| Reivindicación lingüística de las mujeres |
| Escrito por Dr. Abraham Gómez | X: @fabrahamgr |
| Viernes, 10 de Enero de 2020 07:21 |
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y redundantes consideraciones al momento de mencionar lo masculino y lo femenino. Prestemos atención, seriamente, a esto: por muy buenas intenciones que usted tenga, no hace inclusión de lo femenino en la sociedad, ni reivindicamos a la mujer con sólo decir: muchachos y muchachas, ellas y ellos, estudiantes y estudiantas, todas y todos, o poniendo arrobas (@) en los escritos para abarcar ambos géneros de una sola vez. Esa doble mención del Género es innecesaria. Es un trabajo apasionante que nos hemos propuesto. Así lo dejamos sentado en la Academia Venezolana de la Lengua, con nuestro discurso de incorporación. Lo hemos ejercido desde todos los ámbitos posibles. Es una auténtica y palpitante genealogía solidaria, impregnada de razón y emoción. Diremos por qué. En el castellano-español basta únicamente un sustantivo con el cual usted abarca tanto lo masculino como lo femenino, si tal sustantivo varía sólo en las letras (a) (o). Por ejemplo: Si dice diputados y niños (allí están contenidas también las diputadas y las niñas); pero si dice hombres debe mencionar mujeres; si menciona caballeros, también debe mencionar damas; porque, en este último caso, las palabras caballero y dama varían mucho más que la letra terminal (a) (o). Muchas veces por pretender enarbolar falsos feminismos. Por querer dárselas de incluyentes o abarcativos con sus palabras, caemos en la desfachatez siguiente: participantes y participantas, concejales y concejalas, alférez y alfereza, oficinistas y oficinistos, títulos y títulas (como dijo, recientemente, un ministro) camaradas y camarados, asistentes y asistentas, y por esa ruta distorsionada y ridícula se termina por ofender o poner en entredicho el verdadero valor de las mujeres en nuestra sociedad. Nuestro idioma, no obstante, sus muchas imprecisiones y aspectos mejorables, sostiene elementos que han sido sometidos a normas; que son aceptados por tácitos convencionalismos o por uso rutinario y tradición. Dicho de otra manera, nos hemos venido acostumbrando a pronunciar y vocear las palabras de un modo y, como cuerpo social, le damos legitimidad. Es bien sabido que, en el presente, uno de estos casos, desde donde aflora tanta discusión, es todo cuanto se refiere al Género Gramatical; que no tiene nada que ver con sexismo, ni con genitalidades o ubicaciones conforme a la "diversidad de gustos" de cada quien. Cuando estudiamos el Género Gramatical, nos conseguimos que atiende a estructuras complejas morfo-sintácticas concordantes; cuya intención persigue darle exquisitez, economía y transparencia al vocablo, a la frase, al texto o discurso. Las mujeres requieren de nosotros, hoy tanto como ayer, una nueva mirada sociohistórica. Se ha vuelto indetenible la presencia de la mujer en las más disímiles disciplinas y áreas de conocimientos. Las mujeres han venido asumiendo elogiosas responsabilidades, tal vez “lentamente”, pero con fundamentación y sostenibilidad. Este es el siglo de las mujeres, no caben dudas. En bastantes partes del mundo se ha venido adelantando una especie de “excavación en la historia”, un asunto casi de “arqueología social” con el fin de hacer los hallazgos del legado inmarcesible de las mujeres, de extraer sus palabras y sus obras. Para que ellas digan, en la contemporaneidad, lo que intentaron decir y no pudieron. Para que sus voces sean escuchadas. Para hacer presentables sus obras, para rescatarlas de las olvidadas fosas del tiempo. Ciertamente, todavía hay odiosos resabios de androcentrismo en las sociedades: enarboladas en una cultura que cree aún que en torno a lo masculino deben determinarse todas las cosas. Digamos también que, al momento de escribir sobre el hermoso e interesante trabajo de las mujeres, muchos intelectuales emplean suficientes estrategias de atenuación discursiva que persiguen minimizar el contenido de los enunciados cuando los ejes temáticos se refieran al género femenino. Es verdad que cuando una sociedad se encuentra masculinizada, entonces hace usos excesivos de atenuantes morfológicos o léxicos con los diminutivos o modificadores, como instrumentos lingüísticos, que busca darle opacidad a las realidades de las mujeres. Pero, tampoco es para que sentenciemos como perversa a una construcción gramatical porque no use el falso desdoblamiento sexista. No le pidamos a las construcciones gramaticales que reivindiquen lo que algunas sociedades, enteramente masculinizadas, excluyen en los actos de habla, en la vida diaria y en los desenvolvimientos práxicos. - ¿Se siente la mujer excluida, discriminada al no verse visualizada en cada expresión lingüística relativa a ella? Podemos aligerar, una y otra vez, las mismas y decididas respuestas a la anterior pregunta: los abusos en los desdoblamientos referidos al género gramatical son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla |
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