Rodger Farrell, el estadounidense que vino a Venezuela a construir instituciones
Escrito por Ramón Escovar León | X: @rescovar   
Martes, 22 de Septiembre de 2026 00:00

altRodger Farrell desconfiaba de los laudos interminables.

Cuando alguien parecía confundir el número de páginas con la importancia de una decisión, mencionaba Roe v. Wade y se detenía a contar las 66 páginas que ocupa la sentencia. Si una decisión que había transformado la vida jurídica y política de Estados Unidos durante décadas podía exponer sus razones sin convertirse en un tratado, los árbitros también debían ser capaces de llegar al punto con precisión y sin salirse de la línea argumentativa de la cuestión jurídica debatida. Un laudo no era más importante por ser largo ni menos profundo por ser breve.

Esa preocupación por la claridad no terminaba en el lenguaje. Alcanzaba también la conducta de los abogados y los árbitros. En uno de sus correos me propuso preparar un documento sobre ética arbitral. Proponía reunir a varios profesionales para redactar un texto que pudiera ayudar a los abogados frente a clientes dispuestos a llevarlos a medidas extremas. Luego introducía una precisión con su habitual franqueza: en realidad, sospechaba que el problema era más de los abogados que de sus clientes. No había en ello una crítica hecha desde la distancia, porque conocía tanto el arbitraje venezolano como la idiosincrasia de los litigantes. Por eso criticaba los procedimientos formalistas y enrevesados que obstaculizaban la solución eficiente de los conflictos.

Era un buen rematador de faenas y llevaba hasta el final lo que se proponía. Así ocurrió con el Cedca, pues no descansó hasta ver a este centro de arbitraje en funcionamiento. Su vitalidad fue decisiva para su creación y posterior consolidación como uno de los grandes centros de arbitraje de Venezuela.

Aquella vitalidad venía de lejos. Graduado en Economía en la Universidad de Brown, había servido como oficial de la Marina de Estados Unidos en el destructor USS Hunt durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde llegó a Venezuela como presidente de General Electric. Ya era un temperamento universal y cosmopolita. Cuando se jubiló, en 1987, no aceptó que había llegado el momento de descansar. Siguió promoviendo proyectos, reuniendo personas y creando instituciones.

Fue presidente del Centro Venezolano Americano y de la Cámara Venezolano-Americana de Comercio e Industria (VenAmCham). Desde esas responsabilidades trabajó por fortalecer una relación entre Estados Unidos y Venezuela que no se reducía al comercio, sino que se extendía al terreno cultural. Sabía que las relaciones entre los países no las sostienen solo sus gobiernos, sino las instituciones capaces de sobrevivir a las diferencias políticas y las personas dispuestas a conocerse, confiar unas en otras y trabajar juntas por objetivos comunes.

Formó parte de una tradición de estadounidenses que dejaron una huella profunda en Venezuela. William H. Phelps, William F. Coles, Robert Bottome y Warren Smith, entre otros, llegaron al país, se quedaron y pusieron aquí sus talentos al servicio de empresas, instituciones y proyectos culturales. Nelson Rockefeller ocupó también un lugar en esa historia. Sus actividades se extendieron desde el petróleo hasta la agricultura, la hotelería y el comercio, y algunos de sus colaboradores, como Coles y Bottome, terminaron haciendo de Venezuela su hogar. La relación de Rockefeller con Rómulo Betancourt contribuyó a tender puentes entre dirigentes de los dos países en momentos decisivos de nuestra historia.

El Centro Venezolano Americano ofrece otro ejemplo de esa relación. Desde su fundación en 1941 ha enseñado inglés a generaciones de venezolanos y promovido un intenso intercambio cultural. Las empresas estadounidenses contribuyeron a la formación técnica y profesional de numerosos trabajadores venezolanos. La industria petrolera fue quizá el mejor ejemplo. Allí se formaron profesionales y técnicos que más tarde hicieron de Pdvsa una empresa que alcanzó reconocimiento internacional por sus niveles de excelencia antes de su politización por el chavismo.

Esa historia permite mirar desde otra perspectiva una figura célebre de nuestra literatura. En Doña Bárbara, Rómulo Gallegos creó a Míster Danger, el estadounidense que llega al llano y se aprovecha de una sociedad en la que la ley y las instituciones son débiles. Mucho después, Hugo Chávez recuperó el personaje para llamar Míster Danger al presidente George W. Bush y proyectar, a través de él, una determinada imagen de Estados Unidos. Phelps, Coles, Bottome, Smith y Farrell representan una historia diferente. No vinieron a aprovecharse de las debilidades del país, sino a trabajar intensamente y contribuir a su desarrollo.

El Cedca fue quizá la mejor expresión de esa capacidad de Rodger Farrell para transformar una idea en una obra concreta de gran calado. Entendía que el arbitraje debía ofrecer, por su eficiencia, una alternativa real a la justicia ordinaria. Por eso insistía en la claridad y brevedad de los laudos, la sencillez de los procedimientos y la responsabilidad de quienes participaban en ellos.

Cuidaba las instituciones, pero también las amistades. Hace unos meses me invitó a su casa en Prados del Este, donde vivía con sobriedad, buen gusto y clase. Tenía modales de caballero. Una conversación podía comenzar con la política estadounidense, la literatura, Miles Davis y Charlie Parker y pasar, desde luego, a los asuntos del arbitraje. Sabía tomar decisiones firmes en momentos difíciles y conocía el valor de la palabra empeñada. Lo vi actuar de cerca con ocasión de la fundación del Cedca, cuando nació nuestra amistad.

Después de jubilarse de General Electric, Farrell podía regresar a Estados Unidos. Prefirió quedarse en Venezuela. Permaneció cuando el país se volvió más difícil y los ciudadanos estadounidenses quedaron expuestos a riesgos personales en medio de la represión que ha caracterizado al gobierno venezolano de los últimos años. Conocía esos peligros y las dificultades de sostener instituciones en una crisis prolongada, pero nada de ello modificó su decisión de permanecer en su segunda patria. Su confianza en Venezuela no era ingenua: veía el deterioro del país, señalaba sin rodeos lo que funcionaba mal y no ocultaba su decepción cuando las instituciones se apartaban de sus fines. Nunca perdió, sin embargo, la confianza en la posibilidad de reconstruirlas.

Rodger Farrell murió el pasado 16 de septiembre. Una buena manera de honrar su legado sería agregar su nombre al Cedca y llamarlo Centro Empresarial de Conciliación y Arbitraje Rodger Farrell. Su nombre quedaría así unido a una institución que representa buena parte de lo que defendió a lo largo de su vida: inteligencia, probidad, perseverancia y confianza en la posibilidad de construir instituciones.

Porque las instituciones también se fortalecen con memoria.

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