Sirât
Escrito por Ángel Rafael Lombardi Boscán | X: @lombardiboscan   
Jueves, 12 de Marzo de 2026 00:00

alt“Sirât” (صراط) es una palabra árabe que significa “el camino”, “vía”, “sendero”. 

Para mi padre, siempre optimista

As-Sirāt (árabe: الصراط) es, según el islam, el puente que toda persona debe cruzar en el Yawm al-Qiyamah (Día de la Resurrección) para poder entrar al Jannah (Paraíso).

Sjirat (en árabe: الصخيرات‎, en francés: Skhirat) es una localidad de Marruecos situada en la costa atlántica, entre Rabat y Casablanca.

La tristeza es poética.

El pasado debería ser perdón. El futuro: esperanza reparadora. El presente, angustia que abrasa.

Dificulto mucho encontrar hoy en el cine estadounidense películas crudas como ésta SIRAT. Su director Óliver Laxe es un joven de 43 años, de orígenes cosmopolitas y humildes.

Con ésta muy perturbadora SIRAT irrumpe en el firmamento cinematográfico optando por los muy comerciales premios Oscars. Es para mí muy evidente que no va a ganar.

El cine de los orillados o de los movimientos contraculturales no es muy del gusto de los estadounidenses. Y tampoco de la gente promedio. La rebeldía no es popular. Aunque ésta sea una rebeldía sin credo.

Quién ve SIRAT al inicio, en su intro de casi media hora, solo ve la escenografía de Mad Max y unas personas semi desnudas bailando en el desierto poseídas por espíritus milenarios.

No hay leyes. No hay autoridad. Es la libertad más salvaje posible y que no se avergüenza.

SIRAT es una película de atmosfera. El desierto y sus soledades invitan al auto descubrimiento desde la hostilidad más grande. Es una belleza salvaje resaltada por una preciosa fotografía.

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Esta pandilla de hippies del siglo XXI tiene que lidiar con la amputación de sus cuerpos y espíritus.

Junto a un padre desesperado, por encontrar a su hija perdida, se internan en un viaje por un laberinto de caminos imposibles rozando la temeridad.

Hay belleza en el dolor. Y hasta en la tragedia. Porque desde el caos que impone la caprichosa fortuna la propuesta de su director es hundirnos en el desasosiego de la nada.

El final es un tanto abrupto y hasta sádico. Una concesión al tremendismo y para grabar en la psique de los espectadores la huella del horror.

La amistad, una variante del amor subestimada, hace que esta tribu perdida e inocente, se transporte a través del viento del desierto en una odisea del aniquilamiento.

Otro tema que se deja ver es el de los refugiados por la guerra y la miseria de los países norteafricanos. La desesperanza es grande. El optimismo, exiliado.

Así como en la película MELANCOLÍA (2011) de Lars von Trier en SIRAT hay atisbos del fin del mundo. Un tema que obsesiona a los habitantes de las naciones ricas del orbe.

Es inevitable, en mi caso, no simpatizar con estos outsiders de la vida social. De estos kamikazes modernos requeridos de emociones muy fuertes para atemperar existencias reñidas con el desprecio de la normalidad.

La música rave alineada con potentes alucinógenos subraya la idea de una vida que busca la trascendencia desde la subversión de todos los valores.

SIRAT es una fiesta pagana en la arena roja del desierto que concluye en fatalidad. Y esta fatalidad otea de manera permanente en la vida humana y sus fragilidades.

En éste caso la muerte es liberación. Una conclusión áspera cuando se alcanzan todos los límites en que el dolor no se puede disipar.

Vivir torturado es contrario a la esperanza. Y la esperanza es la previsibilidad ante la incertidumbre. Una confianza férrea cuando hemos sido vaciados de alegría.

"Enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. La muerte ya no existirá más; ya no habrá más luto, ni llanto, ni dolor". Apocalipsis 21:1-4

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