Absolutismo sombrío
Escrito por Domingo Alfonso Bacalao   
Miércoles, 17 de Noviembre de 2010 15:47

altDiciembre de 2012 es la ruta segura hacia el triunfo de la democracia venezolana. Un liderazgo unitario maduro y cada vez más experimentado, está consciente de esta realidad para no desviarse un ápice ante cualquier provocación temeraria.

Se observa en el deteriorado ambiente político cómo, a pasos acelerados, la conducta del gobierno nacional pierde su sentido democrático. Se camina sin demoras hacia una forma de dominación personal que pretende eternizarse en el poder. Siervos del Estado chavista pareciera ser nuestro derrotero más seguro, si la sociedad venezolana no cambia el curso de un proceso contrarrevolucionario anacrónico, que destruye intensamente la vida del país.

Como en los tiempos de la omnipotencia monárquica, la situación actual confunde la estatolatría del régimen con las ambiciones del caudillo, ante la evidencia dolorosa de una ausencia total de institucionalidad política y jurídica. Un absolutismo sombrío –el gorilismo militarista- nos amenaza, echando por tierra largos años de cultura democrática que, con todas sus debilidades y fallas, impulsaba la República hacia aspiraciones y posibilidades mayores. ¿Estará la gravedad de este asunto suficientemente analizada, sentida y ponderada, por el conjunto del conglomerado nacional?

Desde que el Estado aparece en la época moderna, dos corrientes distinguen su desarrollo histórico: por una parte, un crecimiento necesario y conveniente resalta su interesante presencia como fenómeno característico de los nuevos tiempos y auspiciosos avances del progreso y la civilización y, por la otra, un proceso de perversión que daña su obligatoria figura, cuando se excede en el cumplimiento de sus funciones en el seno de la vida social. Pero es, precisamente, con la llegada de los regímenes totalitarios del siglo XX, que hemos podido apreciar en toda su dimensión las atrocidades del Estado absolutista. El nazismo, el fascismo y el comunismo mostraron sin atenuantes su verdadera faz.

La sociedad tiene tareas y cometidos que no pueden ser usurpados por el poder político en su afán hegemónico de señorío y yugo ideológico. Las instituciones y mecanismos de la libertad brotan de las entrañas más dinámicas de la vida social. Se persigue, por lo tanto, el control total de la estructura social para imponer las políticas de sumisión de la entidad estatal. Los habitantes de la República pasarían de ciudadanos a súbditos, despojados de sus condiciones fundamentales de entes pensantes con una eminente dignidad personal y humana. Dependiente íntegramente del régimen, el ciudadano queda sacrificado en sus más elementales atributos de libertad y decoro político.

El comunismo va en camino y utilizando un órgano legislativo deslegitimado –después del 26 de septiembre- está sustituyendo el orden democrático de la Constitución del 99 por un aparataje rudimentario y tosco mentado Estado Comunal, que viene de un catastrófico regreso en la Cuba castrista.

Un debate sobre estos temas debe efectuarse en profundidad, diseñando hacia el futuro las genuinas estrategias de un sistema verdaderamente democrático fundado en la justicia social y la inclusión.

El intervencionismo estatal es, pues, un apremio de nuestra contemporaneidad política y social, muy contrario, desde luego, a la tesis de "todo dentro del Estado, nada contra el estado, nada fuera del estado" que se quiere instaurar. El nefasto militarismo latinoamericano asoma de nuevo su viejo rostro en nuestro suelo, metamorfo seado ahora, en pleno siglo XXI, con arreos ideológicos fracasados. No podrá, empero, torcer el rumbo del progreso y anhelos de nuestros días, cuando el mundo avanza con determinación hacia metas superiores de convivencia civilizada en libertad y justicia para todos los ciudadanos.

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