| Batalla por el relato: Bolívar y sus biógrafos |
| Escrito por Ángel Rafael Lombardi Boscán | X: @lombardiboscan |
| Viernes, 27 de Febrero de 2026 08:13 |
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Para Lilia Sofía Leticia “Los asuntos de la conciencia no conciernen a la guerra” Anónimo
¿Qué es la Historia? El historiador. ¿Qué es la Historia? El olvido. Entre esos dos extremos tenemos a los jueces. Preferimos juzgar antes que comprender. Comprender es más difícil. En cambio, juzgar, es lo usual. La ideología dicta la conciencia del historiador/juez. Inevitable problema que solo es posible resolver cuando nos sabemos limitados y falibles. Aunque esto no es lo que abunda. Escribimos para saldar cuentas sobre agravios reales e imaginarios. Escribimos para cansar a nuestra vanidad siempre insatisfecha. Escribimos porque quién nos paga el sustento debe tener su propia justificación. Escribimos desde la rebeldía sin norte, y cuando lo tiene, la utopía deviene en su contrario. Escribimos también para sólo incordiar. Escribimos, básicamente, necedades. Bolívar, siempre Bolívar. Está instalado en la identidad nacional (1842). De hecho, es la identidad nacional. Sólo que no terminamos de comprender al hombre y hemos preferido al mito. Los mitos no tienen fallas: los hombres sí. Bolívar habita en los extremos. Aunque hay otra dificultad de no menor calado y está asociado a ir contra el tiempo: la extemporaneidad. Percibir los inicios del siglo XIX con los mapas mentales del siglo XXI. El resultado pasa por ser un dictamen de invenciones. La Historia es una literatura “científica”; aunque literatura, al fin y al cabo. Al tratar con espectros el recurso metafísico nos concierne. Suponemos que dialogamos con el pasado y el pasado es el reino de los muertos. Es una rareza encontrarse con una biografía del Libertador que lo acuse de mala persona. La veneración mitológica enterró al hombre de carne y hueso. Herrera Luque, un psiquiatra prestado a la historia, se hizo célebre con un ensayo clínico acerca de las patologías mentales de Simón Bolívar (1980). Las revelaciones no fueron ni muy claras y mucho menos concluyentes. Hoy, un aficionado a las redes sociales, diría que el narcisismo grandioso encaja en la personalidad de éste héroe. Y la mayoría con egos como el tamaño del Everest. La carne y hueso de los héroes no existe. Y por ello cuesta mucho atreverse a clavar los colmillos en sus debilidades y contradicciones. El enemigo español sí lo hizo. Salvador de Madariaga dijo de Bolívar que era un adicto de la Gloria (1951). Y que para alcanzarla todos los medios servían. Incluso, los más perversos. En Venezuela su libro fue combustible para atizar hogueras. Un pastuso olvidado, Sañudo, escribió contra Bolívar en 1925 y pagó caro tal osadía. Desde entonces el héroe se transmutó en santo. La valentía intelectual es un valor escaso. Hay otro autor, y éste tiene resonancia mundial, porque se la dedicó a Simón Bolívar (1858). Marx odiaba a Bolívar por ser aristócrata e hipócrita. Dentro de su cabeza europea un terrateniente no podía ser un revolucionario. Además, sintió desprecio por los criollos americanos y trasladó el éxito militar de la Independencia a los británicos. Otro aspecto que a Marx no le gustó acerca de Bolívar fue su parecido con Napoleón. Ambos líderes se creyeron predestinados por la providencia a mandar como únicos soles. A Marx, la izquierda venezolana, trató de disculparlo. Como cuando se disculpa al Diablo.
El libro del alemán Masur (1948) es un logro de la ecuanimidad. Publicado cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) su autor asoció a Bolívar y el logro de la Independencia a la liberación de Europa de parte de los aliados contra los sádicos nazis. Al utilizar de manera privilegiada la correspondencia del Jefe Supremo lo presentó culto y esforzado. Aun así, hay destellos de crítica cuando le tocó repasar el polémico asunto de la Constitución de Bolivia y la dictadura del año 1828. El Bolívar dicotómico entre ser Libertador o Autócrata. El caribe Gabriel García Márquez, fue benigno con Bolívar. No le tocó ni un pelo de su linajuda piel. Sin proponérselo contribuyó más en alimentar al mito que a una historia con sangre y traiciones. El general en su laberinto (1989) es el relato de una victimización. La caída de un Ángel Exterminador con las justificaciones del caso. Siendo neogranadino pareció más bien el relato de un venezolano de esos con la bandera tricolor en el pecho. Sus compatriotas Santander y el mulato Padilla fueron orillados por la majestad de una idea superior asociada a un misticismo laico. La biografía más reciente es una novela de un andino: Ednodio Quintero. Lleva por título un nombre trampa: “El Dictador” (2025). Uno supone que hablará de las fechorías que se cometen cuando el poder se ejerce sin límites ni contrapesos. Finalmente, un venezolano tendría la osadía de decir las verdades que nadie se atreve a decir sobre el héroe. Y las dice, aunque entre líneas. Las circunstancias de hoy obligan. El dictador no es más que un guerrero adicto a dictar centenares de cartas, manifiestos y proclamas. Es el recurso de la botella lanzada al mar para que alguien en la posteridad la encuentre y la convierta en hazaña inmemorial. La “determinada determinación” de Santa Teresa de Ávila fue el acero inexpugnable de una personalidad obsesiva por estar en los anales de la Historia como figura sobresaliente. Su he “arado en el mar” no es el dictamen de un derrotado compungido sino el lavatorio de pies de una excusa que traslada la culpa a otros. Bolívar no era historiador, aunque sabía muy bien que quien escribe su propia versión de la historia tiene más posibilidades de mandar en los recuerdos. En el Diario de Bucaramanga (1828) Perú de Lacroix lo entrevistó en exclusiva. Un Bolívar íntimo y lenguaraz no dejó títeres sin cabezas. El enemigo español fue sustituido por los enemigos en el mismo bando. La censura mochó el Diario en resguardo del Mito. Hoy es un Mito chamusqueado luego de la extracción del 3 de enero. La realidad es brutal y habrá controles de daños. Lamentablemente los custodios del Mito no estuvieron a la altura de lo que sí fueron capaces de hacer sus más partidarios biógrafos.
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