| Escúchame con los ojos |
| Escrito por Rodolfo Izaguirre |
| Domingo, 21 de Junio de 2026 00:00 |
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De ella aprendí mucho y fue lo que dijo la Cinemateca venezolana cuando me tocó ocuparme tan maltrechamente de ella en 1968. "¡Escúchame con los ojos!", es decir: ¡Aprende a leer las películas que te ofrezco!". Culturalmente, el país venezolano comenzaba a tomar agua, estaba emergiendo de veintisiete años de autoritarismo agrario y perverso, gomecista, y buscaba, atolondrado, algo parecido a la modernidad, algo llamado "democracia". Carecía de muchas cosas porque el siglo pasado despedazó al país en guerras estúpidas entre vulgares caudillos, invasiones y escaramuzas de matorrales que convirtieron al país en yermo y abandono. Yo tenía cuatro años cuando muere Juan Vicente Gómez y di mis primeros pasos buscándome a mí mismo, pero acompañé al país para que se alejara del gomecismo y desde entonces me cautivó el cine y mi destino insistió en que formara parte de la Cinemateca y gracias a ella y a venezolanos esclarecidos como Alfredo Roffe, Ambretta Marrosu, Antonio Pascuali y tantos otros, logramos crear el cine, es decir, ver nacer los gremios: la Asociación Nacional de Autores Cinematográficos, la Cámara Venezolana de Productores de Largometraje, la Federación de Cine Clubes, de críticos y unidos acusamos al Estado venezolano de ser atrasado y permanecer anclado en las bellas artes, un concepto francés que ponderaba y protegía a la literatura, a la música,a la pintura y no tomaba en cuenta al cine. El cine venezolano comenzó a dejar de ser un archipiélago de cineastas que se odiaban unos a otros cuando la Cinemateca empezó a ocuparse de ellos y ellos siguieron rugiendo y molestando al Estado hasta que lograron la hazaña de una Ley de Cinematografía que ninguna otra manifestación cultural posee y lograron también que el Estado comenzara a no estar tan atrasado culturalmente ya que no podían evitar que lo fuese en otros campos. La cinemateca no pidió a los venezolanos que creyeran en ella sino que la escucharan con los ojos y me tocó algo difícil: crear un público distinto al que habitualmente va a las salas a ver películas. Se trataba de escuchar al cine, es decir, descubrir un nuevo deleite, la nueva experiencia de conocer al cine de autor. Y tuve que valerme de Tarzán y de los vaqueros del cine americano y de los Beatles y del Submarino Amarillo y de inventar ciclos de temas, autores, músicos del cine para conquistar a los jóvenes y mayores proyectando como quien no quiere la cosa y para no asustarlos films clásicos mudos o de cauteloso parlamento. En una palabra, asumir una tarea pedagógica, secreta, porque si descubría mi propósito podría surgir la arrogante actitud venezolana de que todo lo sabe y no le agrada que se le enseñe. Fui lejos y armé un ciclo sobre las rumberas del cine mexicano con la finalidad de desacralizar tanto museo, tanto Murnau, Eisenstein, Bergman o Antonioni y les devolví a las rumberas el honor que ellas merecen y les pedí a los cine clubes que dejaran en paz al Acorazado Potemkin y se interesaran por Ridley Scott y a los cineastas les rogué que dejaran de hacer películas e hicieran cine. Para recordar y homenajear un nuevo aniversario de la Cinemateca estuvieron en mi casa Rosa Raydan, su directora, Román Chamorro, presidente del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía, Viveca Baiz quien estuvo conmigo en la Cinemateca ocupándose acertadamente de los niños y del cine infantil y varios funcionarios de importancia. Al verlos en mi casa el Ego que mantengo encadenado estuvo amenazador e inquieto pero me siento orgulloso porque también ellos me han enseñado a escuchar con los ojos. |
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