Para reconstruir, aprender
Escrito por Ramón Guillermo Aveledo | @aveledounidad   
Miércoles, 08 de Julio de 2026 00:00

altTras el susto hemos ido y venido de la ansiedad al temor, de la tristeza a la esperanza, de la impotencia a la rabia.

El alivio porque después de todo, la familia y la casa están bien, se disuelve cuando vamos recibiendo las dosis amargas de la realidad circundante. La tragedia de tantas familias. Los muertos, los heridos, las pérdidas materiales que si bien son lo de menos de todas maneras pesan, pues representan años de esfuerzo, las ilusiones truncadas. Todo se nos revuelve adentro y así seguirá, mientras las mareas del espíritu no se nos tranquilicen.

¡Es tan difícil! E inevitable brota la pregunta ¿Por qué Dios mío? Igual me aferro a la fe que no moverá montañas ni impedirá que la Tierra se estremezca, pero sí mueve mi voluntad y serena mi alma y mi cabeza. Por ella sé que no hay poder más grande que el amor.

Como muchos, el 24 de junio me dispuse a ver el futbol. Entonces empezó a estremecerse la tierra, mi esposa y yo, mirándonos, cada uno desde lugares que considerábamos seguro, sentíamos el edificio sacudirse, el piso se movía como en olas bajo nuestros pies, el ruido, las cosas que se caían en aquellos segundos interminables. Bajamos hasta la calle como nuestros vecinos, con quienes nos encontramos en la acera junto a los de edificios cercanos.

¿Qué hacer? ¿Cómo ayudar? Cada quien como pueda. Acompañando, donando, colaborando en su propia comunidad, empezando por donde vives y donde trabajas. Comprendiendo que la tensión hace que se multiplique la incomprensión. Que las crisis alimentan tanto la solidaridad como el egoísmo.

No es secreto que desde 1992 estoy en las antípodas de quienes nos mandan, pero creo sinceramente que no es momento de echar hiel en las heridas de estos años. Ya habrá ocasión de discutir, ésta no es. Por peor que sea mi opinión con relación a algunos de ellos, no tengo derecho a dudar de su genuina preocupación. El fin no justifica los medios. En el poder o fuera de él, es inmoral sacar partido del dolor. Ninguna diferencia está por encima del deber de ayudar. Todos debemos ayudar, ayudarnos, a todos.

La dura realidad también nos ofrece vivencias reconfortantes. La espontánea solidaridad de la gente. En las parroquias, universidades, comunidades, las ONGs, la Cruz Roja, el CIV, los medios de comunicación. En medios y redes veo la tarea de los rescatistas venezolanos y de los equipos venidos de otros países, se les agradece de todo corazón. También bomberos, insuficientemente dotados como los médicos y enfermeras de los hospitales haciendo de tripas corazón, policías, soldados, guardias nacionales.

Que asomen pícaros y aprovechadores a pescar en río revuelto, no borra el verdadero espíritu venezolano que brota limpio y caudaloso o las generosas demostraciones de naciones con gobiernos muy diversos, varios de los cuales no me gustan que nos dan una mano en esta hora de angustia.

Pasada la tragedia que pasará, con las cicatrices en el alma y los daños en la infraestructura y la economía imposibles de ignorar, por delante nos queda la gran tarea de la múltiple reconstrucción. Reconstrucción personal, social, institucional, económica. Notaremos que los más grave, nuestra mayor carencia hoy y lo que más falta nos hará mañana será el Estado destruido y la credibilidad perdida. Esos son los escombros más difíciles de remover. Ojalá aprendamos la lección.  

 


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