| Lo más posible |
| Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos |
| Lunes, 13 de Julio de 2026 00:00 |
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Otro dolor de cabeza que debe ser tratado con la seriedad que amerita, y no con simples analgésicos de ocasión. La discusión acerca de la culpabilidad por los recientes desastres, así como las deplorables consecuencias de lo sucedido el pasado 24 de junio, está sobre el tapete. Es lógico que la población se pregunte si es al Estado, a los particulares o a la propia naturaleza los que deberían asumir sus causas e incidencias. Sobre este asunto, sería interesante recordar una contraposición histórica, por demás muy pedagógica. El primero de noviembre de 1755, Lisboa fue víctima de un descomunal sismo, acompañado -casi simultáneamente- de un inédito maremoto. Decenas de miles de personas perdieron la vida o resultaron heridas; los muelles y las embarcaciones en el estuario del río Tajo sufrieron incalculables daños y la propia ciudad fue en gran parte devastada. A propósito de este doloroso evento, el destacado escritor y filósofo francés Voltaire (1694-1778) publicó un “Poema sobre el Desastre de Lisboa” en el cual sostenía una dura crítica frente al optimismo filosófico de aquellos tiempos y sobre todo a al planteamiento de que este era “el mejor de los mundos posibles”. En otras palabras, que todo tenía un fundamento, un porqué y un plan “divino”, al punto de hacerse defensor de una especie de “destino” rayano en lo cotidiano e inalterable. De otro lado, Jean Jacques Rousseau (1712-1778), de origen suizo, libre pensador y figura destacada del “siglo de las luces”, replicó con su “Carta sobre la Providencia” en el que subrayaba que la culpa de estos estragos es de los hombres y no de la naturaleza. “Esta produce el fenómeno físico (el sismo) pero la sociedad produce el desastre”. Por supuesto que aludía a las malas construcciones, hacinamientos, poblamiento de las orillas y manipulación de los cauces de los ríos, etc. Ambos argumentos tienen en la actualidad una vigencia extraordinaria. Nadie puede dominar la naturaleza (Voltaire), pero el ser humano puede amortiguar sus efectos y mitigar sus daños (Rousseau). El caso del Estado La Guaira resulta un ejemplo vivo de todo lo malo que hemos hecho y que en adelante podemos hacer bueno, si nos trazamos o formulamos un plan juicioso, factible, respetuoso de la naturaleza y echando mano a un urbanismo moderno y adecuado. De cierto, una calamidad que podemos disminuir si sabemos, con inteligencia y ponderación, asumir medidas, normas, elementos, diseños e ingeniería pertinentes. El Estado y los particulares, en este caso, deberían iniciar este inaplazable y complicado camino de construir una “Nueva La Guaira”. Dos posturas que pueden congeniar perfectamente: No se trata de imponerse a la naturaleza (como supuestamente espetó Bolívar en 1812), tan solo nos corresponde reducir – lo más posible - sus nefastas y dolorosas consecuencias. En el ámbito de la salud, no seremos dioses para inmortalizar al hombre, pero, al menos, somos capaces de prolongar la vida en buenas condiciones. Lo mismo puede aplicarse a los fenómenos naturales: Podemos -repetimos– atenuar sus repercusiones, más no impedirlas en su totalidad. La Guaira, en este sentido, espera por una respuesta acorde e inmediata. |
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