| Marco Rubio y las habichuelas negras |
| Escrito por Alexander Cambero | X: @alexandercamber |
| Lunes, 23 de Febrero de 2026 00:00 |
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Una forma sutil de evitar que la tierra de la libertad se devorara a sus orígenes cubanos. Los platillos que se servían eran siempre con la insignia gastronómica antillana. Ese día no se practicaba el inglés; regresaban a su tierra espiritualmente al saberla víctima de una pesadilla. La bandera cubana con sus cinco franjas alternas (tres azules de turquí y dos blancas) y un triángulo equilátero rojo en el lado de la asta, con una estrella blanca de cinco puntas en su interior. Ondeaba espasmódicamente en aquella residencia rodeada de los recuerdos que viajaron con la huida en la búsqueda del sueño americano. La señora de la casa Oriales Rubio era una estupenda cocinera. Tuvo que aprender desde muy niña los oficios del hogar debido a que las múltiples carencias obligaban a esforzarse al máximo. Un cuadro de siete hermanos criados por un padre discapacitado ponía mayores cargas a la cruel realidad. La necesidad era tramposa. Colocaba dispositivos y cerrojos a unos estómagos que muchas veces se acostaron sin comer. Había que tragarse las ansias, respirar profundo y secuestrar las lágrimas de injusta impotencia. En otra traslación histórica, estos domingos en tierra de oportunidades abrían las compuertas de mayores ocasiones para triunfar. La música cubana proseguía su concierto en discos viejos con solapas agrietadas. La aguja sobre el vinilo como el agua sobre los surcos de la tierra secuestrada por la hoz y el martillo de la impronta soviética como vil hegemonía en el destino de la sufrida isla. Le bajaron el volumen al son. El canal de televisión CBS generaba un contenido sobre la muerte de Elvis Presley, hecho ocurrido en su mansión Graceland de Memphis, Tennessee, por aquellos días. La familia lo había visto visiblemente acabado en un hotel en Las Vegas donde trabajó Mario Rubio como camarero de banquetes. El ocaso del astro era el de un hombre obeso con un traje fosforescente que parecía pedir auxilio ante la feroz arremetida de las libras en la zona abdominal. Con una voz decadente por la falaz acción de los barbitúricos. Marcos ocupó su puesto en la mesa. Su madre colocó los platos con mucho orden. El haber trabajado en hoteles de categoría hizo que aprendiera mucho de estos menesteres refinados. Sin embargo, el Caribe era como las olas del mar. Muchas veces, lo preestablecido lo rompe la contingencia. Como plato principal trajo una abundante ropa vieja. La carne deshebrada estaba deliciosa. El aroma de los condimentos revestía de sabor aquel manjar. Lo que rompió el molde fue, sin duda, la cocción de las habichuelas; estaban duras y un tanto amargas como la hiel. El niño Marcos Rubio, de una brutal inteligencia, contando con apenas seis años, asoció el hecho a la desgracia cubana. La carne significó la libertad de poder escoger las oportunidades para lograr el éxito. Las habichuelas negras, la opresión del pueblo cubano, a recibir con dureza su destino escrito con dolor. Ese sabor a hiel que amarga la boca de una nación sometida a una inmensa cárcel de torturas. Para lograr comerlas, había que adecuar los dientes para una cruzada con molestias al paladar. Liberar a Cuba era romperle el corazón áspero de las habichuelas para ponerlas en la dirección de la carne deshilachada, tan tierna como la libertad de la cual disfrutaron ellos antes que llegara Fidel Castro al poder en 1959. Con detenimiento fue con un tenedor imaginándose que la libertad socorría a las pobres habichuelas condenadas a estar atadas a la férrea estocada de una ideología retrógrada. Marco Rubio es producto de una sociedad de oportunidades. Hijo de una familia pobre que entendía que sus posibilidades estaban en cruzar el océano. Ellos querían que su descendencia lograra construir los sueños que sus historias, no pudieron hacer germinar armónicamente. Sin olvidar su origen cubano. Que la gran nación terminara engulléndose la herencia que viajó con pocos enseres y la tristeza de abandonar para siempre al origen. Por ello, en sus inmuebles alquilados de Las Vegas y Miami siempre se habló en español. Se mantuvieron las tradiciones, escuchándose la música autóctona con tanta fuerza que pareciera que estaban en La Habana. Esa relación de Marco Rubio con nuestros valores hace que sea un arquetipo para nuestras luchas. Un hombre con nuestro idioma como bandera. Alguien que conoce lo que significa el dolor del destierro y la dictadura. Que además duerme con su esposa colombiana. Todos hechos del mismo lodo. Por ello la causa de Venezuela también es suya desde hace más de veinte años. Un aliado fundamental. Un gran amigo de María Corina Machado, que ahora como secretario de Estado ejerce su influencia con firmeza y estrategia para dar los pasos adecuados en el momento preciso. Su rol en esta coyuntura une su destino al de Venezuela con su meteórica carrera. Nuestro futuro es la libertad. Derrotar definitivamente a la dictadura. Para Marco Rubio, igualmente, nuestra liberación será una buena oleada para que su barco llegue al poder definitivo como próximo presidente de los Estados Unidos. Ese día Venezuela sonreía de júbilo. Y Rubio estará feliz por lograr ambos cometidos.
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