¿Puede un ateo creer en el misterio pascual?
Escrito por Iesus Markanus   
Sábado, 04 de Abril de 2026 08:37

altLa figura del ateo suele asociarse a una aceptación estoica de la finitud: la muerte es un muro biológico definitivo y las leyes de la termodinámica son la última palabra de un cosmos indiferente.

Sin embargo, para Quentin Meillassoux , esta visión positivista no es realmente atea, sino una forma de teología disfrazada.

Al creer en la necesidad de las leyes naturales —en un orden eterno e inmutable—, el positivista realiza un postulado implícito de un Dios legislador, una "Razón" (Logos) que garantiza que el mundo no se desmorone, pero que al mismo tiempo es pasivo e indiferente al destino humano. Un ateísmo verdaderamente radical debe, por el contrario, renunciar a toda fe en el orden y abrazar la contingencia absoluta.

Paradójicamente, este ateísmo radical de la contingencia legitima la decisión libre, pragmática y existencial de abrazar la esperanza pascual. Mientras que el "pseudo-ateo" mecanicista clausura la realidad en un "esto es lo que hay", el ateo radical la abre, si quiere, a un "esto puede potencialmente llegar a ser radicalmente diferente".

Si el universo es un Hiper-Caos sin leyes necesarias, el futuro no está escrito en las ecuaciones del presente; la resurrección no es entonces la intervención de un Creador, sino un evento que el azar absoluto podría producir en un futuro sin fecha.

La reorganización de la materia en una forma de justicia definitiva permanece como una apertura real del tiempo, permitiendo que la esperanza se libere de su dependencia del teísmo tradicional para convertirse en una opción pragmática y soberanamente libre.

En este marco, la oración y el ritual no desaparecen, pero sufren una transmutación funcional profunda. Ya no son peticiones dirigidas a una Providencia que escucha, sino herramientas psicológicas de auto-motivación útiles para sostener la tensión hacia lo radicalmente otro. El ritual se convierte en un ejercicio de "recordatorio de la posibilidad", una gimnasia mental necesaria para no sucumbir al cinismo o al nihilismo del presente. Al final, este camino no nace de la obediencia, sino de la audacia racional de quien sabe que, en un caos sin leyes necesarias, la última palabra nunca está dicha.

El misterio pascual se vuelve así el nombre de una libertad ontológica: la certidumbre de que el desierto de hoy no dicta el paisaje del mañana. Es un ateísmo lo suficientemente valiente para aceptar un mundo sin Dios, pero lo suficientemente humano para reclamar que el universo, en su locura infinita, sea capaz de producir uno.

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