultural–social; enseñando en nuestras naciones la convicción del sentir latinoamericano, donde los ciudadanos en sus países aprendan a resolver sus diferencias en el ámbito vecinal, incluidos los litigios de naturaleza política y territorial, por medios pacíficos y de conciliación, incrementando la capacidad de diálogo y entendimiento regional, partiendo de la instrucción de valores culturales genéricos de nuestras sociedades que tienen muchas características comunes y divergentes, que deben ser estudiadas y compartidas en todas las políticas de cooperación que se deben implementar desde lo económico, social, educativo entre otros. Desde la Guerra de Malvinas, Argentina fue intensificando su participación en América Latina, para lograr su integración–cooperación, y conseguir como lo ha logrado él apoyó consenso–fraterno de Latinoamérica, sobre la cuestión de la soberanía de Malvinas–Georgias–Sandwich del Sur, en el Atlántico Sur. Todos nuestros países deben trabajar para implementar una estrategia de integración, que nos permitan acrecentar los niveles de desarrollo, cooperación y optimice nuestra actuación como bloque en el nuevo escenario internacional. A 4 décadas y 4 años, de la Guerra de Malvinas, entre dos mundos más allá de la Guerra Fría –entre comunismo y capitalista– guerra que ha sido muy sensible para algunos latinoamericanos y no tanto para otros que olvidan que la conflagración terminó siendo el fortalecimiento del gobierno conservador de Margaret Tatcher (la entonces dama de hierro) lo cual terminó perpetuando en el Atlántico Sur –al colonialismo británico–haciéndonos parte de un voraz vecino en América Latina, con la quimérica perpetuidad guerrera–militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Algo importante de resaltar en América Latina del caso de la Guerra de Las Malvinas, fue el eje central del origen de este conflicto que no fue solamente la crisis interna del gobierno totalitario argentino, sino el sentido de pertenencia de dicho archipiélago por parte de la población argentina, y el resabio del gran imperio británico, que implanto su poder hegemónico en el mundo global desde mediados del siglo XVII, hasta la Primera Guerra Mundial, en el cual regía el sistema de equilibrio del poder, que manejó Inglaterra de acuerdo a sus intereses nacionales. Debemos recordar aquí las situaciones de injusticia impuestas por Gran Bretaña, no solo en el caso malvinense sino en casos como: Belice frente a Guatemala, Hong Kong frente a China, la isla Diego García frente a Mauricio, Gibraltar frente a España, y Guayana Esequiba frente a Venezuela. Con los hechos de 1982, el Atlántico Sur se revitalizó en cuanto a su importancia estratégica y económica. Argentina debe consolidar aún más el control de esta área vital para la seguridad de su país y pleno desarrollo de los recursos que aún duermen en sus áreas de influencia. Esta situación se asemeja a un ciclo interminable, una disputa bizantina que parece no tener fin. Dicha persistencia se vincula, en gran medida, con la ambición de perpetuar la influencia del antiguo imperio británico, que hasta inicios del siglo XX ejerció una hegemonía geopolítica y que, según se percibe, intenta mantener en el tiempo. Debemos partir de un hecho fundamental las Islas Malvinas son argentinas, y por tal motivo son parte de América Latina, es decir, la contienda no es extraña; moralmente–históricamente, se trata de una reclamación latinoamericana. La cuestión Malvinas ha logrado históricamente, en la Argentina una afinidad con sus países parías sud–americanos y desde la guerra de Malvinas, ha creado un sentir de solidaridad que se ha afianzado en el tiempo, donde países como Chile, Colombia, Trinidad y Tobago, Guyana, y los miembros de CARICOM incluida Belice, ahora apoyen a la Argentina en una causa que como decía el maestro Alberto Methol Ferre, logró que lo periférico se torna central.
[1] Alberto, Methol Ferre. “Las Malvinas, Nueva Frontera Latinoamericana.” En: Geopolítica: Hacia una doctrina nacional, Buenos Aires, Instituto de estudios geopolíticos, Nº24, abril de 1982, p.20 [2] Juan Carlos Puig. “Malvinas: conflicto territorial y disputa estratégica. Condiciones y posibilidades de una solución pacífica.” En: Mundo Nuevo Revista de Estudios Latinoamericanos. Caracas, Universidad Simón Bolívar, Instituto de Altos Estudios de América Latina, Nº29-30, julio - diciembre de 1985, p.133 [*] Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela por el Estado Mérida. Investigador y Docente del Instituto de Investigaciones Históricas «P. Hermann González Oropeza, S. J» de la Universidad Católica Andrés Bello. Profesor Titular de la Escuela de Historia, de la Facultad de Humanidades y Educación, de la Universidad de Los Andes ULA, Mérida-Venezuela. Magister en Historia de Venezuela por la Universidad Católica Andrés Bello. Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata–Argentina. Coordinador del Doctorado en Estudios Políticos ULA.
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