Del ignaro bachiller de estos días
Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj   
Lunes, 28 de Septiembre de 2026 00:48

Tom Friedman - School chairNada fácil el reinicio de clases en un país diezmado por una larga crisis a la que agregó, como si faltara un detalle, las consecuencias directas e indirectas del doble terremoto.

Duele profundamente que haya niños, jóvenes y docentes que no volverán al salón al cambiar el itinerario con destino a la eternidad: deben estar en el corazón y en las oraciones de todos, incluso, siendo o no creyentes.

Particularmente, deseamos referirnos al bachiller promedio que se ha recibido y son pocas las expectativas inmediatas que se hace en torno a una vocación que especialista alguno ha explorado, por lo menos, en las instituciones educativas del Estado. Y no lo puede haber, mal pagados todos los profesionales del sistema, sin los espacios adecuados y, además, sin el número suficiente de estudiantes que desertan por razones fundamentalmente socioeconómicas en lugar de las académicas.

En efecto, ya no existen los exámenes complementarios que antes denominábamos de “reparación”, siendo la única oportunidad de salvar una materia después del tradicional examen final de julio. A quien le ha ido mal y sospechosamente demasiado mal, hoy, tiene ilimitadas ocasiones para una reparación que es inútil y concluye en la desesperada promoción automática del cursante que puede, él o su representante, denunciar al profesor ante las autoridades correspondientes del ministerio de Educación o invocar la celebérrima LOPNNA, por cualesquiera motivos. Sin embargo, no deseamos referirnos a este u otro problemas afines, sino al prototipo dominante del bachiller ignorante que es muy propio y característico de este siglo.

De apartar aquella Venezuela en la que alcanzar el grado de bachiller era algo igualmente excepcional, muy bien ponderados los Mujiquita que defendieron su tesina en una universidad para conquistar el título, tenemos que en nuestra época ya lejana del siglo XX, fueron contadas y precisas las oportunidades para presentar el examen correspondiente, cuya mínima nota para pasarlo era la obtención de diez puntos. Por consiguiente, siendo tan contadas esas oportunidades, el que peor egresaba de la secundaria teóricamente dominaba la mitad del contenido que los pensa reportaban.

Por lo general, el bachiller de aquel entonces sabía o había escuchado alguna vez hablar de la teoría especial de la relatividad, las funciones del riñón, expresarse en inglés (y hasta francés, griego o latín latín), hacer un cálculo trigonométrico, conocer la evolución militar antes que política de la etapa independentista, indagar sobre las oxidaciones, describir una columna dórica, conjugar el verbo haber. A mayor puntaje, mayor conocimiento y mejor desenvolvimiento de la persona, pues, frecuentemente disertamos respecto a la educación como palanca de movilidad social y, muy escasamente, como un medio para acceder y profundizar en la cultura que nos haga ser más que tener más.

El bachiller de ahora, a nuestro juicio, penetrado y sacudido por la cultura dominante y tan particular del socialismo rentista, incluidos los que tiene un puntaje menor a quince, por citar un número, no tiene una idea aproximada de buena parte de los temas vistos durante largos cinco años y las ventajas digitales de las que pueda aprovecharse están sintetizadas por la banalidad hecha imagen. El más avispado, lidiará por entrar a la universidad, aspirará a convertirse en un ingeniero que promedió muy bajas notas en las matemáticas de secundaria, sumadas las otras desventajas de haber cursado en una institución pública de irregulares períodos de clase; pero, eso sí, demandará un cupo que el Estado tenderá a facilitarte pretendiendo realizar la justicia social de esta manera tan perversa, porque no presupuesta adecuadamente el servicio educativo, los salarios del docente y plantea muy mal la sana competencia que significará salir al mercado de trabajo mucho más adelante.

Existen profesores extremadamente conscientes del problema, aunque es muy poco lo que materialmente pueden hacer impotentes frente al bachiller ignaro que demasiada angustia les suscita. Ojalá, con la transición esperada, podamos revertir el fenómeno del que nos quejamos.

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