La brillante sensibilidad en el pensamiento de Rigoberto
Escrito por Dr. Abraham Gómez | X: @fabrahamgr   
Domingo, 25 de Enero de 2026 01:17

altApreciar las ideas o creencias opuestas a las nuestras se ha vuelto en los últimos tiempos, como es bien sabido, un asunto de escasísimo uso.

Igualmente, trenzar una productiva discusión que incentive   y fortalezca el disenso fértil se ha convertido poco menos que en una extravagancia.

Nuestro elogiado epistemólogo venezolano Rigoberto Lanz cultivó a lo largo de su existencia dos grandes virtudes, la tolerancia y el respeto.

Admitía, el reconocido profesor universitario, con deferencia absoluta, todas las opiniones que provenían en sentido opuestas a la suya; al tiempo que procuraba aprehender una arista aprovechable de cada palabra antagónica proferida, para hacer brotar inmediatamente, desde su proverbial intuición –y formación académica-- una síntesis superadora de ideas.

Hacía una ilación (sin h) con la opinión que escuchaba; a partir de allí, él colocaba la suya en contrario; y percibíamos la que afloró producto de tal juntamiento (Dialéctica hegeliana, tal vez).

¿Qué Resultado se obtenía de tal estrategia y de este hermoso polémico entramado?

 Cada quien quedaba satisfecho y crecía intelectualmente.

Hemos conseguido, en nuestra vida universitaria, muy pocas personas como el maestro Lanz; quien tenía una grácil y elegante manera de “construir elucidaciones en caliente”.

Respondía sin titubeos; porque, sabía calibrar la superficialidad y/o profundidad de su discurso, conforme al contexto donde se encontraba.

Pensaba sobre la marcha elementos metonímicos (designar una cosa por otra, que guardan cierta relación semántica) para reforzar lo que deseaba decir.

Habiéndonos conseguido siempre en parcelas ideológicas distantes, disfrutábamos sin limitaciones con una sana confrontación de criterios, que las adversidades en sí mismas provocan.

Ciertamente, él había sido un digno problematizador.

Nos incitaba al debate; y si las cosas habían quedado inconclusas, impulsaba al diálogo mucho más escrutador.

Rigoberto hacía de los espacios académicos su ambiente de regusto, sin llegar jamás a la domesticación.

Poseía y asumía la natural cualidad de no dejarse encallejonar ni adocenar en corrientes de pensamientos inconsistentes. Los mandaba bien largo al cipote.

Cuánto orgullo haber disfrutado de su sincera amistad; creada, cultivada y proyectada en base a los constantes intercambios de opiniones abarcativas de las insondables parcelas de la realidad.

Abonaba, siempre, en diálogos auténticos para engrandecer nuestra confianza y afectos.

Bastó su sola invitación para intercambiar ideas; entonces, de esta manera sincera y legítima se hizo nuestro ductor en el doctorado en ciencias sociales de la UCV e impulsor de los seminarios del Centro de Investigaciones Postdoctorales (CIPOST), en “la casa que vence las sombras”, donde participamos.

Lo invitamos, cordialmente, a dictar una conferencia en Tucupita, para cursantes de posgrado.

En el precitado evento, Rigoberto no tuvo recato en exponer que la vía que consideraba más expedita para constituir la Universidad para el presente tramo civilizatorio, en tiempos de incertidumbres, era mediante el caos. Y así lo expuso, de modo explícito, con la mayor claridad:

“Considero que sólo caóticamente se puede transformar a la universidad; es decir por irrupción, por movimientos inesperados…Por el aleteo de una mariposa que provoque un huracán, es decir por el planteamiento de ideas como las que se están presentando en este foro que pueden generar los cambios que revuelvan a la universidad”.

Con fuerza y autoridad lo dijo; por cuanto, le confería a la Universidad un carácter de sistema sensible, extraordinariamente dinámico.

No se constreñía para explayar lo que consideraba justo y apropiado.

Rigoberto abrigó, hasta sus últimos días, la aspiración a la Universidad transformada a partir de la cotización que insurgiera de su interioridad; aunque produjera resistencia de algunos y causara vértigos en otros.

En la medida en que uno va leyendo y releyendo la prolija obra de Rigoberto, se le van construyendo nuevas imágenes; renacen derivas de criterios y desafíos para estructurar -por la vía del libre albedrío- categorías para intentar discernir lo que había quedado a un costado del camino.

Basta leer y analizar cualquier párrafo de alguno de sus textos para pesquisar su exclusiva densidad y perspectiva:

 “Las prácticas discursivas comienzan como información, conocimiento, saberes y alocuciones. Estos momentos tienen sus propios requerimientos cognitivos. Los saberes son constelaciones de conocimientos acotados en un cierto tiempo, portados en determinadas prácticas, articulados a configuraciones valóricas en atención a los contenidos históricos de cada coyuntura. Estos saberes traducen casi siempre estrategias de poder cruzadas por los intereses de actores sociales específicos”. (Las palabras no son neutras. Glosario semiótico sobre la posmodernidad. Monte Ávila. Faces. UCV. 2005)

Rigoberto supo atrincherarse de un pensamiento insondable y apropiado para la necesaria confrontación intelectual, en estos tiempos de descalabros de “pisos sólidos” (G. Vattimo) y valores inaugurados por el proyecto de la Modernidad ilustrada.

El maestro Lanz nos recordaba, con insistencia como anécdota, que si acaso emergía alguna filosofía seria en América Latina no nacería precisamente a partir de los filósofos, sino por voluntad de los literatos.

Aún escuchamos la constante prédica de Rigoberto ante las hipocresías (“babosadas”, las llamaba) de quienes pretendían hacer saber que lo estaban cambiando todo.

Es preferible la restauración de un viejo pensamiento fundado en nuevo modo de pensar que la fantasía de los nuevos pensamientos que ocultan la misma vieja manera de pensar”

Eternamente orgullosos de ti, Rigoberto; porque nos enseñaste a dudar hasta de lo que nos enseñabas.

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