| Criticar bien |
| Escrito por Adrián Liberman |
| Lunes, 03 de Mayo de 2010 07:02 |
Una de las características sustantivas de una democracia es el lugar y el valor que la deliberancia tiene. Discutir, colocar las ideas en posición de trabajo, someterlas a la crítica es un índice de la salud, o de su falta, dentro de un sistema político.
Hay sociedades en las cuales esto es una práctica cotidiana, al punto de que todo ciudadano se pronuncia y caen gobiernos por efecto de la opinión pública.En la Venezuela actual, ejercer la crítica se ha vuelto una de las tareas más difíciles, cuando no de las más riesgosas que hay. Esto es consecuencia del narcisismo de los jerarcas, narcisismo más hecho de dolor de sí que de grandiosidad, que transforma toda crítica en sentencia o censura. Mientras que casi todo el mundo entiende que la realidad es diversa y, por ende, las ópticas sobre la misma también lo son, el narcisista encuentra en el disenso un ataque a su integridad, un socavamiento de su identidad siempre frágil. Cuando la política se entiende como un ejercicio racional de unas propuestas programáticas, que hallarán necesariamente algún grado de disenso, recibir y hacer críticas es parte ineludible del juego democrático. Pero cuando ésta es entendida como una continuación de la violencia, como forma de imponer puntos de vista, porque quien lo hace se siente investido de omnipotencia mesiánica, el desacuerdo muta en ataque. Por ello es importante ver cómo la gestión actual se ceba en la estridencia, en la aclamación unánime, en la consigna voceada mecánicamente, más que en el ejercicio sereno y racional del pensamiento en aras del bienestar colectivo. Sintomático y ominoso a la vez es la degradación del lenguaje, como herramienta simbólica de expresión del pensar, en la década de mandato rojo que ya acumulamos. Cuando el lenguaje desaparece, como instrumento, queda abierta la puerta a la deshumanización y la locura. Si la riqueza infinita de la opinión es sustituida por el reflejo condicionado del "¡uh, ah!" gutural, o la consigna mecánica del "patria socialista o muerte", el pensamiento y los que piensan están en problemas. El ejercicio de la crítica parte de la concepción de que es posible dirimir los conflictos humanos mediante recursos simbólicos. La posibilidad de hacer crítica de lo sabido es lo que ha permitido el avance de las ciencias y lo que salva el conocimiento de la coagulación esclerosante. En nuestro país, esta idea ha ido encontrando escollos cada vez más serios y preocupantes. Es el efecto del fanatismo fundamentalista, ese que en política como en religión se inviste de un mesías que todo lo sabe y todo lo prevé. Es en el fondo el efecto del miedo a pensar, por lo que esta actividad se le endosa al líder o ayatolá de turno. Ejercer la crítica es indispensable para poner un grano de arena en los engranajes infernales del totalitarismo y del sofisma de la obediencia debida que sostuvo, entre otras cosas, el infierno de Auschwitz. Criticar es un comportamiento necesario para mantener viva la esperanza de que las diferencias humanas pueden ser resueltas sin aniquilar al otro y de que otra sociedad es posible. Y cuando la opinión, que es también un ejercicio de afirmación de identidad, se vuelve riesgosa, cuando se hace motivo de persecución o cuando alguien se dispone a dejarse morir de inanición para manifestarse, algo muy malo pasa en la sociedad donde esto ocurre. Delata una regresión, un desmantelamiento de la pluralidad como valor y como activo. Puede que sea la consecuencia poco pensada de haber elegido a alguien que proviene de un medio en el cual "¡ar!" sea la expresión más cercana a opinar que hay.
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