Como si fuera bicarbonato de sodio
Escrito por Ricardo Ciliberto Bustillos   
Lunes, 10 de Agosto de 2026 00:00

altEs bien sabido que el popular compuesto químico denominado bicarbonato de sodio tiene infinidad de usos.

Según los entendidos, sirve para las cosas más inimaginables, tanto a la persona, como al hogar, la industria y el comercio.

Las comparaciones siempre son chocantes, pero a veces necesarias. Transferir el empleo de este producto a la política venezolana resulta incómodo, aunque ilustrativo.

Llama la atención que a la señora María Corina Machado, insistentemente, le atribuyan facultades extraordinarias (quizás con propósitos demagógicos) para remediar todos los males que padece esta vapuleada república. Peligroso asunto, si no tomamos en cuenta que la historia y la realidad nos enseñan otra cosa.

Tenemos que evitar -a toda costa- que a MCM continúen otorgándole tan prodigiosos poderes que hasta mágicos o ultra terrenales semejan. Y es que hemos llegado al colmo que algunos furibundos seguidores propicien la idea de que tiene la solución inmediata a todos nuestros males cuando lo cierto es que, ni su persona y ni los individuos confiables que la apoyan, aceptan semejante desatino.

Así mismo, sorprende que mucha gente se moleste por el hecho que las encuestas o mediciones serias arrojen resultados en los cuales aparece la señora Machado con un 75% de aceptación y no con el 100% que aspiran. Quiera Dios que ello no suceda por cuanto una inesperada frustración o un desencanto inminente podrían llegar a niveles inmanejables.

Siempre se ha dicho que en política el asentimiento previo, visceral y pleno es la antesala del populismo y, en consecuencia, de la arbitrariedad. Para evitarlo, existen los contrapesos institucionales, las diferencias, el debate y -finalmente– los acuerdos y/o consensos. Pero, plantear una unanimidad a diestra y siniestra, contradice la esencia misma de la democracia, donde la discrepancia tiene un peso específico y una importancia mayúscula.

Uno de los valores fundamentales del régimen democrático, al que tanto nos ufanamos de defender y apreciar, es el respeto a las minorías y a la opinión diferente. Winston Churchill, Franklin Roosevelt, Charles De Gaulle, Indira Ghandi, por mencionar algunos líderes mundiales, y en nuestro patio, Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera, CAP, etc. siempre tuvieron grandes apoyos y reconocimientos en sus tránsitos gubernamentales, pero también debieron asumir y aceptar contundentes disensos, no siempre -dicho sea de paso- apegados al interés general. Por consiguiente, nada ni nadie debería impedir (salvo en estos regímenes autocráticos) que existan diversos puntos de vista para abordar la liberación de todos los presos políticos, la restitución de los derechos constitucionales, los cambios en el T.S.J y en el C.N.E., amén de otros, no menos importantes, como la fiscalía general de la República.

Pretender adjudicarle a María Corina Machado colosales competencias   y hasta dones sobrenaturales, es hacerle un enorme daño a su formidable liderazgo y por añadidura, a este auspicioso momento político, más allá de la natural incertidumbre y complejas dificultades. Lo sensato es eliminar esta nefasta y perniciosa fábula de ser tratada como si fuese bicarbonato de sodio, fórmula que – según muchos- sirve para curar y resolver todo.


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