| Dos siglos de rupturas entre Venezuela y Estados Unidos |
| Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua |
| Viernes, 02 de Octubre de 2026 01:03 |
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Era 1835, seis años después de la separación de Venezuela de la Gran Colombia. La República era joven, frágil y pobre; sus caminos eran precarios y sus puertos constituían las verdaderas puertas de entrada al mundo. En ese escenario, mientras José Antonio Páez ejercía nuevamente la presidencia, un diplomático estadounidense llegó a Caracas con una misión que parecía sencilla y que terminaría abriendo un vínculo de casi dos siglos. El 30 de junio de 1835, John G. A. Williamson presentó sus credenciales como chargé d'affaires (encargado de negocios) ante el Gobierno venezolano. No llegaba a una potencia continental ni a un país petrolero. Llegaba a una república que todavía intentaba consolidar su soberanía, ordenar sus finanzas y encontrar un lugar entre las naciones independientes de América. Un año después, Venezuela y Estados Unidos suscribieron su primer tratado de paz, amistad, navegación y comercio. Desde entonces, la relación sobrevivió a guerras civiles, dictaduras, revoluciones, nacionalizaciones, cambios de régimen y profundas transformaciones económicas. Hubo reclamaciones, presiones, desencuentros y momentos de abierta hostilidad. Pero durante décadas las diferencias pudieron tramitarse sin cerrar las puertas diplomáticas. Hasta que un día de 1908, Cipriano Castro decidió que aquella puerta debía cerrarse. Y setenta y tres años después de aquella primera ruptura, cuando Venezuela ya era una potencia petrolera y Hugo Chávez había convertido la confrontación con Washington en una bandera política, otro portazo recorrería el mundo desde Puerto Cabello. El calor de aquella tarde del 11 de septiembre de 2008 parecía condensar una historia mucho más antigua. Frente a una multitud, Chávez anunció que el embajador estadounidense tenía 72 horas para abandonar Venezuela. El diplomático era Patrick Dennis Duddy, quien había llegado a Caracas el año anterior. Chávez actuaba en solidaridad con Evo Morales, presidente de Bolivia, que acababa de expulsar al embajador estadounidense de La Paz. Al mismo tiempo, ordenó el regreso a Washington del embajador venezolano Bernardo Álvarez Herrera. Entonces pronunció la frase que convertiría aquella jornada en una escena indeleble de la diplomacia venezolana: «Váyanse al carajo, yanquis de mierda». Pero el estrépito de aquellas palabras no debe confundirse con la naturaleza jurídica del episodio. Chávez no rompió las relaciones diplomáticas con Estados Unidos en 2008. Hubo expulsión del embajador, retiro del representante venezolano y una nueva escalada bilateral, pero los canales diplomáticos fueron posteriormente restablecidos y Duddy regresó a Caracas en julio de 2009. La primera ruptura había ocurrido un siglo antes. Castro rompe la relación En 1908 Washington llegó al límite. El gobierno de Cipriano Castro había rechazado reiteradamente resolver varias reclamaciones estadounidenses y también se negó a someterlas al arbitraje propuesto por Estados Unidos. El 13 de junio de 1908, Washington decidió cerrar su legación en Caracas y colocar sus intereses, propiedades y archivos bajo protección de Brasil. Era la primera ruptura formal entre ambos países. Pero Castro estaba a punto de desaparecer del escenario. En diciembre, Juan Vicente Gómez tomó el poder y transmitió a Brasil su disposición a resolver las diferencias pendientes. Washington envió entonces al comisionado William I. Buchanan para negociar la reapertura. En 1909 ambos gobiernos acordaron mecanismos de arbitraje y restablecieron la relación. Del petróleo a la embajada Con Gómez y sus sucesores la relación se hizo progresivamente más estrecha. Venezuela se convirtió en un proveedor estratégico de petróleo y en un espacio de enorme importancia para los intereses económicos estadounidenses. En 1939, la legación estadounidense en Caracas fue elevada al rango de embajada. Frank P. Corrigan se convirtió en su primer embajador. Ni la transición política de 1945, ni el gobierno de Rómulo Gallegos, ni la dictadura de Marcos Pérez Jiménez produjeron una ruptura con Washington. Durante la posguerra, Estados Unidos consideraba a Venezuela un socio importante por su petróleo, hierro, ubicación estratégica y posición internacional. La caída de Pérez Jiménez en 1958 abrió, sin embargo, una etapa de tensiones más complejas. Washington reconoció rápidamente al gobierno provisional y después al de Rómulo Betancourt. Surgieron diferencias por el petróleo, la situación de Pérez Jiménez en Estados Unidos y la política hemisférica frente a Cuba. La relación seguía siendo estrecha, pero ya no era complaciente. Caldera y las diferencias Con Rafael Caldera, durante su primer gobierno, tampoco hubo ruptura. Sí existieron diferencias importantes sobre petróleo, inversión extranjera, comercio y la política venezolana hacia Cuba. Caldera defendía una política exterior más autónoma y cuestionaba la influencia de las compañías petroleras extranjeras. Washington, mientras tanto, insistía en la protección de sus inversiones y en una compensación adecuada cuando se produjeran nacionalizaciones. Las diferencias continuaron durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, especialmente alrededor del petróleo, la nacionalización del hierro y posteriormente de la industria petrolera. Sin embargo, incluso en los momentos de mayor fricción, Caracas y Washington conservaron sus relaciones diplomáticas. Durante el segundo gobierno de Caldera, entre 1994 y 1999, tampoco hubo ruptura. En octubre de 1997, el presidente estadounidense Bill Clinton visitó Caracas y se reunió con Caldera. Las diferencias existían, pero los canales diplomáticos permanecían abiertos. Chávez cambia el lenguaje La llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 modificó profundamente el tono de la relación. Las diferencias tradicionales —petróleo, comercio, soberanía e intereses económicos— comenzaron a mezclarse con una confrontación política e ideológica cada vez más intensa. En 2006 comenzaron las expulsiones de funcionarios. En 2008 llegó el episodio de Patrick Duddy. Pero hubo otro momento decisivo en 2010, cuando Venezuela retiró el agrément concedido a Larry Palmer, diplomático estadounidense designado por Barack Obama para ocupar la embajada en Caracas. Palmer nunca llegó a presentar credenciales. El gobierno venezolano había rechazado su nombramiento después de unas declaraciones del diplomático durante su proceso de confirmación en Estados Unidos. Chávez anunció que no permitiría su ingreso como embajador. A partir de entonces, Estados Unidos mantuvo su embajada en Caracas, pero sin embajador. La representación quedó encabezada por encargados de negocios. No se trató, por tanto, de que Washington cerrara la embajada ni de una decisión unilateral de reducir su categoría: la ausencia de embajador fue consecuencia de la ruptura del proceso de acreditación y del deterioro progresivo de la relación bilateral. La ruptura de 2019 El 23 de enero de 2019 llegó el quiebre que el episodio de 2008 no había producido. Nicolás Maduro anunció la ruptura de relaciones diplomáticas y políticas con Estados Unidos y dio 72 horas al personal diplomático estadounidense para abandonar Venezuela. Washington respondió que no reconocía a Maduro como autoridad con capacidad para ordenar aquella ruptura y sostuvo su relación con el gobierno que reconocía entonces como encabezado por Juan Guaidó. La embajada estadounidense terminó suspendiendo sus operaciones en Caracas en marzo de ese año. Así, la frase de Chávez de 2008 adquirió retrospectivamente otra dimensión: aquel día había expulsado a un embajador, pero no había cerrado formalmente las relaciones. Once años después, Maduro sí llevó la ruptura hasta sus últimas consecuencias diplomáticas. El círculo vuelve a abrirse El 5 de marzo de 2026, Venezuela y Estados Unidos anunciaron el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas y consulares. Delcy Rodríguez, entonces presidenta encargada, quedó al frente de una nueva etapa en la que Caracas y Washington volvieron a abrir el canal diplomático. El arco histórico resulta extraordinario: Páez abrió la relación en 1835; Cipriano Castro la rompió en 1908; Juan Vicente Gómez contribuyó a restablecerla; el petróleo la convirtió en una asociación estratégica; Betancourt y Caldera demostraron que podían existir profundas diferencias sin cerrar las embajadas; Chávez transformó la confrontación en un elemento central de su política exterior; Maduro produjo en 2019 la segunda ruptura formal; y Delcy Rodríguez participó en la reapertura de 2026. Casi dos siglos después de que John G. A. Williamson entregara sus credenciales en Caracas, la historia vuelve a colocar a Venezuela y Estados Unidos frente a frente. Han cambiado los presidentes, las circunstancias y el lenguaje. También han cambiado las razones de la disputa. Pero permanece una constante: las relaciones entre Estados pueden quebrarse con una orden, una nota diplomática o un portazo; reconstruirlas exige mucho más que eso.
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