| Eleanor Roosevelt en Caracas: el diario que retrató a Venezuela desde la Casa Blanca de Phelps |
| Escrito por Luis Perozo Padua | X: @LuisPerozoPadua |
| Viernes, 27 de Marzo de 2026 07:53 |
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No es una llegada improvisada, sino el segundo acto de una relación que se ha consolidado apenas semanas antes, cuando Isaías Medina Angarita es recibido en la Casa Blanca por Franklin D. Roosevelt en enero de 1944, en plena guerra mundial. Ella estuvo allí. Ahora viene a ver. La recepción en La Guaira tiene nombres propios, como si se tratara de una escena cuidadosamente anotada en un cuaderno de campo: “A nuestra llegada, nos recibieron el Ministro de Relaciones Exteriores (Caracciolo Parra Pérez) y la Sra. María Luisa Osío Santana de Parra Pérez, así como nuestro Embajador Frank P. Corrigan y la Sra. (Elsie Natal Barrett) Corrigan. Viajé con el Ministro de Relaciones Exteriores y la Sra. Parra Pérez hasta Caracas”. No hay anonimato en su relato. Eleanor escribe con precisión de cronista. Registra a las personas, los cargos, los gestos. Y luego describe el tránsito hacia la capital con una mirada que combina asombro y método: “Es una carretera maravillosa, que serpentea entre las montañas ofreciendo vistas panorámicas del mar y las montañas, tanto arriba como abajo”. Ese ascenso desde La Guaira no es solo geográfico. Es simbólico: el paso de la costa al poder, del puerto a la capital, del tránsito a la escena política. Al llegar, no hay pausa. “Al llegar a la ciudad, fuimos directamente al Panteón, donde deposité una corona de flores en la tumba de Simón Bolívar. Es un edificio digno y hermoso, digno del gran libertador que yace rodeado de monumentos de otros patriotas venezolanos”. Eleanor no subestima el ritual. Entiende que Bolívar no es solo historia: es legitimidad. La ciudad que Eleanor recorrió Caracas aparece ante sus ojos como una ciudad en transición. No es la postal detenida en el tiempo que algunos podrían esperar, pero tampoco una metrópoli consolidada. Es algo intermedio, y ella lo describe con esa claridad que incomoda: “La parte antigua de la ciudad por la que pasamos es interesante, con algunas plazas y edificios públicos encantadores. Mucha gente vive en las afueras, donde las casas están rodeadas de hermosos jardines”. No hay juicio explícito, pero sí una lectura implícita: una ciudad fragmentada entre lo viejo y lo nuevo, entre el centro histórico y la expansión suburbana. Esa misma noche, Eleanor llega al lugar que se convertirá en el verdadero escenario de su experiencia venezolana: “Pasamos la noche en casa del señor William Phelps y su esposa Alicia Elvira Tucker… que es encantadora en todos los sentidos”. La residencia principal de William H. Phelps —la célebre “Casa Blanca”— estaba ubicada en la urbanización El Paraíso, a la altura de lo que hoy es el centro comercial Paraíso Plaza, en la avenida Páez. Ese dato, hoy preciso y verificable, permite entender que Eleanor no habitó un espacio abstracto de poder, sino un punto concreto de la ciudad, una dirección que todavía puede ubicarse en el mapa caraqueño. Y desde allí, observa.
El punto exacto de la historia La “Casa Blanca” de William H. Phelps, donde se hospedó Eleanor Roosevelt, estaba en la urbanización El Paraíso, en la avenida Páez, a la altura del actual centro comercial Paraíso Plaza. Ese lugar fue, durante días de 1944, el epicentro informal de la diplomacia hemisférica en Caracas.
Phelps, el anfitrión que representaba un país Para entender por qué Eleanor está en esa casa hay que entender quién es Phelps. No es solo un empresario. Es un constructor de modernidad. Llegado a Venezuela a finales del siglo XIX, formado en Harvard, decide radicarse definitivamente en el país y transformar su vida cotidiana. Introduce las máquinas de coser Singer y las máquinas de escribir Underwood —herramientas fundamentales para la burocracia moderna—, impulsa el Almacén Americano como símbolo del consumo urbano y distribuye automóviles Ford desde 1911. En 1930 funda Broadcasting Caracas, la primera emisora comercial de radio del país, marcando el inicio de la comunicación de masas en Venezuela. Pero también es científico, ornitólogo, explorador. Su figura combina empresa y conocimiento, capital y cultura. Es, en términos contemporáneos, un operador de legitimidad. Por eso Eleanor está allí. Porque la casa de Phelps no es solo cómoda. Es representativa.
Lo que Eleanor escribió sobre Venezuela El 24 de marzo de 1944, ya instalada en Caracas, Eleanor Roosevelt publica una de las descripciones más reveladoras del país en ese momento. Su texto no es propaganda. Es una radiografía. “La gente de Venezuela se mostró muy amable. Nos saludaron con la mano y nos hicieron sentir muy bienvenidos”. La hospitalidad aparece primero. Es el rasgo visible. Pero inmediatamente introduce el análisis estructural: “Venezuela cuenta ahora con un gobierno muy progresista. Están desmantelando barrios marginales y han puesto en marcha un programa de vivienda de bajo costo en el centro de Caracas. Están capacitando a maestros y construyendo nuevas escuelas primarias”. El reconocimiento es claro y directo. Sin embargo, Eleanor no se detiene ahí. La guerra, omnipresente en su mirada, atraviesa también su lectura de Venezuela: “La guerra ha complicado la vida de estas personas debido a la falta de transporte marítimo para sus productos. El costo de vida ha aumentado, así que me imagino que los pobres lo están pasando mal…”. Es una frase que rompe la narrativa oficial. Y luego, como si anticipara un cambio histórico, introduce otro tema: “Actualmente se está debatiendo la cuestión de otorgar el derecho al voto a las mujeres… Casi podría decirse que existe un movimiento feminista en este ámbito”. No es una observación menor. Es el registro de una transformación en curso. La diplomacia sin rigidez Uno de los momentos más reveladores ocurre lejos del protocolo tradicional. Eleanor lo deja escrito con naturalidad: “Tras almorzar en nuestra embajada, fuimos a visitar a la señora Medina Angarita… El presidente y la señora Medina Angarita nos recibieron a nuestra llegada a casa del señor Phelps, y esa noche cenamos en su casa”. Ese gesto —el presidente desplazándose a la residencia donde se hospeda la Primera Dama estadounidense— redefine la etiqueta diplomática. No hay rigidez, hay flexibilidad calculada. Es una forma de construir cercanía sin perder jerarquía. Y la jornada continua con una intensidad que Eleanor registra sin adornos: “A las cuatro llegamos a la sede de la Sociedad Americana… Luego me reuní con la prensa… Para mi sorpresa, había varios cientos…”. La sorpresa no es teatral. Es real. Caracas responde. Una ciudad observada hasta el último detalle Eleanor no ignora lo cotidiano. Se detiene en lo que podría parecer menor, pero que para ella es esencial: “Muchos de nuestros muchachos vienen a Caracas con permisos cortos… las damas estadounidenses se han organizado como un comité de anfitrionas…”. Ese sistema de hospitalidad improvisada le parece significativo. Es la guerra traducida en gestos domésticos. Y al final del día, deja una confesión que cierra su mirada con una nota humana: “Teníamos casi dos horas para descansar… pero realmente necesitábamos descansar porque teníamos que escribir esta columna…”. Ahí está la clave. Eleanor no solo vive la experiencia. La convierte en texto. Cuando su avión despega al día siguiente, Caracas queda atrás como una ciudad que ha sido vista con atención poco habitual. No desde la distancia diplomática, sino desde la proximidad de una casa en El Paraíso, desde la mesa de una cena, desde la observación directa. Y lo que queda no es una imagen idealizada, sino algo más valioso: un retrato complejo, hecho de avances y tensiones, de hospitalidad y desigualdad, de modernidad en construcción. Porque en marzo de 1944, Venezuela no solo recibió a la Primera Dama de Estados Unidos. Fue leída por ella. Y esa lectura —precisa, incómoda, lúcida— es la que todavía hoy permite entender cómo un país quiso mostrarse… y cómo realmente fue visto.
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