Goles ajenos, apagones propios: La anestesia mundialista en Venezuela
Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial   
Jueves, 11 de Junio de 2026 05:58

altCon el inicio del Mundial de Fútbol, los venezolanos nos enfrentamos a una cruda realidad: el fútbol nacional es idéntico a nuestra política.

Siempre nos dicen que "ahora sí vamos a despegar", pero nos quedamos varados en la pista porque los famosos cinco motores jamás arrancaron.

Somos matemáticos expertos en calcular de cuántas formas imposibles podemos clasificar, justo tres minutos antes de perder la esperanza. La fe en la Vinotinto es el único recurso inagotable que le queda al país; lástima que no cotiza en la bolsa ni sirve para pagar la luz.

Es conmovedor ver cómo nos paralizamos frente a la pantalla esperando el milagro, mientras en el tablero real el marcador de nuestras vidas sigue congelado desde el siglo pasado. Recientemente se llevaron al director técnico del equipo por "confundir la cal con otro polvo" y nos prometieron tres partidos mágicos para llegar a la cita mundialista. Cambiaron el logo, la sede y hasta la camiseta —que ahora es azul—, pero en la cancha siguen jugando los mismos suplentes de siempre, esos que no saben dar un pase al vacío. Las defensas que meten autogoles todos los días siguen cobrando el sueldo completo y prometiendo copas que nunca ganaremos.

Al final, el Mundial es ese maravilloso y anestésico mes donde el país se desconecta de la realidad para sufrir por un gol ajeno, olvidando que en casa llevamos 27 años perdiendo por goleada. Nos encanta seguir jugando un partido que ya está arreglado de antemano; y cuando por fin tuvimos el chance de ganar, vinieron los jueces de toga y birrete e inventaron un forfait. Nada une más al venezolano que gritar un gol frente al televisor, aunque sea para ahogar el ruido de la planta eléctrica o el silencio del racionamiento.

Cuando se llevaron al director técnico, nos prometieron tres partidos para llegar al mundial —estabilización, recuperación y transición—, cambiaron el logo, la camiseta (ahora es azul), pero en la cancha siguen jugando los mismos y dirigiendo los mismos entrenadores y los mismos mediocampos que ni siquiera saben dar un pase al frente. Con las defensas bajas, rematamos con un arquero, familia de Tyrion Lannister.

Y es que la nueva gerencia técnica —esa que venía con ínfulas de salvación y aires de interinato— lo que hizo fue terminar de quebrar las finanzas del club. Nos dejaron clavado en la pizarra un salario mínimo de 130 bolívares; el mismo monto de hambre con el que pretenden que sobrevivan nuestros pensionados. Una burla matemática en un país donde el dólar oficial ya corre por encima de los 577 bolívares y un pasaje urbano corto te cuesta 140. Sí, saquen la cuenta: a un abuelo no le alcanza la mensualidad entera ni para pagar un solo pasaje de ida en autobús. El marcador de la economía doméstica no está congelado; nos están metiendo diez goles por minuto.

La estrategia para los sectores profesionales fue otra jugada de laboratorio, pero para perjudicarnos. A los profesores universitarios activos les tiran un supuesto bono de "alivio" de 140 dólares, pero la trampa viene en el cambio de alineación: de un plumazo, sacaron al 71 % de la nómina universitaria por estar jubilados, barriéndolos del sistema y pasándolos al lote de los pensionados de 130 bolívares. Un forfait laboral. Para los técnicos suplentes en la cancha del conocimiento, jugar a ganar es un delito, y la recompensa por una vida entera educando al país es el destierro financiero.

Esta distorsión nos devuelve a lo que ya he llamado en otras ocasiones "el enfoque esquizofrénico de la economía" (https://tinyurl.com/2a4un7kd). Vivimos en un país con doble personalidad, un paciente macroeconómico que sufre de delirios de grandeza mientras sufre de inanición. Por un lado, la nueva gerencia técnica nos habla de un club repotenciado, de "apertura", de "flexibilización" y nos encandila con un bono brillante de 140 dólares para unos pocos activos. Pero por el otro, la realidad nos da un baño de agua fría en bolívares devaluados. Es la esquizofrenia pura de un mercado donde coexisten burbujas de consumo exclusivo con un subsuelo donde la gente calcula si come o viaja en autobús.

Con este panorama de disociación, es obvio por qué los grandes patrocinantes e inversionistas extranjeros miran el torneo venezolano y prefieren guardar la chequera. Nadie quiere meter plata en un club que no ofrece la más mínima estabilidad jurídica. A eso hay que sumarle que el club está sancionado por las grandes ligas internacionales. El miedo al overcompliance —ese pánico de los bancos extranjeros a que los multen por solo procesar un pago hacia Venezuela— nos mantiene en un aislamiento financiero total. Operar aquí es jugar con los tacos rotos: la inflación, aunque ya no corre riesgo de hiperinflación, sigue siendo un rival imbatible en la región, y el Banco Central juega a las escondidas ocultando las estadísticas oficiales del mercado.

Tampoco ayuda que las instalaciones estén en el subsuelo. ¿Cómo pretenden que venga capital extranjero si la cancha no tiene luz por los apagones, no hay diésel para mover el transporte del equipo y el internet es tan lento que no da ni para transmitir el partido? La infraestructura está en ruinas. Y para rematar, la crisis vació las tribunas y el mercado interno: con salarios pulverizados no hay consumo, y la fuga de cerebros nos dejó sin el cuerpo técnico capacitado, ni los profesionales calificados para levantar la temporada. El interinato prometió un "Dream Team", pero armó un torneo amateur en una cancha para profesionales.

Con este equipo interino que viene jugando las últimas 27 temporadas, se ha hecho una competencia tan justa que hasta el árbitro aplaudió antes de que empezara el rival. Fue un juego tan limpio que hasta la copa tenía la firma del ganador. Jugamos como el gato y el ratón, pero el gato era el dueño del casino y nosotros éramos el queso. La partida estaba arreglada de tal forma que perder era el único movimiento legal.

En el fondo, lo que presenciamos no es una simple mala racha de la temporada; es lo que teóricamente se define como una "inviabilidad ontológica". El club ha dejado de existir en su esencia. Las instituciones deportivas —al igual que las del Estado— ya no operan para ganar campeonatos ni para proteger al ciudadano, sino para garantizar la supervivencia financiera de una directiva depredadora. Vivimos bajo las reglas de una esquizofrenia jurídica donde los decretos prometen estadios de primer mundo, mientras la realidad material nos condena al foso de la tabla de posiciones.

Es precisamente esa misma esquizofrenia la que vació las tribunas. Se fueron a otras canchas a apoyar a otros equipos. De paso, se nos fue la mitad de los fanáticos del estadio por perder la esperanza de que alguna vez llegáramos a un mundial por cuenta propia. Se fueron a otras canchas a apoyar a otros equipos y los mejores talentos jóvenes se fueron con ellos; aquí solo quedamos los talentos viejos.

Y para colmo de males, ahora el dueño de la liga del norte se asoma al palco presidencial a decir que, como ganamos en el béisbol, nos quiere refundar el equipo como el "Estado 51". Reaparece así el eterno "arrocero internacional" en nuestra política (https://tinyurl.com/26ysbjfr): ese invitado que nadie llamó a la cancha, que no sufre nuestros apagones ni padece nuestro salario de hambre, pero que pretende meterse en la fiesta a cambiar las reglas, adueñarse del club y decidir el destino de una fanaticada ajena. Ahí es cuando a uno se le tranca el juego.

Una cosa es que te ayuden a cambiar la estrategia de la gerencia para salir de la quiebra de 27 temporadas, y otra muy distinta es aceptar que nos vendan el club, nos cambien el nombre y nos pretendan hacer jugar en una liga que no nos pertenece. Queremos clasificar al Mundial, sí, pero con nuestra propia camiseta.


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