| La conquista del Oeste nunca ha terminado (IV) |
| Escrito por Carlos Balladares C. | X: @Profeballa |
| Jueves, 10 de Septiembre de 2026 00:00 |
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«Y perseguiremos nuestro destino manifiesto hacia las estrellas, lanzando astronautas estadounidenses para plantar las barras y estrellas en el planeta Marte» (Presidente Donald Trump, “Discurso de toma de posesión del 20 de enero de 2025”). Hubo una época que dicté la asignatura universitaria: Historia de Iberoamérica, y el primer tema era el debate sobre nuestra condición cultural de ser o no occidentales. Para ello comparábamos la colonización británica de América con la de España (y también Portugal). Un problema también tratado por nuestro Carlos Rangel (1976) en su famosísimo “Del buen salvaje al buen revolucionario” al cual consultamos junto a otros autores. En norteamérica fue el trasplante de occidente, en nuestro caso también pero con el agregado del mestizaje. La pregunta de cara a nuestra investigación sobre los antecedentes de las dos grandes guerras mundiales (1914-1945) sería: ¿ese trasplante del occidente anglosajón también incluyó el modelo imperial británico? ¿fue tan exacto el traslado de una sociedad que en su cultura había un germen expansionista? La respuesta no está en un simple determinismo pero es evidente que a diferencia de nosotros, los iberoamericanos, no rechazaron la herencia de la metrópolis (y esto lo afirma Rangel). Los colonos británicos buscaron quedarse en el continente y expandirse al oeste. Es el llamado “mito de la frontera” planteado por el historiador F. J. Turner (1893) en The Significance of the Frontier in American History, que sirvió para forjar su identidad en la épica de la constante expansión. El “mito de la frontera” es la explicación historiográfica de una profecía autocumplida que nació gradualmente desde la colonización y la independencia, inspirada por el gran fervor religioso de los “pilgrims” (“padres pioneros” o colonos). Esta tendrá su formulación definitiva por el periodista y editor (sin duda sabía de la opinión y mitos): John L. O’Sullivan (1845), al afirmar: El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino. El período colonial estadounidense inició la expansión hacia el oeste no solo por su “providencialismo” sino especialmente por su forma de vida rural de pequeñas granjas familiares autosuficientes. De esta manera se generó un incremento poblacional que triplicaba el ritmo anual europeo y que era afectado en menor grado por las epidemias. Los hijos se veían obligados a buscar nuevas tierras para fundar sus granjas y la presión hacia el oeste llevaría a la lucha contra las “naciones” indígenas en la guerra Franco-India (1754-63) que explicamos en anteriores entregas. En la serie documental de Netflix que fue estrenada en junio para la celebración del 250 aniversario de la Independencia de los Estados Unidos: The American Experiment (Tom Hanks, Gary Goetzman, Brian Knappberger; 2026), en su primer episodio “Freedom”, afirman que la causa principal de la Independencia es el descontento de los colonos al establecer un límite a su expansión al oeste. Habían luchando en la Guerra de los siete años a favor del imperio británico y ahora este les impedía su principal objetivo con una línea de demarcación en torno a los Apalaches llamada “Línea de Proclamación de 1763”. La intención del Imperio era evitar guerras costosas con los indígenas, dejar este territorio del oeste en manos de estos, regular el comercio de pieles y controlar el potencial expansionista de los colonos. Después de la Guerra de Independencia (1775-1783), el gobierno federal creó las condiciones económicas y estatales para seguir esta tendencia hacia el oeste con una decisión llamada el “Compromiso de 1790” en el cual el Secretario de Estado (Thomas Jefferson), el Secretario del Tesoro (Alexander Hamilton) y un líder de la cámara de representantes (James Madison) decidieron asumir las deudas de cada estado asumidas en la guerra y de esta forma crearon el crédito público que permitiría comprar territorios y construir vías. La reunión se ha popularizado con el musical “Hamilton” de Lin-Manuel Miranda (2004). E incluso se escogió establecer la capital en el estado de Virginia porque al estar en el río Potomac permitía la comunicación con el interior. En 1803, el presidente Thomas Jefferson compró a Francia el gran territorio que era Louisiana en torno al río Mississippi. Era la gran esperanza de tierras para los colonos (2 millones de kilómetros cuadrados). Los británicos lo rechazaron y armaron la confederación de “naciones indígenas” para evitar su ocupación lo cual llevó a la Guerra anglo-estadounidense (1812-1815). Una de las consecuencias de la guerra fue la derrota indígena, a pesar de que la guerra no cambió las fronteras entre los contendientes en relación a Canadá. Este hecho permitió la “Alabama fever” que fue un gran flujo migratorio hacia el oeste que tuvo el estímulo de la creación de canales y carreteras por parte del Estado. Todo este proceso de conquista del oeste ha sido relatado por medio de varios documentales siendo uno de los más reconocidos el del famoso productor Ken Burns (1996): “The West”, pero también están los homónimos de Robert Redford (2016) y Kevin Costner (2025), aunque el de Redford no trata sino desde 1865. Por no hablar del género “western” del cual vivió la industria cinematográfico en sus inicios y que según los entendidos produjo más de 7 mil filmes, terminando su época dorada que creó la gran épica estadounidense tal cómo lo explica de forma tan sencilla ese clásico de animación de Pixar que es Toy story 2 (John Lasseter, 1999). El límite fronterizo del oeste a partir de la guerra de los siete años y con la pérdida del “colchón” de las “naciones indígenas” era el imperio español y después el heredero de esta en norteamérica: México. En 1800 ambas naciones tenían una cantidad poblacional similar en torno a 6 millones de habitantes, pero México tenía el doble del territorio. Estados Unidos seguía su vertiginoso crecimiento poblacional estimulado por esta expansión, mejoras sanitarias y el recibir fuertes corrientes de inmigración europea. De esta forma doblaba su población cada 20 años, mientras México se mantenía estancado por epidemias y guerras civiles. La despoblación del norte de México y su incapacidad de proteger la mitad de su territorio hizo que terminara cediendo ante la penetración migratoria (en 1836 en su territorio de Texas había 10 estadounidenses por cada mexicano). Texas se declararía independiente pero México sería incapaz de impedirlo militarmente aunque nunca reconocería dicha independencia. Al final Texas sería anexada por Estados Unidos pero con la pretensión de extender su frontera hasta el río Bravo. México lo rechazaría (se le propuso a cambio la compra de los territorios de Alta California y Nuevo México) y así se inicia la guerra que durará desde 1846 a 1848 cuando su territorio es invadido e incluso su capital llega a ser ocupada, hecho que da el título al himno de los “marines”: “Halls of Montezuma”. De esta forma los Estados Unidos logra el control de todo el oeste de norteamérica hasta las costas del Pacífico. La conquista del oeste generó un conflicto interno al enfrentar dos modelos: el agrario tradicional esclavista del sur y el industrial moderno del norte. Este hecho llevará a la guerra donde los Estados Unidos sufrirá el mayor número de fallecidos en comparación a cualquier otro conflicto armado en el que haya participado hasta el presente. La Guerra de Secesión (1861-1865) definirá de forma determinante su destino capitalista, industrial e imperial. Pero de esto hablaremos en nuestra próxima entrega.
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