La fiesta de la democracia
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 08 de Junio de 2026 00:00

altEn política no tienen cabida las comparaciones.

La historia, los hechos y las circunstancias –un tanto parecidas- sirven de lecciones y orientaciones, más no para sentar semejanzas. En consecuencia, siempre será un grave error intentar o buscar afinidades que, al fin y al cabo, resultarán inexistentes. Sin embargo, cuando hablamos de transición política en Venezuela, a algunos, quizás en un modo atropellado y si se quiere radical, les parece que cinco meses han sido suficientes para despachar este régimen y, por consiguiente, establecer la anhelada democracia.

Para estos promotores de la inmediatez o la celeridad, además de blandir el hacha de la revancha y el desquite, bien vale la pena retroceder un poco, mirarse en el espejo de Chile, no para imitarlo (cosa imposible), sino para que sirva de enseñanza e inspiración.

Entrada la noche del lunes 12 de marzo de 1990, en los inicios del otoño austral, en el Estadio Nacional de Santiago, con una asistencia de al menos 75.000 almas, el recién juramentado presidente de la República, Patricio Aylwin, único orador en aquella fiesta de la democracia (así la denominaron), lanzó una frase histórica que debemos asumir como referente: “Sí, señores, sí compatriotas, civiles o militares: Chile es uno solo”

Obviamente, que aludía al evidente ambiente de discrepancias y retaliación que prevalecía en la población debido a los 17 años de dictadura militar de Augusto Pinochet. Después de unas iniciales rechiflas, silbidos y gestos de desaprobación, recalcó contundentemente lo dicho, y entonces sobrevino una estruendosa ovación por la unidad y la reconciliación.

La transición chilena, entre otras, debe motivarnos en este complicado camino. Lo que allá se llamó “Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia”, suscrito en agosto de 1985, dio sus frutos en 1990, al efectuarse unas elecciones libérrimas en las que resultó victorioso Patricio Aylwin. Nosotros aplaudimos la suscripción del llamado “Manifiesto de Panamá” el pasado 28 de mayo. Un documento que da inicio a un proceso de transición, liderado por María Corina Machado en el que, nos guste o no, conlleva a negociaciones, acuerdos y - sobre todo- a la reconciliación de todos los venezolanos, aunque algunos pretendan, malintencionadamente, confundirlo con olvido o con la no aplicación de la necesaria justicia.

La sensatez y la inteligencia deben prevalecer en este intrincado proceso. El de Chile, sin caer en indebidas y chocantes comparaciones, hubo de superar múltiples dificultades. Tuvieron que ceder, recoger aspiraciones y aceptar muchas condiciones y exigencias. Aquí la realidad es totalmente distinta.

Convenimos que en estos menesteres estamos desde hace 26 años y algo hemos aprendido, además que el régimen se encuentra en exceso desacreditado, aquí e internacionalmente. Y no es que esto último sea una ventaja determinante, pero ayuda muchísimo, si se compara con el abrumador apoyo, el prestigio y el respeto que tiene la señora Machado.

Como “La Fiesta de la Democracia” en Chile, muy pronto tendremos la nuestra, y seguro que la celebraremos sin presos políticos y bajo unas elecciones libres, pacíficas y confiables. El asunto está en tener confianza, no desviarnos de los propósitos y precisar de mucha, mucha unidad. El Manifiesto o Acuerdo de Panamá así lo exige y la futura democracia también.


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