El Estado animizador
Escrito por Luis Barragán | X: @luisbarraganj   
Lunes, 02 de Marzo de 2026 01:40

altTodo un artefacto verbal, versamos sobre una acción, condición y proceso de intensa difusión de la anomia por el Estado

específicamente venezolano que hace de la incertidumbre un poderoso mecanismo de control social.  El discurso de poder sostenido y profundizado en el presente siglo, no sólo ha incentivado aquellas conductas que alteran o violentan la convivencia social, sino que ha contaminado gravemente el sentido común al tratar de normalizarlas.

Así las cosas, por complejos y persistentes que sean los problemas fundamentales del país, apenas uno de ellos tendrá resonancia de opinión y, al agotarse, será sustituido por el otro ya que el objetivo es polarizar a todo evento, perdiendo los matices. Después de la ley de amnistía, excepto alguna materia sorpresiva, le corresponderá el turno al aumento nominal de salarios y bonos porque resulta demasiado complicada la pública discusión del daño laboral, su reparación social e indemnización económica en el contexto de un modelo económico alternativo.

Permaneciendo indiferentes las autoridades correspondientes que también incumplen la normativa legal, luce definitiva nuestra resignación al imperio que ejercen los motorizados en calles, avenidas y autopistas, circulando y estacionando en las aceras para la principal desgracia de niños y ancianos. A este ejemplo de anomia social, se suma su equivalente en la descomposición del discurso político que no tiene la fuerza necesaria de una demanda ciudadana, entre otros motivos, por la supuesta inminencia de unos comicios presidenciales, regionales y municipales que entretienen, aunque todavía es necesario y urgente bregar por la transición que no ha comenzado.

El Estado desea multiplicar los agentes de una peligrosa anomia política que nos haga empedernida y absurdamente iliberales, relativizando los principios republicanos más básicos para torpedear e impedir la indispensable unidad opositora que la haga real y eficazmente competitiva. Solemos olvidar que hay una foucaultiana dimensión pastoral del poder, individualizante, redentora, invasiva y atomizadora, frente a la más convencional del poder soberano, formal, abstracto, normativo y colectivo.

Importa atajar el proceso de disolución social denunciado con  astante antelación, por lo menos,  desde finales de la centuria anterior ante la indiferencia generalizada de propios y extraños. E incluir, en las tareas unitarias de la oposición responsable, una  intensa campaña a favor de la autodisciplina de una sociedad que debe contrarrestar los efectos del Estado anomizador para ganar conciencia, responsabilidad y la misma transición política que aspira hacer legítimamente suya.

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