De los locos de carretera
Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj   
Lunes, 23 de Marzo de 2026 04:35

altAlgo más que una disciplina académica, la política es un hecho social ineludible.

Incluso, valga la paradoja, aun negándola o combatiéndola, se hace política.

Ocupada del destino común y, a pesar de su mala e interesada fama, constituye la región más transparente de la sensatez, aunque no siempre notamos sus verdaderos disparates y solemos tardar en enmendar la plana. Por ello, la política requiere de una perspectiva estratégica que aspire a proyectarse históricamente. Sin embargo, en el complejo tránsito por la vida pública, quizá la principal confrontación se da entre los políticos cuerdos y los variopintos locos de carretera de acuerdo a la feliz expresión venezolana.

Los más juiciosos que entienden, asumen y aspiran a la política como vocación y especialidad, profesión y talento, imaginación y experiencia, deben soportar la desleal competencia de los más improvisados que, ahora, los azares digitales elevan a un olimpo de deidades de enfermiza rotación: la moda, simplemente la moda, tiende a marcar la pauta. Prolongándola, se agotan en la coyuntura, dependen de las presiones inmediatas, deciden antes de comprender porque no se explican en el marco de un proceso ni de las instituciones – al menos- necesarias, reduciendo lo estratégico a lo urgente y lo táctico a mera narrativa.

Observemos al Estado descarrilado como un modelador de conductas que irradia una perversa pedagogía: por ejemplo, por mucho tiempo la regla fue la de autorizar por vía parlamentaria y judicial los créditos públicos, siendo una excepción la de presupuestar sinceramente los recursos disponibles del país; soslayar la necesaria inversión en el complejo hidroeléctrico de El Guri, convirtiendo el colapso de los servicios en un mecanismo más de control social; subestimar la representación y rendición de cuentas, favorecida la participación como fetiche.  Fuera de la protección del Estado confundido con un partido, el de gobierno y sus organizaciones subsidiarias, el dirigente de oposición debe ser previsivo, capaz de corregir sus decisiones ante la más endiablada de las sorpresas, reivindicando los mecanismos colegiados que llevan a las decisiones acertadas, desconfiando de la iluminación mesiánica, generando una agenda de ideas y tareas, presumiendo y asumiendo los costos: el conductor político que espera el país que lo tuvo e hizo libre, democrático e independiente en dos siglos, no anda por la vía acelerando sin cálculo, ni cambia de canal arbitrariamente disparando a los cielos, no pone en peligro la vida ajena, ni funde el motor de una esperanza viva y manifiesta que sintetiza a las grandes mayorías.

El loco en cuestión, un vulgar apostador, jamás será el sujeto impredecible que valora estratégicamente un autor clásico como Thomas Schelling, quien versa sobre la racionalidad del riesgo que sabe gestionar y de las expectativas que no pierden el sentido de las realidades, concebido el conflicto como una negociación implícita. Por lo pronto, es necesario volantear bien el vehículo, con suficiente gasolina; pilotarlo y copilotarlo adecuadamente para cubrir - con paciencia - todo el itinerario; turnar a los conductores cuando sea conveniente, ya que todos pertenecen a la misma escudería; y no cantar victoria sino después de cruzar la meta, u otras tentaciones festivas.

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