Willie Colón
Escrito por Alexander Cambero | X: @alexandercamber   
Domingo, 01 de Marzo de 2026 06:45

altMuere el gran Willie Colón a los setenta y cinco años. Las vías respiratorias que fueron aliadas de su trombón mágico cedieron ante el inexorable tiempo.

Su irrupción cambió la música que seguía anclada al inmodificable origen cubano. Sus letras escritas muchas veces entre tragos y burdeles, con el horizonte de senos y pompis generosos sobre el alirón del corpiño estrecho, sabían describir lo que escondían las almas del pecado. El barrio con sus grandezas y miserias. Las luces van tiñéndose de oscuridad para que las pasiones escapen de sus atavismos. Fábulas que caminan en el extravío hasta donde la vida alcanza. En este ecosistema de cosas nació un juglar con la generosidad de saber contar.

Sus éxitos se acoplaron al maridaje de unas composiciones prolijas en historias del azaroso inframundo. Fue allí donde apareció como su cantante un joven desgarbado nacido en Ponce. El vertiginoso protagonismo lo llenó de luciérnagas espirituales para conducirlo hasta la paulatina autodestrucción. Héctor Lavoe fue un genio que alcanzó el cielo de la fama llenando las nubes danzantes con el espejismo disuasivo del barbitúrico. Era increíble que aquel portentoso artista, monstruo en el escenario, fuera el Mefistófeles de su propia existencia. La relación profesional fue haciéndose insostenible. Entre ellos, el narcótico pudo más que seguir siendo la yunta perfecta para hacer que la salsa siguiera siendo la voz del barrio que enhebra una ilusión. 

El trombón sufrió una simbiosis. Un poeta hecho con la madera de las serranías de la conciencia escuchaba la voz del istmo que gemía como en áulicas centelladas, tratando de expresar lo que callaba el miedo. Escribía con profusión hasta que su corazón se hizo canto general. En una angosta callejuela se cruzaron dos almas para fusionarse en un mensaje universal de América. Rubén Blades encontró en Willie Colón al cerebro que comprendió las epístolas de sus neuronas. La sociedad sedienta de quienes confesaran sus desvaríos los hizo viajantes por las estaciones de los sentimientos hasta hacer que la siembra fuera el fructificado de la tierra rebelde y desafiante que aspiraba ser exhibida.

Rubén Blades se hizo leyenda universal. Sus canciones llenaban los escenarios de un éxtasis tan proclive al desenfado social. Las injusticias generales encontraron su inmueble idílico. Esa pasión se convirtió en un iceberg que fue arrasando con todo. Por fin nuestros dolores tenían un eficaz medicamento espiritual. Sus melodías describieron nuestras desgracias. Lo cotidiano tomó una forma bastante original. Es allí donde podemos inferir que estuvo el triunfo de este par. Una pequeña grieta fue abriéndose entre los dos seres hasta que la ruptura profesional liquidó la buena estrella.
 
Buscando los cauces de sus orígenes musicales, sus sentimientos acariciaron las raíces cubanas. Cuando era un callejero que se liaba a golpes en las esquinas acoquinadas de pandilleros de lenguaje hosco y puños reventa jetas. Escuchaba a la célebre Sonora Matancera, tan llena de grandes exponentes en el discurrir del arte. Ya un poco mayor, quiso rescatar aquel legado, pero dándole un matiz mucho más moderno. Fue así como se empeñó en producir un disco para la guarachera Celia Cruz. El encuentro fue fantástico. Willie Colón buscaba que ella saliera del clásico encaje donde la había colocado una gran trayectoria. La quería rejuvenecida en los contenidos. La versatilidad de los temas que le escogió la llevó a lograr un éxito, obteniéndolo con una propuesta diferente. La genialidad del maestro se puso de manifiesto en esta experiencia que fue toda una novedad para su época.

Una atronadora voz llamó poderosamente su atención. La guitarra se dejaba seducir por la magia de una soledad que gozaba de la indómita bravura de una artista colosal. Fue un plácido amor a primera vista. Colón inmediatamente comprendió que sus letras serían fascinantes alfombras mágicas volando en el límpido cielo de esas privilegiadas cuerdas vocales. Solo tenía que extraerla del archipiélago de la izquierda. Sus canciones de protesta siempre fueron para un grupo reducido. Una secta de fieles con su decimonónico libro sagrado de exclusividades donde no cabía la contaminación mercantilista. Casi una hermandad medieval que pensaba que producir un trabajo para comerciarlo era una verdadera herejía de sémola antirrevolucionaria y con el germen de traicionar la causa. Había que abrir el picaporte para que un mundo más amplio la descubriera. Soledad Bravo graba con el maestro y el anhelado disco se convierte en una verdadera revolución musical. Su calidad se exhibe como un símbolo del arte de nuestros pueblos morenos. Soledad se hizo compañía de millones manteniendo su apellido como un ideal bravo de verdad.                            

La canción guardó silencio. Willie Colón dejó el mundo de los vivos para inscribir su nombre en la inmortalidad. La música latina recibe un golpe noble en la heráldica de su destino. Nos quedarán sus canciones para seguir recorriendo los caminos de una América con muchos episodios por subrayar. Mientras el pasado se abre como cuando el trombón hizo metástasis en una luna radiante tan emocionada cuando observó a la salsa poner a gozar a la gente.

@alecambero                               

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