| “El estremecimiento de la naturaleza” |
| Escrito por Carlos Balladares C. | X: @Profeballa |
| Jueves, 02 de Julio de 2026 02:30 |
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"Al instante eché la vista sobre la historia y encontré que los grandes imperios se han conservado indestructibles a pesar de las muchas guerras y sacudimientos, y que las pequeñas naciones, como Caracas, han sido sumidas en la nada por un conquistador, un mal ciudadano o un terremoto." (Carta de Simón Bolívar a Francisco de Paula Santander, 23 de diciembre de 1822).
¡260 bombas atómicas de Hiroshima! Un geólogo comparó la liberación de energía generada por el doblete sísmico en Venezuela del 24 de junio de 2026 con el arma más letal de la Segunda Guerra Mundial. Nunca olvidaré aquellos inmigrantes europeos que siempre me repetían: “Venezuela nunca ha vivido una guerra, por eso es que no prosperan” ¿nunca? ¿con qué se compara recibir 260 bombas atómicas? Por no hablar de nuestras guerras civiles del siglo XIX y las crisis socioeconómicas recientes. Todavía escribo desde el trauma y mantengo el temor ante cada réplica. No he logrado la relativa seguridad pre-terremoto. Ahora todo aquello que leí sobre el efecto de la guerra en los seres humanos puedo entenderlo sin haber estado en un combate. La fatiga de batalla (mi permanente estado de alerta me tiene agotado), la neurosis de guerra y el “síndrome del corazón del soldado” (taquicardias, dolor en el tórax y hormigueo en el brazo izquierdo). He visto edificios quebrados y derrumbados como en el Berlín de 1945, y aunque me cayó cerca algo de friso no viví lo que sufrieron las víctimas del desplome de las infraestructuras. En todo caso comparto con el pueblo venezolano la memoria de la peor tragedia de su historia reciente. Un solo repaso de los hechos genera espanto: el miércoles 24 de junio, día feriado por el aniversario 105 de la Batalla de Carabobo, a partir de las 6:04 pm el centro norte de Venezuela sufrió un doblete sísmico que duró casi 3 minutos. Ambos terremotos tuvieron una magnitud de 7,2 el primero y 7,5 el segundo en la zona entre los estados Yaracuy y Carabobo donde se encuentran las fallas de Boconó y San Sebastián las cuales forman parte de la unión entre las placas del Caribe y Suramérica. En Caracas el primero lo percibí como otros temblores que cada tantos años ocurren y por eso pensé que pasaría rápidamente, pero luego vino una fuerte sacudida haciendo sonar toda la estructura del edificio y tumbando las láminas de cerámica o mármol que adornan sus pasillos las cuales estallaban al caer. Mi primer sentimiento fue el terror, mi primer pensamiento: ¡¿resistirá el edificio?! ¡¿ya veré todo derrumbarse y seremos sepultados por los escombros?! ¡Ten piedad de nosotros, Señor! Salimos poco a poco observando pedazos de friso e incluso ladrillos a nuestro alrededor. Los edificios cercanos estaban igual y algunos vecinos que salían lo hacían gritando. Toda la ciudad generó un gran clamor de terror colectivo envuelto en nubes de polvo. La gente empezó a sacar sus carros, a llamar a sus seres queridos. Las comunicaciones estaban caídas, luego se retomó la conexión y llegaban las noticias: “estamos vivos”, pero también: “se desplomaron varios edificios en Los Palos Grandes, San Bernardino y El Paraíso; y decenas en Caraballeda”. Era peor de lo que pensábamos, peor que 1967. Pasamos la noche en el carro y al día siguiente no pensábamos en lo que pasó, como autómatas resolvíamos cada nueva necesidad que iba surgiendo. Al pasar día y medio creo que ya empezaba a ver las cosas con mayor claridad, y di gracias por la vida de mi familia e imploré por la salvación de tantos que seguían bajo los derrumbes. Le pregunté a Dios: ¿para qué es la vida? ¿Cómo esto que vivimos (unos más terrible, otros menos) puede ayudarnos a ser mejores en humanidad? Algo es cierto, algo me genera una total certeza: este hecho traumático, terrible y doloroso no nos puede dejar indiferentes. Especialmente en nuestra condición humana, en nuestra moral y espiritualidad. Debemos examinar nuestros sentimientos y nuestra alma al pasar los días. Hablar con Dios, mirarnos en los ejemplos de aquellos santos que han padecido tiempos terribles. Ver y comprender el ejemplo de Nuestro Dios en su pasión y muerte en la cruz. Después debemos mirarlo desde nuestra historia reciente y la más larga historia republicana. Desde la historia de nuestra reacción ante los desastres naturales y finalmente asumir de una buena vez nuestra condición de país telúrico y actuar en consecuencia. Más nunca la indiferencia y la falta de cultura y conciencia sísmica. Más nunca un gobierno y una sociedad indiferente a la dignidad de cada persona humana. ¡Queremos vivir! ¡Y queremos vivir con dignidad! Por eso el miedo ante el horror de un nuevo terremoto nos roba fuerzas y aliento. Terminar lo que no se terminó, quitarnos lo poco que nos quedó. Y por eso realizamos aquella oración de los pescadores bretones: “Señor, tu mar es tan inmensa y mi barca es tan pequeña”. Queremos vivir porque fuimos hechos a imagen y semejanza del Dios de la vida, del Dios del Amor. Queremos vivir porque Dios se hizo uno como nosotros y dió su vida por nosotros. Y de esta forma nuestra cultura cristiana y católica se transforma en solidaridad y acción en gestos de heroicidad y fraternidad por parte de los rescatistas y todos los voluntarios. Al igual que tantos que han venido de afuera a pesar de los que solo piensan en sus intereses personales, en su terrible egoísmo y falta de empatía. Lamentablemente siempre están los “Thernardier” (Victor Hugo, Los Miserables) que solo buscan aprovechar el dolor y el caos para saquear y robar. Pero como pueblo debemos ser conscientes del bien común, y como persona humana saber discernir entre el bien y el mal. Sueño con la esperanza que esta tragedia tan dolorosa y destructiva permita que reconstruyamos las paredes y los hogares, pero especialmente nuestra alma personal y como nación de ciudadanos formados en la cristiandad. Ya habíamos aprendido a ser resilientes en todos estos años de crisis política y social, ahora viene la parte más importante. La que significa el mayor aprendizaje, el salto a la construcción definitiva de una república. Creo que en estos momentos se están creando un conjunto de nuevos mitos heroicos que apuntalarán instituciones y virtudes cívicas. El héroe civil emerge poderoso ante los antivalores del caduco culto basado en la guerra, el caudillo, la viveza y el malandraje. Muchos historiadores de las catástrofes naturales han dicho que el terremoto de 1812 en plena independencia se parece mucho al del 2026. En los testimonios de Bolívar podemos identificar su carácter destructivo. Sí, las condiciones son distintas a nivel técnico, pero la humanidad es la misma. De esta forma podemos sentirnos identificados con sus palabras al escribirle a su tío. “Vd. se encontrará en Caracas como un duende, que viene de la otra vida y observa que nada es de lo que fue. (...) Vd. lo encuentra todo en escombros. . . todo en memorias. (...) hasta los campos han sentido el estrago formidable del estremecimiento de la naturaleza. (Carta de Simón Bolívar a su tío Esteban Palacios desde el Cusco el 10 de julio de 1825). Nadie pudo escapar del estremecimiento de la naturaleza, hasta el que se sentía seguro en los campos lo padeció. La unidad de nuestro territorio se nos recordó a través de las realidades tectónicas sobre las cuales desarrollamos nuestras vidas con sus sueños y dificultades. Hay algo más allá de nuestras rutinas imposible de controlar: la naturaleza sísmica. Por tanto debemos aprender a partir de otra naturaleza, la de nuestra condición humana. Dicha condición tiene una dignidad que necesita ser "custodiada" y solo esto es posible con el apego estricto a la ley (siempre inspirada por la razón y la fé). No podemos seguir con el desprecio a la dignidad de cada venezolano violando las normas de ingeniería para satisfacer la avaricia de los corruptos. En general y sobretodo en zonas sísmicas como nuestro país: la corrupción mata. El amor, la razón y la fe salvan siempre.
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