| Groenlandia: la última transacción y el desmontaje del orden mundial |
| Escrito por Douglas C. Ramírez Vera | @AccHumGremial |
| Sábado, 24 de Enero de 2026 00:29 |
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donde las naciones son activos y los pueblos, accesorios negociables. Esta no es una distopía futurista, sino la lógica que late tras la propuesta de comprar Groenlandia: un gesto que desnuda la voluntad de reducir siete décadas de orden internacional a una transacción inmobiliaria, derritiendo no solo el hielo ártico, sino los cimientos mismos de la soberanía, la alianza y el derecho a decidir el propio destino.
Un capricho que revela una fractura En un mundo que muchos imaginaban globalizado y post-soberanista, Groenlandia emerge como un recordatorio contundente de que la geografía, los recursos y la estrategia militar siguen definiendo las relaciones internacionales. La enorme isla ártica, cubierta en un 80% por hielo y habitada por apenas 57.000 personas, ha vuelto a ocupar titulares no por su deshielo acelerado —una tragedia climática de dimensiones planetarias— sino porque un expresidente estadounidense la concibió como un bien transable en el mercado geopolítico. La propuesta de Donald Trump de "comprar" Groenlandia, inicialmente recibida con burla y perplejidad, ha revelado ser mucho más que una extravagancia presidencial. Es el síntoma más puro de un proyecto político que busca nada menos que el desmontaje sistemático del orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Lo que parecía un capricho anacrónico se revela como la punta de lanza de una estrategia consciente: utilizar gestos de fuerza unilateral para erosionar los pilares del multilateralismo —la OTAN, la ONU, el respeto a la soberanía— y reemplazarlos con un sistema de lealtades bilaterales y transacciones donde Estados Unidos negocie desde una posición de fuerza absoluta. Este artículo argumenta que el caso Groenlandia debe leerse en tres niveles simultáneos: como expresión de la visión personal y anacrónica de Trump, como táctica de negociación de shock, y, más profundamente, como ensayo general para un nuevo tipo de orden mundial del siglo XXI, uno que no busca colonias formales sino esferas de influencia exclusivas y una gobernanza global personalista. El desenlace no es solo sobre el futuro de una isla remota, sino sobre la arquitectura misma que ha mantenido una paz relativa entre potencias durante décadas.
I. Contexto Histórico: De Bastión de la Guerra Fría a Premio Geopolítico Para entender la dimensión estratégica de la obsesión trumpista, primero debemos reconocer que la importancia de Groenlandia no es un invento reciente. Su valor es casi exclusivamente geográfico, y como tal, permanente. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tomó el control preventivo de la isla para evitar que la Alemania nazi estableciera bases que amenazaran el flujo de suministros a través del Atlántico Norte. Este fue el primer acto de una relación estratégica que se profundizaría durante la Guerra Fría. Groenlandia se convirtió en un eslabón crucial del sistema de defensa occidental: la base aérea de Thule, establecida en 1951, albergó radares de alerta temprana contra misiles soviéticos y fue vital para el seguimiento de submarinos en el llamado "hueco" Groenlandia-Islandia-Reino Unido, una puerta naval crítica entre el Ártico y el Atlántico. Hoy, con el deshielo ártico abriendo nuevas rutas comerciales y facilitando el acceso a recursos antes inalcanzables, Groenlandia vuelve a ser un punto neurálgico. Su ubicación entre Norteamérica y Europa, a tiro de piedra de los estrechos que conectan el Ártico con el Atlántico Norte, la convierte en un territorio codiciado para operaciones militares, vigilancia y proyección de poder. El Congreso de EE.UU. ha ordenado la localización de un nuevo puerto estratégico en el Ártico, para lo cual varios emplazamientos groenlandeses son candidatos principales. El statu quo, por tanto, ya favorecía ampliamente los intereses estadounidenses mediante acuerdos con Dinamarca, un aliado de la OTAN. Esta es la primera paradoja: Trump buscaba comprar lo que ya tenía acceso garantizado.
II. El Tablero de Poder Contemporáneo: Rusia, China y la Autonomía Frágil La revalorización de Groenlandia no ocurre en el vacío, sino en un contexto de competencia triangular renovada. Tres actores pugnan por influencia, cada uno con sus propias cartas: Rusia ha ejecutado el rearme más significativo en el Ártico desde la Guerra Fría. Ha reabierto bases soviéticas, modernizado su flota de submarinos nucleares (clave para disuadir a EE.UU.) y construido instalaciones como la base aérea de Nagurskoye, que será la más septentrional del mundo. Según inteligencia danesa, desde Nagurskoye, cazas rusos podrían atacar la base de Thule, creando una brecha en el sistema estadounidense de alerta temprana. Aunque gran parte de estas capacidades son defensivas (proteger el deshielo de sus aguas territoriales y la Ruta del Mar del Norte), tienen un claro potencial ofensivo que Estados Unidos no puede ignorar. China, por su parte, avanza con la estrategia paciente del poder blando y las "inversiones de doble uso". Empresas estatales chinas han mostrado interés en proyectos mineros (incluyendo tierras raras), en comprar una antigua estación naval e incluso en construir una estación receptora de satélites. La oferta de la China Communications Construction Company para construir los nuevos aeropuertos de Groenlandia hizo sonar todas las alarmas en Washington, llevando al entonces secretario de Defensa Jim Mattis a advertir a Dinamarca sobre las implicaciones de seguridad. China comprende que en una economía tan pequeña y dependiente como la groenlandesa, quien controle la infraestructura crítica obtiene una palanca de influencia política desproporcionada. Su objetivo no es la soberanía, sino la dependencia estratégica. Dinamarca y Groenlandia navegan esta tormenta con una gobernanza dividida y aspiraciones contradictorias. Dinamarca controla la política exterior, seguridad y defensa, pero Groenlandia goza de autonomía amplia en transporte, recursos y asuntos internos. Copenhague debe equilibrar su alianza inquebrantable con Washington, su pertenencia a la UE y el creciente impulso independentista de los groenlandeses. Este último punto es crucial: la independencia es un proyecto ampliamente compartido por la población local y casi todos los partidos políticos. Como declaró tajantemente la primera ministra danesa Mette Frederiksen: "Groenlandia no está en venta. Groenlandia no es danesa. Groenlandia pertenece a Groenlandia". La ley danesa reconoce a los groenlandeses como un pueblo con derecho a la autodeterminación y establece el camino a la independencia. Cualquier transacción que ignore esta voluntad está condenada al fracaso político y moral.
III. La Psicopolítica de la Compra: Ego, Legado y Nostalgia Imperial ¿Por qué, entonces, Trump insistió en una idea tan evidentemente inviable, costosa y ofensiva? La respuesta no se encuentra en la racionalidad estratégica o fiscal, sino en la psicología política de un líder que opera con una cosmovisión particular. En primer lugar, Trump encarna una visión anacrónica y profundamente transaccional de la geopolítica, resumida en su lema "America First" y su libro "El Arte de la Negociación". Para él, las naciones son corporaciones, los territorios son activos y la soberanía es un precio en una etiqueta. Groenlandia, en su imaginario, se presentaba como el "último gran terreno disponible", un activo subvalorado que Estados Unidos podía adquirir para aumentar su patrimonio nacional, tal como un magnate compra un competidor. Su comentario de que la quería porque era "enorme en el mapa" revela una mentalidad literalmente cartográfica y superficial del poder, desprovista de toda comprensión histórica, cultural o social. En segundo lugar, operaba la búsqueda de un legado imperial personal. Trump admiraba abiertamente a presidentes expansionistas del siglo XIX como James K. Polk, quien duplicó el tamaño territorial de EE.UU. mediante la guerra contra México. Colgar su retrato en la Oficina Oval no era decoración; era una declaración de intenciones. En su segundo mandato, con el reloj de la historia en cuenta regresiva, Trump buscaba desesperadamente un hito que lo equiparara a esas figuras. La adquisición pacífica (o forzada) del territorio más grande desde la Compra de Alaska en 1867 habría sido, en su mente, el logro definitivo, la prueba tangible y fácil de comunicar de que había hecho a Estados Unidos "más grande" en el sentido más físico y primitivo. Era un pro Finalmente, existía un impulso de momentum belicista. Analistas sugieren que la escalada en su segundo mandato pudo estar alimentada por éxitos percibidos en operaciones de fuerza de alto perfil y frustraciones por operaciones abortadas. Esto creó una necesidad psicológica de canalizar ese impulso "victorioso" hacia otro gesto grandioso y unilateral. Groenlandia ofrecía un objetivo que combinaba la retórica de seguridad nacional (frente a Rusia y China) con la satisfacción personal de un acto de posesión territorial.
IV. La Gran Estrategia del Desorden: Groenlandia como Cuña Sin embargo, reducir la pretensión a un capricho personal sería subestimar su peligrosidad estratégica. El caso Groenlandia es, en realidad, una pieza maestra en una estrategia más amplia de desmontaje creativo del orden internacional. Trump no cometió un error diplomático al amenazar a un aliado; ejecutó una táctica calculada. 1. El ataque a la OTAN: Soberanía como Commodity.
2. El Mensaje a la ONU: Hacia un Unilateralismo Asistencialista.
3. La Estrategia del Caos Controlado.
Esta no es incompetencia; es una metodología. Crear crisis, generar volatilidad financiera y diplomática (como se vio con la amenaza de aranceles del 25%), y luego aparecer como el único que puede ofrecer una "solución" a través de un acuerdo personalizado, del cual él es el arquitecto y garante. El "marco de acuerdo" de Davos, vago pero presentado como una victoria, es el producto final de esta fábrica de crisis: una concesión obtenida bajo coacción, que refuerza la narrativa de su poder negociador único. V. La Alternativa del Compromiso: Un Camino desde la Razón y el Respeto Frente a esta lógica de confrontación y desmontaje, existe un camino alternativo, más inteligente, sostenible y ético. Como argumenta el primer análisis, una estrategia de "compromiso trilateral" podría generar una situación de ganar-ganar-ganar para EE.UU., Dinamarca y Groenlandia, asegurando los intereses estratégicos estadounidenses sin dinamitar alianzas ni pisotear aspiraciones nacionales. Esta estrategia descansa en tres pilares de bajo costo y alta legitimidad:
Esta vía reconoce las aspiraciones groenlandesas. Su deseo no es el rechazo a EE.UU., sino una relación de socio igual, especialmente sensible dado su historial de decisiones tomadas sobre sus cabezas durante la Guerra Fría (desplazamientos forzosos, armas nucleares secretas). Los gobiernos groenlandeses han manifestado que una Groenlandia independiente buscaría unirse a la OTAN y tener a EE.UU. como socio natural. El objetivo estadounidense, por tanto, no debería ser poseer al socio, sino fortalecerlo para que elija libremente la alianza correcta.
VI. El Manual de Groenlandia: Soberanía para los Pequeños en la Era de los Gigantes La lección final de este episodio trasciende por completo el hielo y el silencio del Ártico. Groenlandia no es una anomalía; es el paradigma de la vulnerabilidad estratégica en el siglo XXI. Su dilema —ser codiciada, presionada y negociada por potencias que ven su territorio como un activo y a su pueblo como una variable secundaria— es el mismo que enfrentan decenas de naciones pequeñas y medianas desde el Pacífico hasta el Caribe, desde el Báltico hasta el Índico. Por eso, las recomendaciones que surgen de su experiencia no son solo para Nuuk, sino un manual de supervivencia soberana para cualquier país que se mire en el espejo de un mundo repartido entre gigantes. Frente a la lógica depredadora de las grandes potencias —ya se exprese como compra directa, dependencia económica impuesta, infraestructura con doble uso o presión militar sutil— la alternativa no puede ser ni la sumisión ni el aislamiento ingenuo. Debe ser una estrategia de soberanía inteligente, activa y multidimensional, construida sobre cuatro pilares: 1. La Diversificación como Doctrina de Defensa Nacional. Ninguna economía pequeña puede permitirse depender de un solo socio, por generoso o estable que parezca. La apertura groenlandesa a inversiones chinas surgió, como reconocen sus analistas, de la ausencia de alternativas, no de una afinidad ideológica. La lección es clara: la autonomía se construye tejiendo redes de cooperación múltiples, cruzadas y redundantes. Esto significa cultivar alianzas no solo con un polo hegemónico, sino con potencias medianas, bloques regionales y consorcios internacionales temáticos (climáticos, tecnológicos, sanitarios). El objetivo es que ningún actor externo tenga la llave única de tu desarrollo o seguridad. La dependencia distribuida es la única independencia posible. 2. Infraestructura con Soberanía Incorporada. Rechazar toda inversión extranjera es una sentencia de estancamiento; aceptarla sin salvaguardias es una sentencia de dependencia perpetua. El arte de la soberanía contemporánea está en el diseño legal y técnico de los proyectos críticos. Cuando un país pequeño acepta financiación para un puerto, una red 5G o una planta energética, los marcos contractuales deben garantizar que el control operativo, la propiedad de los datos, la jurisdicción legal y la capacidad de decisión estratégica permanezcan en manos nacionales. Se trata de recibir el capital sin entregar las llaves, de asegurar que lo que se construye en el territorio sirva primero al interés nacional, no al estratégico del inversor. 3. La Institucionalidad Multilateral como Escudo. Para una nación pequeña, las reglas, los foros y los tribunales internacionales no son burocracia distante: son su campo de nivelación. Un gigante puede imponerse por peso bruto; un pequeño solo puede imponerse por la fuerza de la ley y la legitimidad colectiva. Fortalecer el derecho internacional, los mecanismos de arbitraje de inversiones, los sistemas de rendición de cuentas globales y las alianzas de defensa colectiva como la OTAN (para quienes están en ella) es multiplicar por mil el poder de negociación. Es pasar de ser un objeto pasivo de la geopolítica a ser un sujeto con herramientas para defender sus derechos y sus fronteras en igualdad de condiciones. 4. La Narrativa como Activo Estratégico Final. Groenlandia logró, contra todo pronóstico, que el mundo hablara de su derecho a decidir. Convirtió su aparente debilidad —el tamaño pequeño, la lejanía— en una plataforma de autoridad moral. Los países pequeños deben cultivar y proyectar narrativas potentes que los hagan indispensables, y por tanto, intocables. Ya sea como custodios de biodiversidad global, laboratorios de innovación social y verde, puentes diplomáticos neutrales en conflictos ajenos, o guardianes de rutas marítimas y corredores digitales. Su poder blando, su historia única y su valor simbólico son parte de su disuasión. Cuando tu existencia es valiosa para el sistema, el sistema tiene interés en protegerte. Conclusión del Manual: Lo que Groenlandia enseña al mundo es que, en el siglo XXI, la verdadera independencia ya no se declama en un discurso; se diseña, cláusula por cláusula, en cada contrato de inversión, cada tratado de defensa y cada intervención en los foros globales. La soberanía ha dejado de ser un estado fijo para convertirse en un proceso dinámico de gestión de vulnerabilidades y aprovechamiento de oportunidades en un sistema multipolar. Para un país pequeño, la única postura viable frente a la lucha por la hegemonía mundial no es elegir un bando, sino volverse legítimo, útil y conectado para todos, y manejable para ninguno. Es convertir la vulnerabilidad en ventaja, la agilidad en fuerza, y la voz clara en un instrumento de poder. Groenlandia, al resistir ser comprada, nos recordó a todos que incluso el actor más pequeño, cuando defiende su derecho a existir en sus propios términos, está defendiendo el principio que sostiene a toda la comunidad internacional: que el poder, por muy grande que sea, debe tener límites. Y que el primer límite es la voluntad de un pueblo que se niega a ser una simple línea en el balance de otro.
Epílogo: El Mapa de Orwell y la Línea que no se Dibuja Al cerrar este análisis, una imagen literaria persiste y lo esclarece todo: el mapa de Orwell. En *1984*, George Orwell describe un mundo perpetuo de guerra entre tres superestados, donde las fronteras se redibujan constantemente en los mapas de propaganda, no para reflejar una realidad territorial, sino para ejercer un control absoluto sobre la mente de los ciudadanos. El mapa, en la distopía orwelliana, no describe; ordena. Es la representación gráfica de un poder que decide qué existe y qué no, qué es legítimo y qué es ilegítimo, qué pueblo merece ser nombrado y cuál puede ser borrado en la siguiente edición. La pretensión de comprar Groenlandia fue, en su esencia más pura, un acto orwelliano aplicado a la geopolítica del siglo XXI. No respondía a una necesidad estratégica imperiosa (el acceso ya estaba garantizado), ni a una racionalidad económica (los costes superaban con creces cualquier beneficio). Respondía al deseo de redefinir la realidad mediante un gesto cartográfico: tomar un mapa del mundo, borrar la frontera que define a Groenlandia como territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, y trazar una nueva línea que la anexara a Estados Unidos. En esta lógica, el territorio y sus 57.000 habitantes no eran una comunidad con historia, cultura y derechos; eran un espacio en blanco a rellenar, un activo a trasladar de una columna contable a otra. Este impulso no murió con el “marco de acuerdo” de Davos. Se metastatizó en la arquitectura paralela de la “Jun de Paz”, una institución diseñada para redibujar el mapa institucional del mundo, creando un canal de poder fuera de la ONU donde la voluntad estadounidense pudiera operar sin los inconvenientes del multilateralismo. Es el mismo principio: si la realidad (en este caso, el orden institucional existente) no se adapta a tus objetivos, no la negocias; produces una nueva realidad en un mapa alternativo y exiges que el mundo la reconozca. Frente a esta lógica orwelliana, la resistencia groenlandesa —desde el “no está en venta” de la primera ministra danesa hasta la firmeza silenciosa de sus instituciones— se revela como un acto profundamente anti-orwelliano. Es la afirmación de que el mapa debe seguir a la realidad, no crearla. Que las líneas en el papel deben reflejar verdades materiales: la de un pueblo que habita un territorio, la de una voluntad colectiva, la de un derecho a la autodeterminación reconocido por el derecho internacional. Es decirle al cartógrafo del poder: “Tu lápiz no tiene autoridad sobre nuestro contorno. Nuestra línea en el mapa la escribimos nosotros.” Ahí reside la lección final, más allá de Groenlandia, para todos los pueblos y naciones que se miran en este espejo: El “mapa de Orwell” sigue siendo dibujado diariamente en mesas de estrategia, en discursos de poder y en proyectos de instituciones paralelas. Pero Groenlandia, con su hielo antiguo y su voluntad joven, nos recuerda que cada vez que un pueblo pequeño se niega a ser borrado o redibujado, no solo defiende su tierra. Defiende el principio de que algún día, quizás, los mapas volverán a ser instrumentos para describir el mundo, y no para imponerlo. Esa es, quizás, la última frontera que vale la pena trazar: la que separa la geografía del poder de la geografía de la dignidad. Y en esa línea, aunque sea delgada como el trazo de un lápiz sobre el hielo, aún cabe la esperanza.
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