| ¿Y si la culpa no fue de Hitler? La historiografía de los orígenes (II) |
| Escrito por Carlos Balladares C. | X: @Profeballa |
| Jueves, 28 de Mayo de 2026 00:00 |
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Nos centramos en la primera etapa en la historia de las interpretaciones sobre este conflicto la cual fue dominada por el protagonismo de Adolf Hitler, la llamada historiografía “intencionalista”. Esta idea la habían establecido los Juicios de Nuremberg (1945-46) y duraría hasta que el historiador británico A. J. P. Taylor (1961) con su libro Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial planteara que la guerra fue un hecho accidental. A partir de este momento, apoyado por el acceso de los historiadores a los archivos del régimen nazi (anteriormente incautados por los Aliados y que ahora retornaban a Alemania), se consolidó una historiografía centrada en el funcionamiento de las instituciones (historiografía “estructuralista”). Hannah Arendt (1963) de manera relativamente indirecta dará un gran impulso a la misma con su estudio sobre la conducta de Adolf Eichman y su tesis de “la banalidad del mal” como causa del holocausto. La pregunta cambiaba: ¿Adolf Hitler fue un simple instrumento del Estado y el Ejército alemán de tradición prusiana? ¿Hitler fue una expresión del sistema internacional europeo y de los conflictos entre los diversos órganos del Estado alemán? Para responder esta pregunta, nos guiaremos con el historiador - ¡también británico! - Ian Kershaw, quien fue el segundo contacto que tuvimos con una historia de la historiografía de la Segunda Guerra Mundial en su libro La dictadura nazi. Perspectivas y problemas de interpretación (publicada en 1985 y con 5 ediciones posteriores siendo la última en el año 2015). A ella llegué después de comenzar a leer a finales de los 90 su monumental biografía sobre Hitler, que muchos la definían como “la definitiva”. Kershaw ha trabajado por más de 50 años en este debate historiográfico e incluso en su última investigación ha seguido analizando el peso de los grandes líderes en la historia, nos referimos a Personality and Power: Builders and Destroyers of Modern Europe (2022). Kershaw probablemente sea a su vez el fundador de una tercera etapa historiográfica que busca fusionar ambos orígenes por medio de su concepto “trabajar en dirección al Führer” (la voluntad de Hitler es el impulso pero solo funciona si las estructuras del Estado, la sociedad y el orden internacional se lo permitían o facilitaban). Kershaw sostiene que los sesenta fueron un período de madurez al superar la visión de Hitler y el nazismo como una “anomalía” histórica en Europa y Alemania. La perspectiva intencionalista fue una forma de superar “el trauma colectivo alemán” ante la magnitud de la tragedia que acababan de vivir, permitía culpar a una persona o una pequeña élite (los líderes nazis). Kershaw conoció bien este hecho al viajar a Alemania en la década de los setenta para seguir sus investigaciones como medievalista, para lo cual aprendió alemán como una forma de comprender la realidad social del campesinado del centro de Europa. Al llegar a Munich viviría una “epifanía” que determinará el abandono de su especialización inicial (la Edad Media) para tratar de comprender por qué el pueblo pudo apoyar el nazismo. Luego se incorpora al llamado “Proyecto Baviera” en 1975 de Martin Broszat y en 1980 publicaría: El mito de Hitler. Imagen y realidad en el Tercer Reich.
Kershaw señala que la primera etapa de la historiografía (1945-60) está dominada por los juicios morales de los testigos los cuales fueron los primeros que publicaron textos sobre la SGM. Es la llamada, por Annette Wieviorka (1998), “era del testigo”, y que Pieter Lagrou (2000) considera, siguiendo especialmente el ejemplo francés, como una especie de memoria patriótica que buscó legitimar la reconstrucción nacional fortaleciendo los relatos heroicos que propician la unidad e invisibilizan temas no consensuales como el holocausto o el colaboracionismo. Las memorias y las autobiografías de libertadores y víctimas dominan el relato, pero también hay intentos de análisis históricos como el realizado por sir Winston Churchill aunque sin perder su protagonismo. De esta forma la experiencia individual y emocional de la guerra, para Kershaw, oscureció su conocimiento en este período. El testimonio por sí solo no explica cómo funcionaba la estructura de poder que llevó al totalitarismo, la guerra y el holocausto. Tony Judt (2005): Posguerra: una historia de Europa desde 1945 señala que esta etapa fue el período de la historia oficial de la SGM en los países del viejo continente. Raul Hilberg (1961), el cual conocimos gracias al documental Shoah (Claude Lezman, 1985), en su libro: La destrucción de los judíos de Europa señala y critica que la preeminencia hasta el momento en el estudio del Holocausto de los testimonios, ha tergiversado los hechos. Por esta razón en su investigación decide no entrevistar a testigos sino sustentarse solo en documentos escritos para comprender cómo la burocracia de la Alemania nazi generó el genocidio. La realidad historiográfica a partir de los sesenta llevó a una diversidad de estudios, a una explosión de interpretaciones que dificulta el darle un nombre a la nueva etapa que nacía. La tendencia ha sido a llamarla “etapa estructuralista” la cual deja a Hitler como un líder débil frente a instituciones fuertes que lo terminaron controlando. Se pasó de una historia dominada por la voluntad del gran líder a un simple instrumento de procesos, estructuras y funciones. Aunque en dicha diversidad de estudios se impuso la rigurosidad metodológico y el apego al documento escrito que se inició en ese momento y que se mantiene hasta el presente. Kershaw en su segunda (1989) y tercera edición (1993) de su obra de 1985, incorpora la “historikerstreit” (“disputa de los historiadores”) de Alemania, que fue cuando el debate historiográfico salta de la Academia a la opinión pública. La misma fue un intento de unificación de la gran diversidad de perspectivas generadas desde los sesenta reduciendo el mismo a dos grandes visiones influenciadas por lo ideológico. La visión conocida como conservadora liderizada por Ernst Nolte y la “liberal” o de izquierdas donde destacó Jurgen Habermas. Nolte (1987) en La guerra civil europea, 1917-1945: nacionalsocialismo y bolchevismo, interpreta al nazismo como una reacción ante el terror de la amenaza de la Primera Guerra Mundial y el comunismo soviético. Al comparar y señalar que los campos de exterminio como Auschwitz eran una especie de imitación del GULAG soviético y otros genocidios, Habermas respondió que con esta afirmación se relativizaba el mismo por no hablar de una justificación. Para el filósofo el exterminio judío poseía tanto una “singularidad” (sus rasgos lo hacen único ante el resto de los genocidios de la historia) como la característica de ser un quiebre civilizatorio. Kershaw apoyó esta última posición aunque reconoce que existe una clara relación de la SGM con la Primera Guerra Mundial. Kershaw rescata del estudio estructuralista la idea que el Tercer Reich era un conjunto de organizaciones burocráticas que en buena parte ya existían en el Estado alemán (burocracia, ejército, gran capital industrial) a las cuales se le sumaron las que crearon las nazis (partido, SS, Gestapo). Todas ellas buscaban subsistir pero también acumular poder y determinar la toma de decisiones lo cual llevó a un sistema de poder caótico. No basta con este hecho para explicar la radicalidad de la guerra, de modo que Hitler tuvo que jugar un papel importante a través de su carisma e ideología. Esta es la tesis que presenta en los noventa con su concepto de “trabajar en dirección al Führer” la cual fue una especie de síntesis del debate pero que se dio en medio de nuevas visiones que nacían con el fin de la Guerra Fría. A las mismas dedicaremos nuestra próxima entrega resaltando también el tema del sistema internacional.
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