“Chafarotes” de la política
Escrito por Antonio José Monagas | X: @ajmonagas   
Sábado, 17 de Enero de 2026 07:33

altEl lenguaje es una forma de validar y consolidar la razón humana.

Por eso resulta mejor darle rienda al pensamiento convertido en palabra, que vivir la pena de restarle fuerza a la palabra. Es así como la riqueza del vocabulario revela la fuerza que hace al hombre capaz de volar por encima de las circunstancias.

Pero de las circunstancias que atoran las ideas. Sobre todo, de aquellas que, por obtusas, quedan revistiéndose de sueños imposibles de alcanzar. O cuando no son descriptoras de la verdad, de sentimientos y de valores que guían la vida en su acepción más edificante y positiva.

 

Más del concepto suscrito

Igual sucede con la palabra expuesta y brindada desde la política. Es así, siempre y cuando el lenguaje de la política no contraríen los hechos. Aunque ceñirse a tanta exigencia, pareciera contravenir la tendencia que sigue el ejercicio de la política. Precisamente, he ahí el momento conveniente para acudir a palabras que aún cuando pueden no sembrar terror alguno, su significado es más elocuente que cualquier esquema retórico que apunta a declarar compromisos sólo con el propósito de hacer proselitismo “del barato”.

Repetidas veces, la política (gubernamental) se abruma de sonidos que no se compadecen con el ruido de la calle. Particularmente, cuando esa calle actúa como mecanismo resonador de lo que la gente comenta en medio de sus dolores, desesperanzas y temores. O mejor aún, cuando la calle sirve de estamento potenciador de los problemas que aquejan a un pueblo.

La política no siempre funge como el arte que traduce las esperanzas que surcan tramos de la historia de una nación. Muchas veces, o casi siempre, el ejercicio de la política acusa un comportamiento sórdido. O sea, una conducta incapaz de apiadarse de las necesidades que afronta el adversario. Particularmente, cuando el poder político reposa en las manos de autócratas cuyo estilo de gobierno sigue pautas elaboradas a instancia de realidades que no son las que incumben a sus conveniencias y preferencias. Es decir, las que confronta quien vive la causa desviada de politiquero de oficio.

 

Algunas conclusiones

En el fragor de tan pervertidas situaciones, el lenguaje de la política tiende a convertirse en el lenguaje de politiquero. Antes de utilizar la palabra, busca acicalarla. Pero no con expresiones que denoten valores morales, ni tampoco principios de justicia. Mucho menos, compromisos que reflejen libertades como criterio de praxis democrática. Generalmente, estos personajes, revestidos de acentuados símbolos de autoridad para lucir el poder que detentan, presumen lo que no son pues tampoco tienen nada que hacer notar. Salvo su afán de enquistarse en el poder.

Sus discursos son piezas de la peor elaboración idiomática. Son cargas de vulgaridades, expresiones altisonantes de desprecio, insulto y de intimidación. Y cuando aducen alguna palabra que pueda lucir rebuscada, es sencillamente señal de falsedad y de hipocresía.

Por eso, toda nación dirigida por la perspicacia de personas cuyas mentes están intoxicadas de poder es un espacio condenado a vivir la opresión como razón y resultado de cuanta ruindad consiga algún activista político acariciar en su enfermizo pensamiento. Suele decirse que estos figurones de la política, son transitorios representantes de una sociedad a la sombra, de la oscuridad. Son chafarotes o personas sin instrucción probada, sin inteligencia demostrada, sin moral puesta a prueba y sin ética como soporte de vida. Son “chafarotes” de la política.


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