El fútbol: ¿deporte o guerra?
Escrito por Trino Márquez C. | X: @trinomarquezc   
Jueves, 23 de Julio de 2026 00:00

altEl Mundial de Fútbol, especialmente la fase final, sirvió para aliviar la angustia y distraer un poco a los venezolanos, luego de los pavorosos terremotos del 24 de junio.

La gente, viendo a los jugadores correr tras el balón y hacer malabarismos para tratar de encajarlo en la portería del equipo contrario, logró reducir la ansiedad. Esa es una de las virtudes de los deportes: sacan a la gente de su rutina diaria y la transportan al mundo lúdico, lleno de emociones, muchas veces convertidas en ciegas pasiones.

Los deportes suelen elevar al máximo la adrenalina de quienes los practican y de quienes los observan. La violencia con frecuencia forma parte intrínseca de las disciplinas donde hay contacto directo entre los jugadores. Ese el caso del fútbol. El hecho aparentemente tan simple de tomar una pelota, rodarla por el césped para intentar incrustarla en el arco opuesto, en numerosas ocasiones va acompañado de un ímpetu desbordado.

Esa dinámica se salió de cauce en el juego entre Argentina y España. El careo tuvo poco que ver con las tensiones naturales que se desatan en una competencia donde está en disputa la Copa del Mundo. El ecosistema que se crea en un campo de fútbol sin duda es especial. Los jugadores respetan la camiseta. La sudan. Ese compromiso se multiplica cuando el jugador representa a su país. El mito de la nación se potencia en esos embajadores que se encuentran en el terreno compitiendo con contrincantes que andan en lo mismo.

El Mundial de Fútbol fue concebido por Jules Rimet para hermanar las naciones en una etapa en la cual el mundo estaba removido. Las heridas causadas por la I Guerra Mundial no se habían sanado.  Rimet, sin duda un soñador, pensaba que las diferencias entre las naciones podrían reducirse si las iniciativas se colocaban en eventos internacionales que unificasen. Encontrar metas comunes y poner en contacto a pueblos que compartían una misma pasión. Así nació la primera Copa del Mundo, organizada en Uruguay en 1930. Esa iniciativa, vista al comienzo como una quimera, se convirtió en un enorme éxito y, al igual que las Olimpíadas, se lleva a cabo de forma ritual cada cuatro años. El ideal se mantiene intacto: cohesionar al planeta a través de un deporte cada vez más universal.

Es cierto que la FIFA ha transformado el fútbol, particularmente el Mundial, en un inmenso y lucrativo negocio. Las cifras financieras arrojadas por este último torneo resultan astronómicas. Pero, no se puede desconocer que el fútbol, gracias a la labor de la FIFA, se ha hecho cada vez más democrático y planetario. Esa institución cuenta con más integrantes que la ONU. Con todo y sus errores, la fraternidad, la pasión por el juego y la inclusión de cada vez más países, han sido grandes conquistas.

La FIFA -al igual que el Comité Olímpico Internacional (COI)-   mantiene viva la esperanza de que el ser humano es capaz de convivir en paz a pesar de sus diferencias. El deporte, lo mismo que la música, es un lenguaje universal al que todos los seres humanos pueden acceder, aunque no todos sepan ejecutarlo. Esta es la filosofía que inspira los grandes eventos como el Mundial de Fútbol, las copas continentales y regionales, las Olimpíadas, a pesar de estar revestidas de mercantilismo.

La idea de que el fútbol –y cualquier otro deporte- constituye una expresión cultural y una forma civilizada de manifestar nuestra vitalidad, hay que preservarla por encima de consideraciones mezquinas. En un campo se gana y se pierde. Si los triunfadores estuviesen predeterminados en un código secreto o en un libro sagrado, entonces no sería necesario competir.

La actitud de la selección argentina durante el careo y el inobjetable triunfo de la selección española en la final de la Copa, hay que condenarla. Violó los valores que definen la competencia deportiva y la filosofía pacifista y ecuménica que inspiró la creación de los mundiales.

Para guerras, ya el mundo cuenta con la invasión de Rusia a Ucrania, la conflagración entre Estados Unidos e Irán, el eterno conflicto en el Medio Oriente y la reciente destrucción de Gaza. No era necesario transformar el estadio de New Jersey en un campo de batalla, ni la ceremonia de entrega de los premios en un desplante insolente con los triunfadores. Nada de lo ocurrido en el terreno justificaba ese comportamiento, que no representa la nobleza de Argentina como nación, ni los principios que deben inspirar a los deportistas.

Esperemos que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y la FIFA aprendan de esa lamentable experiencia. Su obligación reside en transmitirles a los entrenadores y jugadores la obligación mantener una conducta digna. Jamás deben olvidar que son ídolos seguidos por centenas de millones de espectadores.

Lamento la forma como la selección argentina cerró la era Messi en los mundiales.

@trinomarquezc

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