La dimensión arromanzada que construye nuestro Andrés Eloy
Escrito por Dr. Abraham Gómez | X: @fabrahamgr   
Viernes, 31 de Julio de 2026 00:07

altSi usted dispone de tiempo, acepte nuestra invitación para releer el poema La Renuncia, cuya autoría corresponde al insigne bardo cumanés.

Le adelantamos que debe afinar, una vez más, su imaginación para ir desenhebrando tejidos desde sus hipérboles, símiles y metáforas, ingeniosamente construidas.

Mediante su acuciosa perspectiva se conseguirá en esa preciosa textualidad todo un caudal de ideas y sueños entrecruzados; plasmados en sus rimas consonantes y asonantes para armonizar y configurar belleza plena en las citadas figuras literarias; buscadas adrede con intención expletiva del poeta.

Deje a un costado cualquier prejuicio distractor que le pueda estorbar la necesaria mirada en esta relectura.

Preste atención al brillo y exquisitez que deslumbran al leer las siguientes evocaciones, que trasladan el sentido; trocando las palabras sin desdibujar el significado y orden:

“Proximidad de lejanía”, “Encinta de estrellas” y “desbaratando encajes regresaré hasta el hilo”.

Así también, haga lo posible por asir y develar el acuñamiento de las siguientes exageraciones retóricas, que nos entrega el poeta:

Manos locas”, “Amorosos bríos” y “Cuántas veces el anhelo menguante pide un pedazo”.

Nuestro admirado Andrés Eloy, creador de palabras, apela a las comparaciones, seguro de reforzar en esos menesteres todo cuanto desea expresar.

Fíjese para que aprecie y valore la profundidad de las similitudes urdidas:

Como renuncia a Dios el delincuente”, “Como el marino que renuncia al faro” y “Como renuncia el loco a la palabra que su boca pronuncia”.

Cuando nos compenetramos, una y muchas veces, en la relectura de esta obra es cuando se hace posible pesquisar que el eje temático central está dirigido a dejar atrás, preteridamente, cualquier disposición de iluso crecimiento personal insustentable, inútil, vano.

El poeta exterioriza su insatisfecho mundo interior; el cual ha estado anhelante de realizaciones; además, ávido de vivencias y desatadas experiencias.

El poeta nos muestra una evolución personal; fruto de un amor perdido de una manera abrupta, dura, y que no acaba de aceptar.

No se habla del porqué se acabó el amor o cuáles fueron los motivos para la separación.

Lo que sí se extrae es que hay un dolor inmenso.

El poeta pone en claro que él prefiere, por sus propias ocultas motivaciones, regresar a lo cotidiano para reencontrarse, tal vez, en un “eterno retorno” con la mundanidad.

Volver a sus quehaceres de cada día, sin máximas aspiraciones por lo pronto, en su soñado engrandecimiento.

La Renuncia reúne las características de la composición poética denominada soneto; por cuanto, en sus ocho estrofas: siete cuartetos y un sexteto predominan versos de arte mayor, fundamentalmente endecasílabos, con algunas combinaciones métricas que le tributan esplendor y ahondamiento al poema.

Apreciamos, al interiorizarnos con la lectura comprensiva, una variante lírica en el contenido.

En honor a la verdad, más en su “trasfondo narrativo” que en su estructura formal.

Ese asomo lúdico que nos parece derivar hacia la composición lírica se logra percibir -de modo explícito- cuando el poeta sucrense transmite sus sentimientos, emociones, sensaciones y perspectivas circunscritas a sus subjetividades.

Entonces a partir del precioso híbrido del soneto y la lírica ha logrado un efecto unitario de cadencias reiterativas y acentuales que aspira la asimilación.

Ciertamente, el poeta a veces nos confunde en el texto.

Aparece como una “silva arromanzada”; únicamente que no posee versificación de arte menor, lo cual es una notoria característica del movimiento regulado de la castellanización, en el Renacimiento, para este específico género literario.

La estructura métrica del poema posibilita su lectura con suficiente comodidad.

Elegante amalgama de versos endecasílabos, dodecasílabos, tridecasílabos y alejandrinos, repartidos en sus ocho estrofas, abundantes de sinalefas, sinéresis y diéresis, que para nada complejizan la interpretación y la comprensión.

En una especie de síntesis conclusiva, diremos que el protagonista del poema (tal vez, el mismo autor) sigue echando de menos a la amada y a todo lo que le hacía soñar cuando estaba con ella. Ahora es inaccesible algo que no se puede tocar, algo que está demasiado lejos; y él se ve a sí mismo como un espectador, como alguien que ha perdido su oportunidad y que cuando ha querido aferrarla, no tiene opción de conseguirlo.

Percibimos, casi que reiterativo, una búsqueda y una dejadez combinadas al unísono.

Igualmente, una resignación.  Un cambio en el tono que podemos asociar a una aceptación de la situación.

El hecho mismo de utilizar la palabra “serenamente”, nos indica la importancia de un nuevo camino en el poeta. Sin embargo, no es una aceptación llena de bondad.

Sigue habiendo resentimiento, que se transmite a través de las enumeraciones que va realizando mientras describe qué significa para él esa renuncia a ella.

Lo hace desde el punto de vista de un observador que no tiene más remedio que aceptar la situación y que se siente derrotado, avergonzado, perdido, sin ningún punto de referencia, como tienen los barcos cuando observan la luz del faro.

¿Qué valoramos, realmente, en la última estrofa?

Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.

Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;

desbaratando encajes regresaré hasta el hilo.

La renuncia es el viaje de regreso del sueño”.

Es una resignación. Una renuncia, pero esta es completamente diferente. No es un ataque, es el darse cuenta de que no hay nada más que hacer y que la pérdida es algo que siempre irá acompañándonos en nuestro viaje.

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