| El desafío de lo improbable (I) |
| Escrito por Mibelis Acevedo D. | X: @Mibelis |
| Martes, 21 de Enero de 2025 00:00 |
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Si una noción plantea un juego de espejos en el que la política se reconoce y cuestiona a la vez, es la esperanza. Aunque frente al tópico de la esperanza política suele oponerse una visión descarnada del poder, no se puede negar que esa simbiosis se hace muy nítida, por ejemplo, no sólo en medio de grandes crisis históricas, sino -como bien saben los expertos en comunicación política- en los momentos electorales. El ciclo de la espera, la conexión emocional entre el político y sus anhelantes audiencias sella entonces el pacto de la eventual representación. Uno que antes ha exigido fiarse de las grandes promesas y utopías, y trascender esa mirada desencantada sobre el presente que en ocasiones ataja la evolución. Abrazando esta suerte de fe que se planta ante la dificultad evidente, esta confianza en que el ideal contiene una faceta realizable, los individuos se animan a hablar, a construir redes, juntar fuerzas y cambiar, cambiar lo que les resulta defectuoso, nocivo o inadmisible en una coyuntura singular y única. Por supuesto, es justo recordar lo que advertía Betancourt: en la historia no se producen milagros. Son esos mismos sujetos los que, anticipando consecuencias, “actuando de acuerdo con la circunstancia y fijándose metas claras, conducen la historia”. Sin embargo, sospechamos que plantarse con tal audacia ante el determinismo involucra también esa clase de apuesta a priori en las propias capacidades que hará creíble la eficacia de decisiones y planes más ambiciosos. Ahora, “¿qué es lo que moviliza el apoyo masivo? No se puede decir que sea el grado de opresión (…) Con mucha frecuencia la represión aguda funciona, impidiendo que los menos audaces estén dispuestos a participar activamente en el movimiento (…) No, lo que moviliza a las masas no es la opresión, sino la esperanza”. A partir de una evaluación crítica sobre los fracasos de la experiencia socialista del siglo XX, y asociando la acción transformadora de los sujetos sociales al momento de crisis terminal y bifurcación, Immanuel Wallerstein afirmaba por su parte que el motor de la movilización humana reside en la esperanza, incluso frente al riesgo de enfrentarse al propio poder constituido. En clara sintonía con Ernst Bloch y su “principio esperanza”, Wallerstein advierte que la tarea no es hacer utopía sino “utopística”. Mientras define la primera como “sueños del cielo que nunca pueden existir en la tierra”, percibe en la utopística “una serie de evaluaciones sobre alternativas históricas, el ejercicio de nuestro juicio como racionalidad sustantiva en torno a sistemas históricos alternativos posibles”.
Recomienzo y metamorfosis Reflexionar sobre el rol de la esperanza en el devenir político lleva así a distinguir entre las dinámicas de continuidad y ruptura, entre aquello que habla del paso de lo normal a lo excepcional, y viceversa. En respuesta a tal necesidad y ante lo que aparece como probable -esto es, la desintegración implícita en esas rupturas- el padre de la teoría del pensamiento complejo, Edgar Morín, opone una singular contracara. Hablamos de “lo improbable, aunque posible”, que es la metamorfosis. La inducción del futuro que considera el impacto de los azares decisivos y de la creatividad, del surgimiento de lo nuevo en los procesos en curso, es lo esperanzador, porque emerge como alternativa al determinismo de la disolución. De allí esa expectación que cobra carne y nervio en medio de la desesperanza. La creencia de que una transformación radical -similar a la de la oruga amarrada a tierra, presta a licuarse en la crisálida, deshecha y recompuesta para dar paso a la criatura alada- dotaría al ser humano de nuevos recursos para superar lo que debe ser superado. Así, afirma el francés, el decrecimiento de lo que contamina y destruye, al tiempo que el crecimiento de lo que salvaguarda y regenera, es un esbozo de solución racional para la contradicción. Nuevamente, no se trata de extraer soluciones milagrosas, ajenas a los recursos y capacidades disponibles -de otro modo se estaría impugnando de plano a la política-; sino pensar el mundo por venir, “enunciar una vía política de salvación pública” a partir de una doctrina del desear vivir y del revivir que nos libre de una “inhumanidad tranquila”, de la apatía y la resignación, como también apunta Morin en la obra que desarrolla junto a Stéphane Hessel. Esto es, buscar formas saludables de ser optimistas que apelan a esa virtud de lo imprevisible. “No pidamos a la política que exorcice la angustia humana. No le corresponde a la fe política encargarse de la salvación religiosa”. Y es que aun considerando el poder movilizador que, no por casualidad, pensadores asociados al posmarxismo atribuyen a la esperanza, germen y sustento de estas “utopías posibles” (paradójicamente, fue el fracaso del propio marxismo lo que agotó el pensamiento utópico) conviene alertar sobre la distorsión que dicha creencia pudiera entrañar. Esto es, el tipo de esperanza que invocan ciertos diletantes, rabiosamente distanciados de la ética de la responsabilidad. Una que al desmerecer la naturaleza de los medios para alcanzar un fin, sería también portadora de manipulación, engaños y deletéreas artimañas.
Trampas y expectativas La historia nos enseña que esa esperanza sin racionalidad puede incluso desembocar en tragedia. El mito del triunfo del progreso ascendente que propagó el idealismo romántico, triunfo predeterminado por "leyes" o producido de forma automática, no ha dejado de chocar estrepitosamente con la realidad. “La historia conoce bifurcaciones aleatorias. Muchos progresos pueden determinar regresiones y viceversa”, recuerda Morín. La fórmula del optimismo-esperanza que aplica al cambio político requiere entonces ser depurada de euforias nocivas e ingenuidad, compensada con ingentes dosis de “pesimismo de la inteligencia” a fin de que promueva verdaderas capacidades para “voltear al mundo”, como sugiere John Holloway. De modo que atender a esa razón práctica que pone orden en la acción política, obliga a no dejar de lado a la prudencia: cualidad que, lejos de operar como anuladora del conatus, del impulso de vida, del rehusar y crear, sirve para moderar esa pasión que tiende a hundirnos en la simple embriaguez. El peligro de suscribir la apuesta a un futuro sin condicionantes es bregar con las coordenadas siempre resbaladizas, siempre inexactas del no-lugar, la espera inacabable. La política, en todo caso, amén de despertar entusiasmo y revertir la desesperación, debe estar comprometida con tiempo y espacio, con una razón finita; y procurar el arribo a buen puerto, portar llaves y cuñas que destraben puertas y amplifiquen la posibilidad de lo improbable. |
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