Stone, el diente y Chayanne
Escrito por Vicglamar Torres León   
Martes, 29 de Junio de 2010 05:54

altCon una mezcla de impotencia e indignación, me senté en la computadora a redactar una entrevista que le hice el día anterior al laureado cineasta Oliver Stone, quien se valió de su nombre y de su peso para filmar la más simple y hasta inocente oda al chavismo


Hay días de días. Hay días en los que uno cree que el sol no va a salir y hay otros en los que brilla desde que amanece. Pero hay algunos en los que sentimos que nos pasa de todo. Ayer fue uno de esos. Un día intenso, pastoso, difícil de respirar. Uno de esos en los que a las diez de la mañana quieres que anochezca. Aunque lo pienso bien y más bien creo que fue un día lleno de emociones. Un carrusel desbocado en el que las circunstancias bailaron y bailaron.

Con una mezcla de impotencia e indignación, me senté en la computadora a redactar una entrevista que le hice el día anterior al laureado cineasta Oliver Stone, quien se valió de su nombre y de su peso para filmar la más simple y hasta inocente oda al chavismo que haya hecho ignorante alguno. El problema es que se trata de un documental de Oliver Stone, si fuese algo filmado por mí lo veríamos mi marido y mis hijos –si acaso- en la sala de mi casa, pero lo hizo el ganador de al menos dos premios Óscar.

Me tembló la mano. Recordé el empujón que me dieron en la plaza El Venezolano como en el 2000, por el simple pecado de portar un carnet periodístico. También vino a mi memoria el escupitajo que me dio un viejito en la puerta del diario El Nacional, las veces que me gritaron escuálida y yo les grité ¡chavistas! No salía de mi memoria la imagen de un Barreto motorizado portando chuzos por las inmediaciones de Miraflores el 11 de abril del 2002. Lo ví y la memoria de mi abuela es testigo.

También me pasó la película del chanchullo y del hambre, de una nación malherida que pareciera estar viviendo un mal matrimonio. La gente inocente que muere cada fin de semana a manos del hampa desatada y, su sangre calienta el pavimento callejero sin que haya culpables.

Veía la cara de Stone, risueña, recién afeitada, olorosita a perfume caro y con unos lentes Cartier. Con sus piernas cruzadas y sus zapatos Gucci, negritos y lustrosos, hablando de perfección democrática en uno de los hoteles más caros, de una de las ciudades más caras del mundo: Nueva York.

Stone y su discurso me hicieron sentir diminuta e impotente. Stone y su discurso me pusieron ante los ojos la imagen de mi papá diciendo que cómo Venezuela optaría por un golpista y sentenciando que alguien que metió una tanqueta en Miraflores no era un demócrata. Stone y su discurso estuvieron a punto de amargarme el día.

Cuando puse punto y final en una nota en la que además mi jefe me había advertido que no se trataba de una crítica sino de una nota informativa y que cuidara el estilo de “People”, sentí que el mundo se acababa en el borde del escritorio, pero como eso nunca pasa y a esta edad uno sabe que lo único que mata son las enfermedades o los accidentes fatales, decidí que el mundo seguía y llamé a mi casa –como siempre- para hablar con mis pericos y saber cuál era el saldo del día, el cual cotidianamente es rojo –tomando en cuenta el desorden de ambos-.

— “¡Mami, I have a nice surprise for you. I lost my tooth!”, dijo Gabriel con esa vocecita de ministro diminuto con la que podía meterse en un bolsillo al mismísimo Papa.
— ¿Cómo? - replicó la madre con la solemnidad de quien entiende que el bebito está creciendo- ¿qué pasó mi amor?
— ¡Qué se me cayó mi diente mami! ¿no entiendes? Yo estaba jugando con mis amiguitos y entonces me dolió un poquito, no mucho y entonces Miss Sheley me dijo ‘papi, ¿what is happening? And I told her nothing but, Miss Mamuela me dijió que tenía sangre y, y , y ellas me vieron y Miss Mamuela agarró my tooth…

Al otro lado del teléfono yo lloraba . Cursi, sí. No importa. Mi niño, el que no sabíamos si hablaría o caminaría ya está mudando sus dienticos. Mi niño el que no sabíamos si sobreviviría está creciendo y se vuelve un muchachito cada vez más vivo, inteligente. Tiene una lengua puntiaguda y un cerebro rápido. Me enredó en una explicación donde detallaba que en Estados Unidos los regalitos por los dientes los trae el “Hada de los dientes” y en Menezuela –su otro país- los trae el Ratón Pérez, eso le explicó su abuela. Y eso me explicó él a mí.

— Es como en Navidad, tenemos a Santa y al Niño Jesús, me dijo, como antesala para que su madre entendiera que le tocan dos regalos, el de Menezuela y el gringo.
Gabriel me alegró la tarde, me llenó de ternura. Gabriel me hizo reír y medio llorar. Me hizo quererlo más.
Con la imagen del dientito perdido terminaba mi tarde y empezaba mi noche. Tenía que cubrir el concierto de Chayanne en el Madison Square Garden ¿algo raro en una periodista de espectáculos? Pues no.
La misma rutina. Entras por la taquilla de prensa, vigilas a los colegas para que no se te adelanten. Te tomas una cerveza y hablas trivialidades cuando en realidad lo que estamos todos es midiéndonos…
Se apagaron las luces y apareció Chayanne y con él, por primera vez en seis años que llevo en esta ciudad desaparecí yo en un concierto.

— “¡Eres caprichosa Lola, eres una matadora Lola! ¡ay, Lola, Lola!” rezaba el coro y yo lo cantaba con él . De pronto me vi bailando y cantando todas las canciones viejas de Chayanne… ¿Por qué? … Yo no sabía que me gustaban sus canciones. Yo no sabía que era tan cercana al boricua buenmozo.
El Madison dejó de ser el Madison y se convirtió en el Poliedro, el Madison no estaba en Nueva York, sino en Caracas y en vez de estar cercana a los cuarenta estaba cercana a los veinte… o menos. Me vi en

Caracas con mi amiga Catherine. Si estábamos escapadas o no, no me acuerdo, seguramente sí.
No me estaba tomando una cerveza en el Madison, sino en el Poliedro, en aquella época en que dos niñitas de colegio de monjas como nosotras no deberían hacer eso. Chayanne nos cantaba a nosotras en nuestra ciudad.

Chayanne me revolvió los recuerdos. Me llevó a la Caracas de mis amores y mis tormentos. Chayanne me llevó a la época donde todo era fácil –aunque uno se empeñaba en complicarlo- a esa época donde las preocupaciones no pasaban por hipotecas y cuentas por pagar, donde para comer lo único que teníamos era que abrir la nevera. Aquel tiempo maravilloso en el que los de treinta eran señores y un beso en un carro una hazaña y, la adultez se resumía para las que ya habían perdido la virginidad a vernos con menosprecio por “niñitas”.

Chayanne me paseó por más de veinte años que si han sido algo, contradiciendo la letra del famoso tango. Veinte años en los que han estado los afectos de siempre, los nuevos, los eternos y algunos que se fueron. Veinte años en los que cambié de país y hasta adquirí otra nacionalidad. Veinte años en los que me reproduje y veo al par de cabezones como la continuación de mi piel y los amo con tanta fuerza que a veces ni me lo creo. Veinte años en los que he aprendido que Gabriel tiene razón, el hada de los dientes si te da regalitos/ Te concede deseos mientras duermes. Hoy  le pedí tres. El primero que se lleve a Oliver Stone a vivir en un bloque del 23 de enero o de Propatria, que nadie sepa que es él. Que le asignen un apartamento en un piso alto y que lleve la vida de un viejito venezolano que no tiene ni pensión de vejez ni jubilación. El segundo que Chayanne siga cantando y me siga recordando a mis buenos amigos y  mis travesuras juveniles y el tercero que Gabriel siga mudando sus dientecitos y que siempre el hada de los dientes le traiga regalitos que iluminen aún más su sonrisa desdentada y la vida de su mamá que tan feliz se siente de tenerlo. 

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