Desarmar el lenguaje
Escrito por Ramón Guillermo Aveledo | @aveledounidad   
Miércoles, 04 de Marzo de 2026 01:29

altQue nos dispongamos interiormente a escuchar nos pide el Papa León XIV.

Estos cuarenta días son de preparación en la reflexión. Consejos pertinentes más allá de la cristiandad. Bien haríamos en leer con atención sus palabras humildes y densas.  Cuaresma en dimensión comunitaria. Que el ayuno y la abstinencia no sean sólo de ciertas comidas e incluya abstenerse de palabras y acciones que lastiman, de gestos y comentarios que hieren a los demás.

Nos llama a “desarmar el lenguaje”, un sano ayuno de la lengua y me parece que también del teclado. A medir las palabras, a renunciar de las hirientes y del juicio inmediato ahora tan frecuente y que fácilmente puede ser temerario y más bien prejuicio.

Somos carne, huesos y mente, pero no solo eso, también somos sentimientos. Entendamos y respetemos los sentimientos ajenos como esperamos que los demás nos entiendan y respeten. Pero cuando los sentimientos son el centro del debate, estamos ante un problema muy difícil de resolver y la política está para resolver los problemas, no para agravarlos o manipularlos en beneficio propio.

Las antipolíticas son reticentes a desarmar el lenguaje y mucho menos los ánimos. Es comprensible, viven de eso.  Característicamente dogmáticos, los extremos se alimentan mutuamente. Más que ideologías, que pueden serlo, se trata de actitudes. Como en aquel libro breve y lúcido de Maynaud y Lancelot, factores diversos confluyen en la formación de temperamentos políticos que desbordan el dualismo izquierda-derecha. Si a partir de dos ejes, el vertical de autoritario a democrático y el horizontal de radical a conservador, vemos cómo se posicionan las actitudes de más duras y por eso más sectarias a más moderadas y por eso más tolerantes. La gama, se comprenderá, es mucho más amplia y diversa que la bipolaridad rígida y en consecuencia más exigente de la necesidad de articular consensos y coaliciones. 

Nietzche hablaba del resentimiento, como generador de un sistema moral basado en el sufrimiento y la rabia. No pocos han sido en la historia, tristemente, los casos de estrategias del resentimiento vengativo, tampoco ha sido leve ni escaso el daño causado, daño con acción prolongada en cuanto a sus secuelas duraderas. 

Las antipolíticas dictan sentencias desde una pretensión de supremacía moral que se atribuye autoridad normativa, lo que lo hace intrínsecamente excluyente. Con arrogancia, se mira a los demás desde arriba. Se les juzga sumariamente y se les condena. Las imitaciones avergüenzan. La moderación que no es equidistancia, sino procura de atemperar las pasiones priorizando la comprensión de la realidad para intentar obrar en ella en dirección al bien común es tachada de tibieza.

La simplificación es siempre más fácil, la virulencia se aferra a ella y al “estás conmigo o contra mí”, pero la realidad es mucho más compleja y también más rica. Reta nuestra inteligencia y pide más de nuestra voluntad.

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