El último legado de Habermas
Escrito por Rodolfo J. Méndez (economista)   
Martes, 24 de Marzo de 2026 07:43

altEn la larga historia del pensamiento moderno, pocos filósofos han defendido con tanta tenacidad la autonomía de la razón como Jürgen Habermas.

Su proyecto —una ética basada en el consenso racional, libre de presupuestos metafísicos— parecía, durante décadas, la culminación de la Ilustración.  

Pero en su etapa final, Habermas dejó entrever algo que transforma profundamente su legado y es la esencia de su giro post-secular: la razón sola no basta para sostener la motivación moral de una sociedad democrática.

Este reconocimiento no es menor.  Habermas siempre supo justificar racionalmente normas éticas mediante su teoría de la acción comunicativa. Lo que tardó en admitir es que justificar no es lo mismo que motivar.  

Una sociedad puede saber qué es lo correcto y, sin embargo, carecer de la energía interior para hacerlo.

En un mundo donde la moral se vuelve cada vez más procedimental, donde el consenso sustituye a la convicción, Habermas percibe un riesgo: la erosión del impulso moral, ese “por qué” íntimo que mueve a las personas a actuar más allá del cálculo o la conveniencia. Y es aquí donde su pensamiento se abre, inesperadamente, a la religión.

No porque acepte su metafísica —sigue siendo post‑metafísico—, sino porque reconoce que las tradiciones religiosas‐-giro post-secular-- conservan recursos simbólicos, narrativos y afectivos que la razón secular no puede generar por sí misma. La modernidad, dice, vive de “presupuestos normativos que ella misma no puede producir”.

Este es su último legado:  la intuición de que una ética eficaz no se sostiene sólo con argumentos, sino con horizontes de sentido.  

Que la motivación moral requiere algo más que procedimientos: necesita relatos, imágenes, convicciones profundas, incluso formas de trascendencia.  Y que la razón secular, si quiere sobrevivir, debe aprender a dialogar con esas fuentes sin absorberlas ni negarlas.

Habermas no abandona la Ilustración.  

Pero reconoce que la Ilustración, sola, no basta.  Ese reconocimiento —humilde, tardío, decisivo— es quizá su contribución más profunda a la filosofía contemporánea:   la idea de que la ética necesita alma, no solo estructura.

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