El color y la forma toman la ciudad de Mérida: El arte como purificación y resistencia
Escrito por Delsy Mora | @delsynn   
Jueves, 20 de Agosto de 2026 00:00

altEl arte, lejos de ser un adorno o un entretenimiento actúa como un dispositivo de descontaminación espiritual.

Duchamp lo definió como un acto de conciencia y, Auguste Rodin como la contemplación; el placer del espíritu que penetra la naturaleza y que adivina el espíritu del cual ella misma está animada.

Frente a la vorágine del consumo inmediato y la prisa contemporánea, la contemplación del arte se erige como una herramienta para canalizar las tensiones de la realidad. Bajo esta premisa, la directora del Orfeón Infantil y Juvenil de la ULA, Reisy Guerrero, impulsa el Programa de Formación “Música, Arte y Movimiento”. La iniciativa exige la vivencia presencial y el compromiso corporal de sus participantes desde su sede en la céntrica avenida Don Tulio Febres de Mérida, Venezuela. 

Para la profesora Guerrero, cantar implica respirar, ajustar afinación y escuchar activamente las instrucciones. Aunque la IA puede sintetizar voces y generar composiciones en segundos, la experiencia vivida por los integrantes del Orfeón bajo la batuta de la directora y su equipo de formadoras, en cada nivel es una experiencia biológica, sensorial y emocional.

Cada corista debe regular su propio volumen y timbre para integrarse al tejido sonoro y hacia su entorno. Guerrero ha demostrado en cada una de sus propuestas, y en su formación académica, el compromiso con la enseñanza y promoción coral; logrando proyectos exitosos que trascienden lo musical para convertirlo en una experiencia con ambiente familiar respetuoso, equilibrado y con la exigencia y la confianza que permite que los integrantes del Programa de Formación se sientan valorados  y en gozo de la experiencia del desarrollo vocal e interpretativo aunado al movimiento de la danza, el teatro, ejecutar un instrumento o el acercamiento a las artes plásticas.

La creadora de la Coral  magisterial “Betsaida Mora”, es la promotora de la creación de coros escolares en toda la geografía merideña (Pequeños y Grandes en Coro) su propósito ha sido no solo formar sino también mostrar la riqueza del repertorio venezolano y latinoamericano, ha dejado una huella en cada uno de sus proyectos con principios de identidad y trabajo en equipo.

Desde hace más de dos décadas, la directora del Orfeón infantil y juvenil de la ULA, ha participado y organizado  un  sin fin de encuentros corales, para ella, el canto coral se debe disfrutar de tal manera que todo el cuerpo vibre y no se puede quedar sin movimiento.

Esto es lo que se puede apreciar en su reciente proyecto presentado como cierre de año escolar y que continuará luego del receso vacacional en septiembre, titulado: “Mundo en expansión, el color y la forma en acción”. En esta oportunidad, los niños y jóvenes del Orfeón ULA, exploraron y presentaron seis salas  interactivas.

A través del recorrido participativo el arte se transforma en una experiencia viva. La propuesta invita a los asistentes a descubrir el poder del color y las formas en un despliegue visual y sensorial, al mismo tiempo en un diálogo con la obra de íconos de las vanguardias universales como  Yayoi Kusama,  Keith Haring y Joan Miró.

“Todos pudieron experimentar la armonía y la grandiosidad de estos artistas plásticos”, señaló Reisy Guerrero. A través de estas seis estaciones el visitante podrá vivir y descubrir el poder del color y la forma en un recorrido que cierra con el homenaje a la maestra Modesta Bor en el centenario de su nacimiento.

La iniciativa no solo celebra la memoria y el impacto de la maestra Modesta Bor en el patrimonio musical venezolano sino que entrelaza su legado con lenguajes plásticos; cada circuito está diseñado para sumergir al público en un universo interactivo donde el sonido, la imagen, la línea y el pigmento convergen para despertar la sensibilidad colectiva y demostrar que en la gestión cultural se prioriza el impacto social que trasciende.

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El arte inmersivo frente al vértigo digital

El panorama artístico contemporáneo atraviesa una metamorfosis radical impulsada por la convergencia entre el arte, la tecnología y la ciencia cognitiva. Históricamente, la contemplación estética se ha erigido sobre un paradigma distante conceptualizado por Walter Benjamin donde la obra de arte existe en un aquí y ahora intocable, imponiendo un límite claro entre el sujeto contemplador y el objeto contemplado. Sin embargo, el surgimiento del arte inmersivo e interactivo disuelve esta frontera cartesiana 

El arte inmersivo no debe entenderse simplemente como un despliegue tecnológico, sino como una evolución epistemológica en la forma en que percibimos la realidad. A través del uso de tecnologías de proyección cartográfica (mapping), realidad virtual (VR), realidad aumentada (AR) y diseño sonoro holofónico, la obra de arte deja de ser un marco delimitado en una pared para convertirse en un entorno habitable.

Desde la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty, la percepción no es una representación mental abstracta, sino un acto corpóreo y encarnado. El arte inmersivo apela directamente a esta premisa: el cuerpo en su totalidad se convierte en el órgano de percepción. Al anular los puntos de fuga tradicionales y las jerarquías visuales de la pintura o la escultura clásica, la obra envuelve al sujeto, provocando una disolución temporal de los límites entre el yo y el entorno espacio-temporal del trabajo artístico. 

El arte interactivo ofrece un espacio de desaceleración, un lugar donde el color no busca capturar la atención para vender un algoritmo, sino sembrar sensibilidad y pensamiento crítico. En el arte interactivo, la obra nunca está plenamente completada a priori; existe en un estado de potencialidad. Umberto Eco anticipó este fenómeno en su noción de Obra Abierta.

 El artista ya no crea una forma estática final, sino un conjunto de reglas, un sistema o un algoritmo. La obra se materializa en una forma específica sólo cuando el participante ingresa al sistema y actúa sobre él. El público deja de ser un receptor pasivo para convertirse en un agente cuyas decisiones, movimientos o incluso ritmos cardíacos moldean la manifestación visual y sonora del trabajo.

Actualmente, el arte corre el riesgo de reducirse a una tendencia que puede desaparecer con un scrolling. Frente a esto, la propuesta de la profesora Guerrero surge como un acto de resistencia. Aquí la experiencia inmersiva, exige cuerpo, atención, tiempo y presencia.

Esta muestra no busca la gratificación instantánea, sino abrir una pausa consciente donde el participante habite el espacio, recorra las seis estaciones y juegue con el color, la línea, el punto, la música y narre sus propios cuentos.

Mientras las plataformas aíslan el espacio cultural de las personas, el proyecto de la profesora Guerrero convoca a la socialización. Descubrir y homenajear el legado de la maestra Modesta Bor y ponerla a tejer  con referentes universales como Kusama, Haring y Miró exige una disposición contemplativa y estudiosa que las redes sociales destruyen.

No se trata solo de mirar sino de sentir. Apostar por iniciativas de este nivel es defendernos contra la banalidad, mientras la hiperactividad digital satura y quema la mente, el arte vivo y la cultura devuelve la capacidad de asombro y la plenitud de estar verdaderamente presentes.

El arte inmersivo e interactivo representa una bisagra  en la historia del arte. Al derribar la distancia contemplativa y poner el cuerpo y sus sentidos en el centro de la experiencia, esta praxis estética redefine las relaciones de poder entre el artista, la obra y el público.

Lejos de ser una moda pasajera, constituye una respuesta poética  a un mundo  digitalizado y mediado por pantallas. Al transformar la recepción estética en un acto participativo, ético y perceptivo, la propuesta de la directora del Orfeón nos recuerda que la realidad no es un objeto estático para ser observado desde la distancia, sino un proceso dinámico en constante construcción del cual somos, inevitablemente, coautores.

Heredera y pupila de la más insigne tradición de maestros de la música coral merideña, Reysi Guerrero encarna un modelo de liderazgo, rigor organizativo y gestión cultural. Bajo la convicción de que «el arte no conoce límites cuando nace del corazón», su proyecto reivindica la creación artística como un refugio de esperanza y confianza para la condición humana.

A través de una visión universal donde el movimiento trasciende lo efímero, Guerrero apuesta por la fusión de las disciplinas artísticas como un catalizador de transformación personal y colectiva. Para ella, el arte se convierte en un ejercicio poético de gozo existencial: una invitación a experimentar la felicidad en perfecta comunión con la armonía comunitaria.

Texto y fotografías: Lic. Delsy Mora

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