El incidente de los uniformes yanquis que puso a La Guaira bajo amenaza de bombardeo
Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua   
Sábado, 30 de Agosto de 2025 00:00

altEn plena guerra civil, con el país convertido en un hervidero de batallas, traiciones y lealtades volátiles, ocurrió un episodio que rozó lo tragicómico

y, sin embargo, reveló hasta qué punto la debilidad institucional podía derivar en una crisis internacional. Fue el día en que unos soldados venezolanos, derrotados y harapientos, se toparon con los relucientes uniformes de marines estadounidenses tendidos al sol... y los tomaron como botín.

Este insólito episodio no pertenece al folklore ni a la exageración oral: fue documentado por el corresponsal de guerra y fotógrafo norteamericano William Nephew King Jr., quien acompañaba al Escuadrón del Atlántico Norte durante la Revolución Legalista de 1892. Su testimonio, recogido en el libro Recuerdos de la Revolución en Venezuela, da cuenta de una escena tan absurda como reveladora sobre el clima de caos, dignidad trastocada y tensiones internacionales que se vivía en el país.


Cañones en el Caribe

La Revolución Legalista, encabezada por el general Joaquín Crespo, estalló como respuesta al intento del presidente Raimundo Andueza Palacio de prorrogar su mandato mediante una reforma constitucional forzada. En pocas semanas, Venezuela se convirtió en un hervidero: pueblos sitiados, ferrocarriles interrumpidos, soldados que desertaban o cambiaban de bando. El país, política y territorialmente, se fragmentaba.

La anarquía interna encendió alarmas en las cancillerías extranjeras. Se reportaron abusos contra ciudadanos de otras naciones, lo que llevó a potencias como Estados Unidos, Francia, Alemania y España a enviar buques de guerra para proteger a sus ciudadanos y bienes.

Frente al puerto de La Guaira se alinearon tres imponentes naves estadounidenses: el USS Chicago, el USS Concord y el USS Kearsarge, bajo el mando del almirante John Grimes Walker, comandante del Escuadrón del Atlántico Norte. Era la primera vez que Venezuela veía una flota de semejante calibre tan cerca de sus costas.

La tensión internacional era creciente. Estados Unidos había desplegado su flotilla con el propósito de vigilar y prevenir. En palabras de King:

“Actualmente el almirante Walker del Escuadrón del Atlántico Norte, se encuentra en camino, con tres buques de guerra, con el fin de garantizar que no se cometan abusos contra los derechos de los americanos. Estos buques son el Chicago, el Concord y el Kearsage.”


Las lavanderas del puerto

Mientras los cañones flotaban en la bahía, la vida cotidiana seguía su curso en tierra firme. Las lavanderas —mujeres humildes que lavaban ropa ajena en quebradas y riachuelos— asumieron la tarea de dejar impecables los uniformes blancos de dril de los marines estadounidenses.

Los camareros de los buques descendieron a tierra en busca de manos confiables. Las lavanderas, complacidas con el encargo, se organizaron rápidamente y extendieron las prendas limpias sobre piedras y arbustos junto al agua, donde el sol podía secarlas.


Los andrajosos y la tentación blanca

Ese mismo día, una columna de tropas gubernamentales —derrotadas por los legalistas— huía en dirección a La Guaira. Avanzaban desmoralizados, con los uniformes hechos jirones. Al pasar junto a la quebrada, vieron la ropa limpia brillando al sol como una provocación. No resistieron. Cayeron sobre ella.

Aunque podía parecer una simple picardía de guerra, la escena tenía implicaciones graves: se trataba de uniformes de marines estadounidenses, y frente al puerto los buques de guerra aguardaban, atentos.

“Una flota de buques de guerra bajo el mando del Almirante Walker ha sido enviada a Venezuela para brindar protección a los ciudadanos americanos. Sin embargo, las naves arribarán demasiado tarde para impedir todos los ataques o para proteger a nuestra bandera contra cualquier ofensa.” — William Nephew King Jr.

Las lavanderas intentaron detener el saqueo. Protestaron. Gritaron. Algunas fueron empujadas, haladas por los cabellos y arrastradas, otras golpeadas con peinillas. Los soldados, sin mayor contemplación, se apropiaron de cada prenda.

Al día siguiente, el espectáculo en La Guaira era grotesco: soldados venezolanos desfilaban con chaquetas relucientes sobre pantalones raídos; otros lucían pantalones blancos combinados con camisones rotos. Era una pasarela involuntaria del absurdo bélico.


El ultimátum

La noticia llegó al almirante Walker. Su reacción fue inmediata: amenazó con bombardear La Guaira si no se devolvían los uniformes sustraídos.

Las lavanderas, con temor y vergüenza, acudieron al puerto a relatar lo ocurrido. Pocas horas después, un bote partió con toda la ropa cuidadosamente doblada. Un oficial del gobierno subió al buque a ofrecer disculpas formales.

La ciudad respiró aliviada. El país evitó una catástrofe diplomática. Y los marines recuperaron su blanco impecable.

El episodio del robo de los uniformes no es solo una curiosidad pintoresca de la historia venezolana. Es un retrato de época: el choque entre el desorden criollo y la maquinaria diplomática de una potencia naval; la tensión entre la pobreza que improvisa y el poder que no perdona.

King lo registró no como una sátira, sino como advertencia: Venezuela estuvo a punto de ser bombardeada... por culpa de unos uniformes sustraídos que estaban tendidos al sol.

 

Fuente: William Nephew King Jr., Recuerdos de la Revolución en Venezuela, págs. 77–79. (Edición consultada: archivo digital, 2025).

 

Fotoleyenda: Lavanderas y soldados armados en La Guaira durante la Revolución Legalista de 1892. Al fondo se distingue la Casa Guipuzcoana. El conflicto, iniciado bajo el gobierno de Raimundo Andueza Palacio, culminó con su derrota y el ascenso de Joaquín Crespo

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